Introducción del autor JESÚS MARTÍ BALLESTER a su nuevo libro:
"UNA NUEVA LECTURA DE “LLAMA DE AMOR VIVA” Y DE ESCRITOS BREVES DE SAN JUAN DE LA CRUZ".

En nombre de la libertad convoco con San Juan de la Cruz a todos los que luchan por ser libres y tienen hambre de liberación a que acudan al gran maestro a aprender a dejarse hacer libres hasta la meta máxima de la misma libertad que es Dios, permitiéndole a El que consiga hacerles libres, tan libres como El lo es, por identificados con El. Y si libres, generosos, porque al carecer ya de toda esclavitud serán generosos y desearán dar y darse y darle todo, y a sí mismos y a Dios, a todos y a sí mismos y a Dios.

Convoco a todos los que quieren darse y no saben qué dar ni qué es darse a que aprendan a hacer el don mayor, que es su propia libertad, para conseguir mayor libertad, la libertad de los hijos de Dios, hasta que lleguen a experimentar que la ley cayó para el justo.

No es ésta época de leyes.
No es ésta época de instituciones.
No está hoy de moda el corsé.
Se atacan las leyes, se atacan las instituciones, se reclama libertad.
Se quieren reactores sin torre de control y talgos sin carriles; se ambicionan trasatlánticos sin timonel; se sueñan democracias con libertades omnímodas y realizadas.
Y son éstos deseos nacidos en la propia naturaleza del hombre, que nació para volar en aras de un amor inmenso y absorbente porque Dios así lo hizo. Es Dios quien ha sembrado en el hombre la inquietud de la libertad.

Dios no ha creado la esclavitud. Es el hombre el que se ha hecho esclavo: de sí mismo, de los hombres, y de todo lo que hay en la tierra: honor, poder, aristocracia, cualquiera que sea, placer y dinero.
El único libre es Dios, y por eso es el único Amor, y por eso puede dar todo cuanto quiere, sin límites ni cicaterías. Es Dios el único generoso y espléndido. Es Dios el más liberal, porque se posee sin miedo, porque tiene sin medida y porque se puede dar sin tasa. Se da a sí mismo y nos da a su Hijo, que es consustancial con El.

Sólo cuando llegara el hombre a ser dios podría ser libre y conseguir esa libertad tan pregonada, tan cacareada, tan de moda, pero tan, a la vez, lejana.
¿Puede el hombre llegar a ser Dios? Sin idea de panteísmo, el mismo Dios y la experiencia de los santos nos dicen y garantizan que para eso hemos sido creados y que él mismo Dios nos lo manda, ya que el primer mandamiento es amarle y amarle es hacernos Dios, porque el amor iguala con el Amado.

San Juan de la Cruz, bien asimilado, nos puede resultar de una eficacia carismática de cara a este aprendizaje de identificación con Dios por el amor.
En verdad no tiene explicación humana la visión antropológica tan enorme que se consigue con él, el conocimiento de Dios verdadero que se obtiene, que queda muy lejos de la caricatura del Dios de la inmensa mayoría de cristianos que se quedaron en traje de primera comunión.

La razón de la actualidad de San Juan de la Cruz y aun de su perennidad está en que escribe desde Dios lo que de Dios ha saboreado, y lo que en la luz de Dios sumergido ha visto de Dios y del hombre, y de todo el cosmos en movimiento en tránsito de recapitulación en El por el Cristo.
A él se le ha esclarecido la visión y él nos la da como puede, que siempre será menor de la que él recibió, vio y gustó, pero que nos ayuda e impele a entrar en su misma órbita teologal, antropológica y cósmica.

Para mí San Juan es el águila elevada sobre sus fuerzas, es el prototipo del hombre superpotenciado por las energías divinales.
Es el hombre activísimo porque ha participado del poder energético de la Sabiduría que es la fuente de energía superior a todas las energías.

Pero la divinización tiene un proceso; proceso ineludible. Primero, la purificación, la fragua de calorías inverosímiles, el trabajo del cauterio; el fecundo llamear de la Llama aún esquiva que lima, aprieta, desgasta, seca, pule, arranca de raíz el mal del ser.
Es duro de emprender este trabajo. Es más duro aún permaneccr en él pacientemente y con mansedumbre. Pero es totalmente necesario si la Llama ha de llegar a no ser ya esquiva y a herir tiernamente en el más profundo centro del alma.

Es tan intensa su luz, que el alma se ve sin tapujos en toda su pequeñez y en toda su malicia y en toda su fealdad. De ahí el dolor y el desfallecer del alma.
Sequedades y apuros, angustias y desamparos, soledades y túneles negros. Y la suma pobreza.

Y el pensamiento de que Dios es cruel y está hecho un erizo con ella. Es un verdadero pequeño purgatorio el que padece.
Dios al quirófano es terrible.
Pero sin quirófano no hay curación de verdad, ni salud total, ni identificación con el Ser todo puro y eternamente sereno y dichoso en plenitud sin límites.
Lo que estimula a decidirse a tal empresa es saber que tras ella viene la pacificación total y el amoroso abrazo de Dios que ampara e identifica con El.

Llegada aquí el alma su anhelo vuela más alto: es la muerte de amor lo que desea y pide mansa y tiernamente. Morir de amor impetuosamente al compás del romper de la tela.

La imagen del cisne que nunca canta, sino sólo cuando muere, y entonces suavemente, es la pincelada poética de San Juan con que ilumina la gloria del justo que se va a decir los maitines al cielo, al tiempo que los ríos, tan anchos y profundos que semejan mares, van a desembocar en el océano de Dios.

Suena entonces el griterío de las alabanzas al justo que marcha a su reino, con un estampido que se oye desde los confines de la tierra.
Y el alma sube cargada de riquezas y de esplendor que Dios le deja ver para que ya empiece su gozo y se entreabra el estallido de su alegría.

¡Cauterio, fuego, llama, regalada llaga, mano blanda, toque delicado! ¡Qué obra tan maravillosa realizáis endiosando, ardiendo, amando, santificando, glorificando y llagando con la mayor llaga de amor al alma llagada, sanándola soberanamente por llagarla colosalmente!

¡Oh amador más curado cuanto más llagado!
¡Oh llaga que no cesas de llagar hasta que llegues del todo a llagar!
Y en el misterio de la llaga el serafín con el dardo fulminante que se clava en las entrañas y las revuelve, las incendia y las sublima en un amor calenturiento, impetuoso y sin límites.

Fuego de amor que avanza en oleadas siempre crecientes que inundan de felicidad ardiente toda el alma cada vez más llagada.
Mares de fuego en el alma que está engolfada en un universal mar de amor, y que siente tal dolor que sólo tiene igual en la dulzura.

Pero esta generación ha perdido la sensibilidad para captar esta onda de fuego y para percibir el tenue susurro de la mano blanda del Padre.
Es urgente reconstruir esta sensibilidad para que deje de aturdirse y endurecerse en el ruido y en la algarabía.

Esta es la tarea dura, lenta y delicada que emprendió AMOR Y CRUZ en sus cuatro ramas, pequeños granos de mostaza que intentan sensibilizar a la humanidad para que se deje acariciar por la brisa inefable y quiera cesar de ser impactada por las cosas creadas que enturbian su pureza e impiden su pacificación.

Brisa y toque que va de sustancia a sustancia. De sustancia de Dios a sustancia de alma. Y por eso tiene regusto de vida eterna. Que no se puede decir. Ni imaginar.
Porque estas cosas tan imponentes de Dios sólo se pueden experimentar, gozar y después callar.

Porque son como la piedra blanca del vencedor que tiene un nombre escrito que nadie puede leer más que el que lo llegó a recibir.
Lo cierto es que el hombre siente que toda deuda paga. Que recibe el ciento por uno de las tribulaciones que soportó y una luminosidad que contrasta cientos de veces con la tenebrosidad de los túneles que atravesó, de las oscuridades que sufrió, de las contrariedades que lloró, de los desamparos y de las soledades que nadie entendió.

Consuelos inmensos por desolaciones pasadas. Armonías sin límites por chirridos molestos.
Alegrías inmarchitables como máximo tanto por ciento.
Ya bien templada la copa recibe el licor exquisito que toda deuda paga.
¡Qué sabe el que no ha sufrido!

Más, ¡qué pena! Son pocos los que llegan aquí. No porque sean pocos los llamados, sino porque, de entre ellos, pocos han respondido que sí.
Se escabulleron del trabajo. Rehuyeron la cruz, y Dios se quedó esperando y con el Corazón lleno sin poderlo descargar.

Ante la inconstancia y la debilidad se frenó el amor de Dios.
Pero si nos diésemos cuenta de lo que importa padecer nos agarraríamos a la cruz con brazos y corazón, convencidos de la gran ganancia que ella nos reporta.

Animémonos los débiles a beber el cáliz ante las perspectivas de la obra de arte que es preciso realizar con su hiel y su vinagre. Con los trabajos espirituales más de adentro que nos reportarían bienes más de adentro.

Permanezcamos con paz y constancia perseverante en los trabajos que tanto bien nos merecen. Y alegrémonos de ser probados, pues la prueba superada hará que gocemos del triunfo de conseguir lo que queramos del palacio del Rey.
Esta es la suprema llamada: unir la inteligencia humana con la divina, y la memoria humana con la sabiduría divina y la voluntad humana con la divina. A ser dios por participación de Dios.

Llegar a ser absorbida totalmente en Dios, cambiando su negrura natural por la hermosura divina.
Hasta que el hombre quede convertido en una fiesta integral, rebosando el paladar de su espíritu un gozo inmenso de Dios.
Cántico nuevo canta, siempre nuevo y joven.
Dios le renueva y las palmeras elevan, como estrellas verdes de gozo eterno, su júbilo a Dios.
Opulentamente, Dios regala a este hombre que llega a gozar de tanto prestigio ante El, que merece como nunca.
Troquelar personas de tal fuste, repito, es la gran y difícil meta de AMOR Y CRUZ.

Llegar a poder deleitarse en la inextinguible hoguera de todas las lámparas llameantes que engolfan al hombre, transformado en resplandores amorosos, en la Primavera radiante e inmarchitable de las aguas caudalosas que descienden en absorbente catarata del Líbano, vergel de Dios.

Hay que destacar en la doctrina de San Juan la importancia de los deseos que para él son disposiciones para unirse con Dios. El deseo bueno, sobre todo el deseo de Dios, sólo Dios lo engendra. Y Dios no produce nada estéril. El no pondría deseos si no estuviera dispuesto a cumplirlos. Por eso el camino de los deseos lo es de realidades. Mucho quiere Dios dar cuando mucho hace desear.

* * *

Uno de los primeros historiadores de San Juan, Jerónimo de San José, declaró en los Procesos de Beatificación sobre la doctrina mística de San Juan de la Cruz que «donde los más aventajados escritores de ella parece acaban, comienza el venerable Padre». Inestimable es la doctrina de la Canción tercera en los números 30 al 61 sobre la oración contemplativa. Léase muchas veces. Asimílese bien. Destaquemos por encima de todo la necesidad del silencio y del ocio santo para la contemplación. El daño que se puede causar a las almas y a la Iglesia. Desgracia de los maestros inexpertos en el arte de la dirección. Y después, en el número 62, otro daño proveniente de los mismos directores que atentan contra las vocaciones de consagrados.

Lo que importa de la oración no es la obra humana, sino la divina, y ésta hay que procurar por encima de todo.
Los mayores y mejores esfuerzos de San Juan van encaminados a hacer contemplativos.

Su pedagogía es distinta de la de Santa Teresa, que encamina hacia todos los grados de oración. Sin duda, porque el Santo Doctor suponía la doctrina de la Madre Fundadora hizo hincapié en la contemplación, y también porque lo requiere su sistema y la amplia experiencia de dirección, en que ha comprobado muchos desastres.

Insistentemente nos repite la diferencia de la obra divina a la obra humana, de la natural a la sobrenatural.

Alerta a los directores que su obra en las almas no es suya, sino del Espíritu Santo; que nunca deja de cuidarlas y quiere ungirlas con valiosas unciones, calladas y secretas, que si no son visibles cuando caen como el rocío sobre las almas, se manifestarán cuando ya las flores estén abiertas y perfumen con sus aromas deliciosos y cuajen sus frutos.

Que no las lleve el director a su gusto y estilo, sino trate de ver si conoce por dónde camina el Espíritu.

Que las dejen en soledad, libertad y sosiego y que les dilaten el horizonte. Cuídense mucho de pensar que no se hace nada y aparten de las almas el prejuicio de que están perdiendo el tiempo.

Es verdad que el alma no hace. Pero es soberana verdad que es Dios quien hace y realiza.

Es acción de Dios, y Dios siempre actúa como Dios. Mientras el hombrecito siempre será pequeño en su obrar y, por tanto, su ganancia débil y alicorta.

Y si el alma hace lo que le cumple, que es vaciarse y callar, es imposible que Dios no haga lo que El puede y quiere, que es comunicarse abundosamente, secretamente y en silencio.

Como es imposible que el sol deje de llenar de luz la habitación si se han abierto las ventanas o levantado las persianas.
Así como el sol está madrugando para entrar en tu casa, está Dios sobre las almas para comunicarse a ellas.
Dejad al artista soberano construir el edificio que sueña, preparando el solar del alma, vacío y solitario, sereno e inactivo, en silencio físico, afectivo y mental. Que El actuará de modo por nosotros desconocido e insospechado.

Esto es asunto de importancia suma, pues se arriesgan infinitos bienes y existe un peligro de pérdida infinita.
Pues a cambio de comer el alma un bocadillo de noticia corre el riesgo de impedir que la coma Dios a ella por entero, que es lo que Dios hace en la soledad y en la desnudez y desprendimiento total, cuando el Espíritu Santo derrama en ella tantas grandezas secretas.

Por eso, limpieza, silencio y soledad, vacío y paz en sencilla advertencia amorosa. Ese es el camino de grandes caudales, de inmensas riquezas. Ahí está el manantial limpio de las tranquilas y mansas aguas de Siloé.
Cuando el alma, que debe permanecer en silencio, trabaja con sus potencias hace como el niño a quien su madre quiere llevar en brazos y él grita que quiere ir a pie. Ni la madre ni el niño avanzan.

Si mientras el pintor está pintando le mueven el lienzo, ¡qué mamarracho sacará!
Dios quiere ya llevar al alma en sus brazos poderosos y pintar en su corazón la imagen de su Hijo. ¡Dejadle que trabaje! ¡Aquietaos! ¡Serenaos! ¡Apaciguaos! ¡Callaos! Que «las palabras de la Sabiduría óyense en silencio» (Ecl 9,17).

Que pronto amanecerá el fulgor de la aurora unitiva, en que las oscuras cavernas del sentido, que estaba oscuro y ciego, unificadas con la Suma Realidad, con extraños primores calor y luz darán junto a su querido.
Ese será el momento de recibir el empuje del Verbo, de tanta grandeza, majestad y gloria y de tan íntima suavidad, que semejará que todos los bálsamos y aromas perfumados y todas las flores del mundo se mezclan y estallan de perfume.

Y que todos los imperios y naciones, y todo el universo celestial, y el universo terrestre y sideral, y el universo infernal, se ponen en movimiento, arrastrando en su dinamismo todos los seres que contienen, poniendo de relieve las bellezas de su ser, fuerza, hermosura y gracias y gritando dónde está la raíz de su permanencia y de su vida.

Este griterío oye el hombre y le abre los ojos a la fenomenal catarata de luz que le impresiona: Dios todo en todos; y todos en Dios. Dios motor inmenso y todo por El. Dios sabiduría y energía suprema, Dios amor, Dios imperio, Dios renovador y recapitulador de todo en Cristo, Cabeza, Juez, Señor, Comida, Hermano y Esposo de los hombres.

Al despertar, el hombre ve el rostro de Dios lleno de gracias y moviendo todas las cosas con su fuerza. ¡Despiértanos e ilumínanos, oh Guardián de Israel, que nunca duermes ni reposas, para que conozcamos y amemos los bienes estupendos que nos tienes preparados!

Y resuena en lo más hondo del hombre una potencia inmensa, como un órgano portentoso y majestuoso en voz de multitud de miles y miles de virtudes nunca numerables de Dios.

Y el hombre queda fortificado e inexpugnable, suavizado y vitalizado de virtudes y de todas las prerrogativas de que gozan todas las criaturas, alentado por la mansedumbre y el trato amoroso del que le despierta a tanta plenitud de grandeza morando secretamente en su seno, donde tan delicadamente le enamora.

¡Dichoso este hombre que siempre siente que Dios está descansando y reposando en su seno, porque lo encontró puro y solo!
Oremos para que se mantenga solo, huya de inquietudes, viva sosegado y en paz para no inquietar ni perturbar el seno del Amado. Porque ahora ha encontrado la libertad que soñaba y que buscaba. La ha encontrado en el mismo Dios, que rompió todas las cadenas, que él llamaba pequeñas libertades cuando eran esclavitudes.

Rotas las cadenas lacerantes y mezquinas puede ya el hombre volar tan alto, tan alto, que dé a la caza alcance: el Amor de Dios, preciosa margarita, que es la libertad y la entrega total sin restricciones ni límites.

JESUS MARTI BALLESTER



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CONTRAPORTADA

Hoy hacen falta testigos más que maestros. Los maestros enseñan doctrinas. Los testigos han visto y dicen lo que han visto. Por ambos costados San Juan de la Cruz es testigo y maestro, mistagogo, porque enseña lo que ha experimentado y cómo lo ha vivido. Y lo hace con convicción y persuasión, y, además, exquisitamente. Sólo un pero para los lectores del tercer milenio. Escribió hace cuatrocientos años. Lo que testifica y enseña es inmutable, pero el molde ha cambiado muchísimo.

¿Cómo paliar esa desventaja? El autor ha roto el nudo. Su preparación, sensibilidad, el profundo conocimiento de San Juan de la Cruz y de los lectores así como su estilo han conseguido en una brava y eficaz tarea que San Juan de la Cruz escriba hoy su Llama de amor viva, sus cartas o sus poesías. De ahí el titulo: Una nueva lectura... Con la valiosa originalidad de haber investigado las fuentes bíblicas, ascéticas y poéticas en que se inspiró San Juan, y la riqueza de los comentarios.

Jesús Martí Ballester es licenciado en Teología, buen conocedor de los místicos españoles, predicador, escritor, conferenciante y fundador de la Institución Amor y Cruz. Es autor de varios libros sobre San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.

Publicado por la editorial: BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS. Madrid.
ISBN 84-7914-792-X