El arrepentimiento en la vida espiritual

Nuestra vida busca sinceramente el conocimiento de Dios. Lo buscamos de verdad. Pero nos cuesta cambiar de actitudes profundas. Cambiamos las cosas que hacemos pero no cambiamos lo que somos y el cómo somos. Muchas veces nuestras frecuentes equivocaciones nos desvían del camino hacia Dios. ¿Cómo encajar toda estas realidades en una búsqueda sincera de Dios a través de la vida espiritual?

Vemos que el arrepentimiento es un elemento muy importante para seguir adelante.
San Pablo había sido “perseguidor de la Iglesia de Dios” (1Cor 15,9) a la que había denigrado y ofendido, pero luego se arrepiente de manera sincera de su pasado y empieza un interesante proceso de arrepentimiento interno y externo.

Para experimentar el arrepentimiento es primero ser conscientes de nuestro pecado.
Los Padres decían que sentir el propio pecado es un gran don del cielo, más grande que la visión de los ángeles.
Muchas veces nuestro pecado es por ignorancia: “Lo hice por ignorancia” (1Tim 1,13).
Nosotros sólo podemos comprender la esencia del pecado a través de la fe en Cristo-Dios.

El arrepentimiento es una gracia que Dios da. El arrepentimiento es un milagro divino que nos restaura tras la caída.
La soberbia nos aparta de la Luz de Dios y nos hace ciegos y vivir en “las tinieblas” (Jn 3,19).

Al consentir el ser humano voluntariamente la soberbia, la persona se vuelve ciega espiritualmente y se hace incapaz de notar las diferencias en los movimientos del corazón y de la mente. Apartándose de Dios, la soberbia convierte a la persona en un ser encerrado en su propio círculo. El soberbio, sea o no inteligente, vivirá ahora y siempre fuera del amor universal de Cristo.

¿Qué es la soberbia?
La soberbia es la altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. El soberbio siempre quiere ser el centro y el principal y primero de todos...
Son muchas las formas de la soberbia, pero todas alteran la imagen de Dios en la persona.
Muchas personas construyen con sus propias manos su propio infierno. Tan solo mediante una transformación total a través del arrepentimiento le llegará al mundo la liberación de todos sus males.

Una de las claves en el arrepentimiento es empezar a ver a Dios como un “tú”. Dios no es una idea, ni una ideología, ni un pensamiento, ni un sentimiento... Dios es alguien que está a tu lado, alguien a quien podemos dirigirnos diciéndole “tú”.

Tenemos que pedir una y otra vez a Dios la gracia del arrepentimiento (ver Lucas 24,47). El arrepentimiento nos hace ver exactamente tal cual somos ante nosotros mismos y ante Dios y los demás. Cuando uno se mira tal cual es Dios no está lejos...

No podemos ver el pecado en las acciones que nuestra razón justifica. Ver el pecado significa tener una luz espiritual que el propio pecado apaga. Quien está en pecado es ciego para las cosas del espíritu. El pecado es reconocido por un don del Espíritu Santo, así como por la fe en Dios absoluto y personal.
Quien está en pecado no puede reconocer las tinieblas que tiene dentro. Por la gracia de Dios empezamos a apartarnos del pecado y empezar a reconocer la Luz que vino al mundo.