La historia de la Iglesia es una confusión de triunfos y aparentes fracasos del cristianismo. Es, en realidad, una serie siempre repetida de intentos de empezar a construir el reino de Dios en la tierra. Esto no es sorprendente, ni es algo que Cristo no previera. La parábola de la cizaña sembrada entre el trigo muestra con claridad que él lo sabía y que esto está de acuerdo con el plan de su Padre.

La vida de la Iglesia en la historia, así como la vida del cristiano individual, es un acto constantemente repetido que empieza siempre de nuevo, una historia de buenas intenciones que acaba en éxitos y en equivocaciones; de errores que han de ser corregidos, de defectos que tienen que ser utilizados, de lecciones que se aprenden mal y deben aprenderse una y otra vez. Ha habido vacilaciones y falsos comienzos en la historia cristiana. Ha habido incluso errores graves, pero éstos son imputables a las sociedades seculares cristianas más que a la Iglesia. Ahora bien, la Iglesia no ha perdido nunca su camino. Pero lo que la mantiene en el camino recto no es el poder, no es la sabiduría humana, la habilidad política ni la previsión diplomática. Hay épocas en la historia de la Iglesia en que estas cosas llegaron a ser, para los líderes cristianos, obstáculos y fuente de errores. Lo que mantiene a la Iglesia y al cristiano en el buen camino es el amor. Y esto es necesario, porque el amor es la más alta expresión de la personalidad y la libertad.

El reino de Dios no es el reino de aquellos que se limitan a predicar una doctrina o a seguir ciertas prácticas religiosas: es el reino de los que aman. Construir el reino de Dios es construir una sociedad que esté enteramente basada en la libertad y el amor. Es construir una sociedad que se fundamente en el respeto por la persona individual, puesto que sólo las personas son capaces de amor.

Thomas Merton