LAS PARCELAS NO CONVERTIDAS DE MI VIDA...

A los sacerdotes jóvenes siempre les recuerdo que recibieron el sacramento del Orden Sacerdotal y que recibir ese regalo es uno de los dones más bonitos que Dios nos puede dar. Pero también les recuerdo que el sacramento de la ordenación no soluciona de golpe todos los enredos de nuestra existencia. De la misma manera que se coloca una instalación eléctrica completa y todos los puntos de luz no se encienden a la vez, sino hay que ir de habitación en habitación encendiendo cada interruptor, algo parecido sucede en la vida del nuevo sacerdote...Has recibido el sacramento del orden, pero no toda tu existencia ha sido orientada hacia Dios, no todo ha cambiado de golpe en ti... Ese es un trabajo que te tocará hacer durante toda tu vida. Es la tarea más importante de tu ministerio. Es la tarea pastoral fundamental que tienes entre tus manos y en la de Él...

Los que llevamos más tiempo en el ministerio ordenado sabemos que muchas veces descubrimos parcelas de nuestra vida que todavía tienen que cambiar a la luz de Dios. Mi psicología, mis ambiciones, mis celos y envidias, mi yo oculto, mis deseos más profundos, tienen que ir dejándose iluminar porque necesitan de Dios. Soy consciente que ese proceso lleva años y sufrimiento, pero también sé que es posible alcanzarlo con la ayuda del Maestro.

La gente ve a los sacerdotes de manera distinta. Algunos nos ven como unos seres inútiles, trabajadores de una empresa sin ninguna importancia, anunciadores de productos invendibles... Otros nos ven como ese producto perfecto que no puede resquebrajarse por la debilidad humana... Ni unos ni otros perciben ese magnífico juego de fragilidad y fortaleza que en la lucha del sacerdote tiene que darse a diario. Mi vida de sacerdote tiene sentido, mi fragilidad y mi vocación me lo demuestran...

Tengo que tener paciencia conmigo mismo. No puedo dejar que la amargura se estanque en mi vida fijándose sólo en mis debilidades en las cuales todavía no ha penetrado del todo el Evangelio. Tengo que darme tiempo para no escandalizarme de mi mismo.

La peor guerra que existe es la uno tiene contra sí mismo, pero también es cierto que es la victoria que más se saborea. Hay que enseñar a los seminaristas a ese trabajo amoroso de luchar contra sí mismo para que el Señor sea siempre quien gane.

Sé que hay zonas de mi vida que todavía no conocen el Evangelio. Dentro de mí convive la historia de la humanidad con sus miserias y aciertos. Soy a la vez ateo y creyente, pagano y creyente en el único Dios...

Tengo que regular el reloj de mi vida para que esas parcelas de mi interior a las cuales aún no ha llegado Dios, no frenen nunca mi caminar con Él y con los demás. Tengo que aprender a tener prisa siendo paciente...

©2007 Mario Santana Bueno