* El amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros, tal como somos, es el contenido de nuestra fe. No podemos merecerlo. Tampoco podemos perderlo. Dura toda la eternidad. Nos hace libres. Si creemos verdaderamente en Él, ya no tenemos nada que perder y somos seres libres, como Jesús lo fue. Cuando creemos en ese amor nos aceptaremos a nosotros mismos. Esta es la fuente de la libertad, mientras alguien no se acepta a sí mismo no puede ser libre.

* Somos libres y por eso podemos rechazar también el amor de Dios, aunque también podemos aceptarlo. Nunca nos planteamos seriamente abandonar el amor de Dios, más bien todo lo contrario. Recibimos el bautismo, el sacramento de la confirmación, etc. pero en cada uno de nosotros existe también otro movimiento, es el movimiento de un rechazo en nuestra vida a Dios y sus cosas.

* Nuestra vida cristiana es un paso en dirección hacia Dios, y luego un pequeño retroceso. Prometemos a Dios cosas para hacer, pero luego el ajetreo diario nos hace descubrir que podemos decir no a Dios con nuestra propia vida. Con mucha frecuencia nos damos cuenta que en el fondo de nuestro corazón sabemos que algo no está bien.

* En el Apocalipsis dice Juan: Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca (3,15-16). Dios dice claramente que no le gustan las zonas grises; que prefiere a alguien que dice no . Esto es, al menos, claro.

* Con la presencia del pecado perdemos la noción de pecado, diríamos que es algo así como que nos ciega interiormente. La esencia del pecado es la mentira, la negación y, con ella, el oscurecimiento de la visión interior.

* La experiencia cristiana comienza con la Palabra de Dios, es la Palabra la que nos guía y orienta, no es nuestra experiencia la que nos dice que estamos ya en el camino. Las personas cuando estamos en situación de pecado necesitamos un shock, un fuerte golpe, para darnos cuenta de lo que nos está pasando con respecto a Dios y a nosotros mismos.
Veamos un ejemplo: la historia de David y Betsabé (2Sam 11-12)
El pecado de adulterio es realmente grave. Pero lo que ocurre después es horrible. David elude su culpa e imagina mil argucias para endosar a Urías, a quien ha engañado, el hijo que él ha engendrado. Y así emplea su poder para encubrir su culpa. Ordena inmediatamente que su oficial Urías regrese de permiso, naturalmente con la esperanza de que vaya junto a su esposa. Pero, cuando llega la noche Urías se dirige al cuartel. Con esto no había contado David. Al día siguiente, le invita a un gran banquete y hace que se emborrache, ¡David el gran salmista! Pero, incluso en su borrachera, Urías conserva la mente suficientemente clara para no ir a su casa sino de nuevo al cuartel. Al día siguiente, David vuelve a enviarle a la guerra y, concretamente, a la primera línea de fuego, sabedor, claro está, de que ello significará su muerte. ¡David envía deliberadamente a un hombre a la muerte! Y aún así sigue sin ver que eso es pecado mortal. Entonces el profeta Natán se presenta ante David con una parábola, un preciso ejemplo, realmente hecho a medida, y David reacciona de manera espontánea: ¡Vive Yahvé, que merece la muerte que tal hizo! Pero sigue sin entender que ese hombre es él.
Una cosa así es posible. En este momento necesita un hombre como Natán que le diga: Tú eres ese hombre. Ahora se pone nuevamente de manifiesto la grandeza de David: confiesa su pecado. De los ojos le caen como escamas, y ve su gran culpa. Sí, él es ese hombre.

* San Pablo ha descrito muy bien lo que supone la culpa en la persona humana: No comprendo mi comportamiento. No hago lo que quiero, sino que lo detesto, pues no hago lo bueno, que quiero, sino lo malo, que no quiero. ¡Yo, hombre desdichado! ¿Quién me rescatará de este cuerpo abandonado a la muerte (Rom 7). Ni yo mismo me entiendo, dice Pablo entre sollozos.

* Hay un segundo aspecto de la culpa. No es sólo que mi cabeza no consigue comprender la culpa, sino que mi corazón tampoco la acepta. También para él el esfuerzo que se le exige es excesivo; y como siempre que esto ocurre, procura reprimir las sombras y desviar el asunto hasta el inconsciente. De este modo, uno ya no sabe nada, y el problema está resulto en apariencia. Esto es lo que hizo David: descargó su culpa en el subconsciente.
Jesús habla de ello: Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras (Jn 3,20)
El mal quiere permanecer en la oscuridad. Ése es su sitio preferido, pues en la oscuridad se puede propagar. Ése es su mundo. El mal no quiere salir a la luz.

* El ser humano es el mismo ser humano que aparece en el Antiguo Testamento. Reprime muchas de sus culpas, incluso culpas graves, las ignora, las silencia o las disimula incluso llega hasta negarla. Los antiguos chinos ahuyentaban a los demonios haciendo mucho ruido. Estaban convencidos que así los demonios sentían miedo y salían corriendo. Este método se sigue practicando todavía. Hay personas que ahuyentan a los demonios con ruido. Pero también lo hacen con la verborrea encubridora y la justificación. Este es un juego que practican los intelectuales. Para ponerlo en práctica se necesita un vocabulario adecuado; entonces funciona muy bien. Si, por ejemplo, me he enfadado, he perdido el control de mí mismo, me he mostrado parcial o injusto, puedo disimular mi comportamiento diciendo cosas como “Yo soy una persona muy sensible, y nadie me lo debe reprochar”.

* Otro tercer aspecto del mal que hago es una mezcla de debilidad y maldad dirigida a un fin. Estos dos componentes se dan siempre. En mi culpa hay cierta debilidad. Nadie sale de su habitación y dice “Quiero pecar; voy a ver qué se me ocurre”. La cosa no empieza de esta manera tan deliberada. El pecado sigue su curso mucho más sutil, más indirecto, más como una tentativa. Y tal vez me opongo o incluso lucho contra él. Pero después, en un momento dado, cedo. Mi debilidad se impone, y esto es válido para todas las culpas. En ellas hay siempre un elemento de debilidad: en realidad yo no quería, pero, aun así, lo he hecho.

* El otro elemento que interviene es la maldad: la maldad, las sombras de uno mismo y cierto oscuro placer, pues en realidad la decisión de pecar la tomo yo, yo decido. Siempre tengo cierto grado de libertad.

* Tenemos los dos componentes de muchas de nuestras acciones: debilidad y maldad. La primera significa: queremos pero no podemos. La segunda: podríamos pero no queremos. Y las dos se mezclan. Hay impotencia pero también intención. ¿Cómo abordo yo estos dos aspectos de la culpa?

* En la mayoría de los casos, la culpa está estrechamente relacionada con las heridas que uno sufre, con lo que otro me hace. Pero ¿qué hago yo con mis heridas? Si no las acepto conscientemente y no me las curo, lo más probable es que termine hiriendo a otros o haciéndome culpable.

* Las heridas no curadas en mí llevan a la hipocresía, a no saber esperar, a la satisfacción sustitutiva de la sexualidad, a buscar refugio en la comida o la bebida, a la falta de compromiso, a la lucha por el poder y la ambición, que son otras tantas formas equivocadas de acabar con las heridas propias, cosa que por ahí no se conseguirá. El peligro radica en que me obceque y vea sólo la herida, hable constantemente de ella, reaccione en función de su existencia y ya no sea libre. Al hacerlo, no me doy cuenta de que prolongo el círculo vicioso, hiero a otros y me hago culpable. Aquí la única solución es que me detenga, contemple mis heridas serenamente, sin autocompasión ni deseos de venganza, y busque la puerta que lleva al perdón. Sólo entonces puede iniciarse un nuevo proyecto.

* En cuarto lugar: no puedo expresar totalmente en palabras mi culpa. Siempre me quedo como que se queda algo en el tintero. La culpa es algo así como un iceberg, del cual el 90% está sumergido y no se ve, y lo que vemos es sólo el 10% por encima del agua, visible. Algo parecido ocurre con la culpa.

* El arrepentimiento es una gracia y no el fruto de mi propio esfuerzo. El arrepentimiento me es regalado. Yo no puedo generarlo. El verdadero arrepentimiento tiene en sí todos los frutos del Espíritu (Gál 5,22). Si en mi arrepentimiento falta todo eso, es que lo he generado yo, y este esfuerzo me lo puedo ahorrar. El arrepentimiento es fruto de la gracia.

* El verdadero arrepentimiento crece en mí si me oriento hacia Dios y no hacia mí mismo, pues hay una especie de conciencia del pecado que gira sobre sí misma. Cuando Pedro le dice a Jesús: Aléjate de mí, señor, que soy un hombre pecador (Lc 5,8) . Esta conciencia de culpa en Pedro no es el resultado de haber escrutado rápidamente su conciencia y haber encontrado un par de pecados, sino la resonancia de que, a través de Jesús, en él ha brillado la grandeza de Dios. Y entonces descubre de manera intuitiva que es un pecador.

* Para los cristianos, el encuentro con Jesús en la cruz es el mejor medio de conocerse a sí mismos y obtener el perdón. Si me dirijo a Él, si lo contemplo, puede decirse que he dado con el mejor y más rápido medio de cobrar conciencia de mi culpa y abrirme para recibir su amor redentor. A la cruz debo de dirigir la mirada, pues así cobraré conciencia de mi culpa, se disiparán las represiones y quedará abierta la puerta a la gracia. Así resistiré la tentación de que no soy digno de la misericordia de Dios porque mi pecado es demasiado grande, pues tendré la certeza de que en realidad ya he sido perdonado.