LA IMPORTANCIA DE LO MATERIAL

¿Cuánta importancia damos a los logros materiales? Es una buena pregunta para meditar, porque, de acuerdo a lo que se puede ver la familia ha pasado rápidamente a un segundo plano y todo se ha convertido en un producir para ganar mas: mas poder, mas riqueza material.

No es difícil caer en la tentación de atesorar para el futuro, no es difícil el definir como política de vida el alcanzar todo aquello que queramos, no es difícil excusar todo en una frase mañía y gastada por lo usada: “no lo quiero para mí, sino, para dar a los míos lo mejor”; pero, aquellos a quienes llamamos “los míos”, realmente querrán lo material o querrán recibir afecto, contar con uno cuando lo necesitan, saber que uno está dispuesto a darse a ellos.

La sociedad nos lleva hacia la opción triunfalista, nos convierte en seres mecanicistas, en trabajólicos, en “entes productivos”, pero, en nuestro interior ¿qué nos deja?. El vacío de no saber como entregarse, de no poder dar amor, es inmenso, abismante, abrumante, el convertir el amor y el dar en un acto reflejo de entregar bienes materiales y buscar así demostrar lo que sentimos, es algo que nos va convirtiendo día a día en proveedores y nos aleja de nuestro origen.

Cuando nos toca tratar con otras personas, ya sea en conversaciones sociales o de trabajo, y esa persona tiene su mirada sobre diferentes objetos y no nos mira, ó simplemente se distrae ante cualesquier ruido o movimiento, ¿cómo nos sentimos?; contrario sensus, cuando frente a nosotros hay una persona que nos mira a los ojos y demuestra interés en lo que se está conversando, la impresión de ella ¿no es acaso la de alguien con quien es muy grato tratar?.

Un maestro en el trato de las personas fue el padre José Kentenich, siempre que conversaba con una persona lo hacía sentir que para él no había nada, ni nadie más, que él o ella era lo más importante. Esta actitud es la que, pienso, debemos tener todos; una actitud de escucha, de apertura, de intentar entronizar el problema que se nos plantea, para luego, intentar entregar una propuesta de solución; hay veces que ni siquiera se espera una respuesta, sino que, basta con escuchar atentamente a la persona y ella por si misma descubrirá la respuesta que subyacía en su interior.

Vuelvo al principio y pregunto ¿en nuestra vida, qué debemos aspirar a dar y que aspiramos a recibir?, ¿vamos tras los logros materiales?, el Evangelio toca el tema en profundidad y da una respuesta que, por lo simple, es de una profundidad impresionante: “las riquezas materiales que acumulas hoy, no las podrás llevar contigo cuando mueras”, y creo que, en nuestra sociedad cada día se hace más necesario vivir lo que el Señor nos dice y acumular las riquezas que permanecen con nosotros aún después de nuestra muerte, esa riqueza que nosotros no podemos medir, pero, que quienes nos rodean sí. Vivir en constante entrega a los demás, preocuparse de lograr crecer espiritualmente, estar abierto a las necesidades de quienes nos rodean, ver a Cristo en quienes nos rodean y principalmente en quienes nos causan o han causado algún mal, perdonar a quienes nos hacen daño, en resumen: amar a nuestro prójimo.

Por años, se ha tratado el tema de la justicia social y se le han dado tantas interpretaciones que se ha terminado por prostituir el término y convertirlo en una consigna política, todas las ideologías la presentan de acuerdo a su conveniencia, unos hablan de lucha de clases, otros de reivindicación social, de humanismo, de humanismo cristiano, etc…, de acuerdo al momento es el nombre que se le da, pero, no pasan de quedar en consignas o promesas. El verdadero cambio que haga posible la justicia social, debe venir desde dentro, de nosotros mismos, de un convencimiento profundo de la necesidad de equidad, si no creemos en la necesidad del cambio éste nunca se producirá.

La esencia del Cristianismo es la justicia social, pero, no en términos politizados o demagógicos, sino, en función de una real equidad. En los primeros tiempos las comunidades compartían todo y la ayuda entre ellos era algo natural, no era necesario imponerles en términos de obligatoriedad ésto, era algo connatural a las comunidades Cristianas. Hoy en día, muchos que nos decimos Cristianos no somos capaces de conmovernos frente a la necesidad, muchos que somos Católicos observantes nos olvidamos que la Iglesia necesita de nosotros para poder cumplir su rol evangelizador y no aportamos el 1% que se nos pide.

Frente a todo lo antes expuesto, cabe preguntarse ¿podemos aspirar a un trato justo y digno?, no sería mejor empezar analizándonos y ver que hacemos nosotros por los demás. Acumulemos riquezas que podamos llevar con nosotros al morir y no nos preocupemos tanto de las que quedarán acá y serán “presa de la polilla”.

(Salvador Gandulfo T.)