HOMBRES POBRES, NO POBRES HOMBRES...

Muchas veces he pensado si no soy demasiado exigente en el perfil ideal que me hago del sacerdote. Intentar ser sacerdote de manera consciente no es para menos.

Recuerdo que los sacerdotes que más han marcado mi vida son aquellos que habían llegado a armonizar y equilibrar su propia madurez con las exigencias del Evangelio. Eran evangelios vivos porque habían llegado a un equilibrio interior en numerosos aspectos de su vida. Recuerdo que desde pequeño admiré no la perfección que no tenían, sino el grado de madurez que poseían aquellos buenos sacerdotes y buenas personas que marcaron positivamente mi vida.

La madurez humana es necesaria en todos los aspectos de la vida, pero especialmente en este caminar sacerdotal que día a día se va haciendo ruta hacia Dios.

La invitación del Evangelio para cualquier cristiano y para los sacerdotes en especial, es que nuestra madurez humana y espiritual crezcan lo más junto posible.

Un sacerdote tiene que tener un alma entrañablemente humana para comprender a los seres humanos que se le acercan. Cada día me pregunto sobre el desarrollo de mi madurez e intento tener en ese caminar hacia Dios la luz de quien se sabe en ruta, un camino duro y muchas veces desalentador que solo con el fruto de un corazón agradecido es capaz de crecer.

No hay nada más desalentador para alguien que comienza en la andadura de la fe, que el comprobar cómo un sacerdote, curtido por el paso de los años no ha madurado lo suficiente. La gente no desea supermanes ni supercuras, sólo desean hombres y mujeres con corazón, con un corazón que late al ritmo de Dios.

Quiero madurar, necesito madurar humana y espiritualmente. Ambas cosas me da la impresión que no se pueden hacer por separado. Un corazón grande no puede latir en ambiciones mediocres. Una vida que pretenda ser para Cristo no se puede quedar estancada en pequeñas cosas. Ser maduros es establecer las prioridades, nivelar los corazones, saber callar y hablar a tiempo, mirar con la mirada limpia que se fija más en el corazón del que habla que en la manera que lo dice o la forma en la que lo explica. Un persona espiritualmente madura sabe ponerse en segundo lugar en las cosas de la vida y desentrañar con amor los misterios del alma, de su alma y de las almas de los otros. Un corazón maduro no juzga ni prejuzga, sólo ama y espera. Lógicamente, todas estas grandes realidades sólo pueden estar en personas que tienen alma de pobre, nunca en unas pobres personas...

©2007 Mario Santana Bueno