Es el primer día de primavera de 1999, pero todo está gris y tranquilo en las calles de Roma. La Comunidad de san Egidio nos ha invitado a una celebración solemne: es el día en que nace “Los Amigos”, un grupo de 500 incapacitados que se definen como “el regocijo del mundo”. Se han reunido en un teatro con muchas flores para celebrar una fiesta por la tarde cantando canciones conocidas. Se diría que son felices. Sienten que aquí se les considera como personas, a pesar de su diferencia. Al final de esta reunión, leen lentamente su carta de identidad que es también una declaración de intenciones. Dicen entre otras cosas « Tenemos ganas de hacer fiesta y cambiar el mundo. Comencemos por nuestras ciudades. Construyamos una ciudad sin barreras y sin muros entre las personas, donde cada uno escucha al otro, pues no hay prisa. Es la ciudad amiga. Es “la ciudad de los Amigos”.
La declaración es indirectamente una petición de ciudadanía por parte de los que son más débiles y necesitan una inserción amable para expresar todas las posibilidades, a menudo consideradas de segunda zona, que ocultan en ellos.
Un día, no hace mucho tiempo, Tonino Bello, el obispo hizo un descubrimiento parecido en América Latina. Era en Bariloche, centro turístico de la alta burguesía argentina, para comprender lo que el Papa quería decir cuando afirmaba que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
El obispo dejó tras de sí villas lujosas, hoteles de cinco estrellas y se fue a las barriadas en las que había barro, tugurios y miseria. Acompañado por una niña, entró en una barraca en donde encontró la desolación y la miseria afrentosa. Una mujer sostenía en sus brazos a un niño dormido y tenía otros cinco a su alrededor.
« En el fuego hervía una cacerola de habas-cuenta el obispo —. En un rincón, dos sillas casi rotas. En el suelo un gran grabado. Suspendida de una cuerda, la última lejía. Me atrajo la curiosidad un libro abierto en la mesa, al lado de un montón de platos y tazas. Era el Evangelio. Me estremecí de emoción. Tenía la impresión de estar en casa de uno de mis parientes e intenté decir a la mujer: «Me siento muy feliz de que lea el Evangelio ». En aquel momento ella, que estuvo en silencio hasta entonces, abrió la boca y murmuró con una vocecita que me llegó al alma y nunca se me ha olvidado: “La única esperanza para nuestra pobreza”, es nuestra esperanza en la pobreza.
El misterio del sufrimiento ha sido declarado por las Bienaventuranzas una carta de pertenencia a la ciudadanía evangélica y es una carta de reconocimiento válido hoy.

Felipe Santos, SDB
2009