Hay dos actitudes básicas para la vida espiritual:

* la humildad
* la contemplación

La humildad y las humillaciones no son la misma cosa. Las humillaciones me degradan como ser humano. La humildad es la capacidad de reconocer el lugar que me corresponde en el universo: soy polvo y gloria. Soy un ser grande y a la vez pequeño…

Tenemos que tener en cuenta siempre una máxima: yo no soy todo lo que podría ser.

No es cuando somos perfectos cuando podemos captar a Dios. Sólo cuando empezamos a aceptarnos tal cual somos, con nuestra imperfección y limitaciones, entonces es cuando empezamos a ser capaces de descubrir a Dios.

Hay cuatro grados de humildad:

1. Reconocer la presencia de Dios en nuestras vidas: Dios está en nosotros, en nuestro interior, tanto si le reconocemos como si no. Tenemos que aprender a descubrirlo.
2. Aceptar los dones de los demás, su lado divino, su sabiduría, su experiencia, incluso su dirección.
3. Deshacernos de las falsas expectativas en la vida diaria. La persona llena de Dios tiene muchas más seguridad que la que pueden proporcionar cualquier bagatela en la vida: comodidades, títulos, símbolos.
4. Acoger a los demás con bondad. Si conozco mis limitaciones, puedo aceptar las suyas. Entonces puedo andar tranquilamente por el mundo, sin jactancia, sin pretender ser el centro de la atención, centrado únicamente en el Dios que llevo en mí.

Para una verdadera vida espiritual hace falta una búsqueda personal de lo divino en nuestro interior. Hace falta interioridad. La interioridad es adentrarse en uno mismo para estar con Dios. Mi vida interior es un paseo en la oscuridad con el Dios que nos habita y nos lleva, más allá de nosotros mismos.

Tenemos que entrar en nosotros, descubrir las razones que nos mueven, los sentimientos que nos bloquean, los deseos que nos distraen, los venenos que infectan nuestras almas… todo ello nos conduce a la claridad que es Dios.

La persona contemplativa se examina tanto a sí mismo como a Dios, de modo que Dios puede invadir cada uno de los aspectos de la vida.

Cuando hay vida interior la religión se hace realidad, parte de nuestra vida.

La contemplación consiste en encontrar al Dios que llevamos dentro, en crear un espacio sagrado en un corazón saturado de reclamos publicitarios y promociones, de envidias y ambiciones, para que el Dios cuyo espíritu respiramos pueda vivir plenamente en nosotros.

Para ser contemplativos es preciso dedicar cada día algún tiempo a acallar la violenta voz interior que ahoga la voz de Dios en nosotros.