LOS DEMÁS, CAUSA DE MIS ALEGRÍAS

Uno de los testimonios que tenemos que dar los cristianos de nuestro tiempo es el de la alegría del encuentro con los demás. En un mundo donde casi todo el mundo quiere tener una casa aislada en el paraje más perdido para descansar en especial de los otros... el sacramento del encuentro debe ser para nosotros el octavo sacramento en nuestro caminar de cristianos.
El sacerdote es un hombre para el encuentro. No me refiero a esos encuentros superficiales entre colegas, ni el disimulado saludo a la persona conocida. Encontrarse es para el cristiano pasar siempre con su permiso a la intimidad del otro como si entrara el sagrario de un alma. Una de las experiencias más importantes del sacerdote es que cuando entra en las profundas cuevas del alma de los demás, en muchos senderos encuentra la realidad de su propia alma.

Cuando un sacerdote entra en un alma acompañado por su propietario, debe ser además de compañero de camino, un guía eficaz. Hay que ser exploradores de almas para saber en cada momento dónde nos encontramos.

Llegados a las profundidades de lo íntimo vemos siempre que el dolor ajeno siempre está acompañado, nunca solo. El sufrimiento moral es siempre un lugar acompañados por el recuerdo de otras personas y situaciones. La persona recuerda a otro ser humano que le hizo sufrir, que le destrozó la vida o que marcó tristemente su existencia.

Una de las labores evangélicas de todos los cristianos y en especial la de los sacerdotes es la de entrar en el sufrimiento ajeno con respeto y delicadeza y hacer ver al sufriente que hay que sanar las heridas que se enquistaron y se calcificaron por culpa de los demás. Tenemos que enseñar a las personas que la causa de mi alegría tiene que ser el encuentro con los demás. Lo que a los demás les sucede de bueno a mí me alegra. Lo que a los otros les invita a la tristeza yo lo hago motivo de superación personal.

Para hacer que los demás no me duelan sólo el camino del amor es quien me ofrece respuestas. La debilidad del otro me hace sufrir, pero la fortaleza de mi amor me ayuda a entender quién es el otro de verdad, en la hondura de su ser, en la intimidad de su yo.

Una de las labores más bonitas del sacerdotes es aprender a sumergirse en las profundidades permitidas del otro y compartir, aunque sólo sea un momento, la alegría de descubrir que los demás pueden ser siempre para mí motivo de alegría.

Nos cuesta encontrarnos con nuestros dolores y quienes los provocan, pero tenemos que hacer el ejercicio constante de ver en los demás que todavía merece la pena luchar con alguien para que su dolor se convierta en alegría...

©2007 Mario Santana Bueno