Seguir a Cristo

Para seguir a Cristo nada mejor que recordar sus palabras:
“Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada.” (Jn 15,5)

Toda la vida cristiana no es otra cosa que caminar en tu vida personal con Cristo de manera digna, igual que caminamos con dignidad con nuestros amigos. Si somos capaces de caminar con dignidad con nuestros amigos también tenemos que ser capaces de caminar con Cristo.

Para vivir en cristiano es necesario morir a muchas cosas de nuestra vida y de nuestro mundo. No es escaparnos del mundo ni de nosotros. Es transformar nuestra vida tal cual Dios quiere y desea que seamos. Jesús nos dice: “¡Tengan ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Esto significa que Él, en cuanto hombre, se convierte en una criatura suprema, por encima del mundo que le rodea. Todo el que cree en Él, venciendo la ley del pecado, se hace como Él.

Para contemplar la gloria de Dios (a Dios mismo), tenemos que permanecer en su gloria, o sea, en Dios. No podemos conocer a Dios si permanecemos en el pecado y nos jactamos de ello. Para comprender, aunque sea en parte, quién es Dios, es absolutamente necesario asemejarse a Él, permaneciendo en el espíritu de sus mandamientos. Quien ha construido su vida sobre la enseñanza de Cristo, llegará gradualmente, como por una escalera, a comprender quién es Dios.

Cristo dijo: “Nadie conoce al Hijo, fuera del Padre; y al Padre nadie le conoce, fuera del Hijos y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mt 11,27). “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 6,44; 14,6).
El ser humano es un gran misterio. Creado de la nada, es elevado a la plenitud del Ser increado, Dios. El Espíritu Santo viene a nuestra vida y nos “diviniza”.

Los dones del Padre superan nuestra capacidad de sobrellevarlos.
Cuando vemos los árboles centenarios nos imaginamos que sus raíces tienen que ser profundas, muy profundas. La vida del cristiano necesita de esas raíces que se hunden en su propia historia, en su pasado que no se ve, pero que da vida a su momento actual.

El ser humano muchas veces no tiene bien sus “raíces”, su historia, su pasado. Hay partes del mismo que “infectan” todavía hoy su vida cristiana. Ante esto no hay que desesperarse.
Cuando la persona llega a experimentar la Luz de Dios todo cambia: mueren las pasiones terrenas y el espíritu asciende a la contemplación del Eterno. Gracias a esta bendición, la persona percibe cualquier situación terrenal (social, material e incluso cultural) como un accesorio temporal, y deja de preocuparse de su carrera terrestre.

Si nos unimos con Cristo en la oración, la persona recibe interiormente, en su corazón y en su intelecto, la certeza de que en la eternidad se le dará todo el contenido de Dios mismo.
El amor divino abraza también al infierno. Nuestro descenso al infierno en el curso de esta vida (darnos cuentas de nuestros pecados) es el verdadero camino a la perfección.
La victoria sobre el infierno pasa por dos etapas: la primera es superar la propia tiniebla interior; la segunda, el amor compasivo, el amor propio de Dios, hacia toda la creación. Nuestra experiencia terrestre no logra la plenitud absoluta, pero ello no disminuye su autenticidad.