SILENCIAR NUESTRO INTERIOR




La mayoría de las personas tienen muchos ruidos interiores. Estos ruidos son producidos por distintos factores y acontecimientos:

- Los recuerdos no aceptados.
- Las fobias y los complejos no superados.
- Las reacciones no controladas que después nos dejan mal... etc.

Tenemos que aprender a SILENCIAR NUESTRO INTERIOR. O lo que es lo mismo: tenemos que tener silencio en nuestro ser. Con el silencio es como podemos tener una verdadera oración profunda.


¿Cómo podemos hacer callar nuestro interior que nos molesta y nos impide una auténtica oración interior?


Tenemos que trabajar a tres niveles interiores: Controlar el cerebro, la mente y la voluntad.

Cuando meditamos se utiliza la mente para pensar. Pero el pensar no es la única capacidad de la mente. Por ejemplo: con la mente podemos "mirar en silencio", poder "ver" nuestra realidad ante Dios con una auténtica pobreza interior.

A partir de la fe tenemos que irnos zambullendo en el misterio intenso de Dios. Tenemos que "verle" y sentirle en lo más hondo de nosotros mismos. Hacemos sufrir a la mente con muchos pensamientos y acciones que nos alejan de la paz interior.

Cuando logramos que nuestra mente esté en paz, en armonía interior, entonces se da en nosotros creando más capacidad para el amor.
La mente se aturde con las tensiones, las ansiedades y las palabras. Es necesario crear una actitud de sencillez que permita sintonizar con la vida tal como fluye.

Muchas veces llevamos una vida complicada, multiplicada, ajetreada, sin armonía. De hecho aunque somos creyentes, no vemos a Dios, no percibimos su presencia, porque no somos sencillos.

Cuando nuestra mente no está en armonía la fe, la esperanza y el amor se debilitan grandemente haciéndonos más frágiles ante la vida.

Tenemos que apaciguar nuestra mente ya que nuestra conciencia y nuestro cerebro son parte de nuestra respuesta al amor de Dios, y un soporte fundamental para nuestra oración sencilla y honda.

Nuestra mente se vuelve sencilla cuando no tratamos de controlar, ni de aferrarnos a las cosas o situaciones.
Con la mente sencilla vamos modelando la conciencia y la subconciencia presentes en nuestra vida.

La meditación no nos tiene que llevar a "pensar" sino a "mirar" la presencia de Dios en nuestra vida diaria.
La más auténtica sencillez, como suprema forma de espiritualidad, se da en el abandono silencioso a Dios, sin interrogarle nunca.
Cuando la persona que ora, entregado en su mirada, apenas elabora contenidos, no pregunta, está recibiendo la presencia de Dios mismo.