¿Es una cuestión de cifras o de fidelidad?

Hace unos días el Vaticano anunció que el número de católicos en el mundo había aumentado en un 1,4% entre 2005 y 2006, al pasar de 1.115 millones a 1.131 millones. La cifra habla de los bautizados, lo cual, querámoslo o no, no deja de ser engañoso porque aunque el bautismo imprima carácter, no es lo mismo haber sido bautizado de bebé que ser católico de adulto. Por ejemplo, en España somos más de 40 millones de bautizados pero a nadie se le escapa el hecho de que apenas 8 millones acuden a misa todos los domingos. Nuestro rating de católicos bautizados versus católicos practicantes es probablemente equiparable al de otros países europeos pero no al del resto del mundo, donde cabe esperar que haya bastante más porcentaje de católicos que celebran su fe en relación a los simplemente bautizados.

Siendo generosos, digamos que hay unos 600 millones de católicos “de verdad” en todo el planeta. No es mala la cifra pero no dejamos de ser una minoría. El problema no está tanto en las macro-cifras como en una cuestión que es mucho más difícil de cuantificar. ¿Cuántos de esos 600 millones tienen un conocimiento medianamente alto de la Escritura, la doctrina y la moral de la Iglesia? ¿cuántos son agentes activos de evangelización de los no bautizados o bautizados no practicantes? En definitiva, ¿cuál es el peso real del catolicismo en las diversas sociedades que componen el mundo de principios del tercer milenio?

El concepto de Cristiandad es ya historia. Se quiera o no, apenas hay una sola nación que merezca el calificativo de cristiana, aunque en muchas el cristianismo sea un elemento constitutivo de primer orden. Como ya he escrito en anteriores ocasiones, la implantación de la democracia en los países que en su día fueron cristianos está descubriendo una realidad que, como el sol, no se puede tapar con un dedo. Las legislaciones, poco a poco, van tomando un giro que indican que los valores de las sociedades tienen ya poco que ver con los que emanan del evangelio. Por ejemplo, el tratamiento que Occidente da a la protección de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural es indicativo de lo lejos que está de su antigua condición cristiana, si es que dicha condición llegó a ser genuina alguna vez y no impuesta por señores feudales, reyes, emperadores, abades, obispos y Papas. Y no basta con lamentarse y decir que el pasado fue mejor, porque nosotros seremos juzgados por el presente que nos toca vivir y por el futuro que preparemos para próximas generaciones.

El Concilio Vaticano II quiso actualizar la relación de la Iglesia con el resto del mundo. La batalla que los Papas de finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX habían sostenido contra la “Modernidad” dejó paso a una especie de pacto de no agresión. La apertura de la que hizo gala Juan XXIII coincidió con un momento histórico en el que el mayo del 68 francés extendió sus raíces por todo Occidente, de forma que la sociedad se convulsionó para dar paso a un nuevo modelo de relación entre padres e hijos, alumnos y profesores, juventud y mundo adulto. Esa rebeldía tan típica de la juventud de todas las épocas se convirtió en referente para desestructurar la sociedad entera, y la Iglesia no se vio libre de su influencia. La jerarquía, la liturgia bien hecha y el dogma pasaron a ser los iconos del inmovilismo, de la opresión que impide la verdadera libertad. Las órdenes religiosas usaron su libertad y su independencia real de todo poder episcopal salvo el romano, canalizaron lo que yo llamaría “el mayo del 98 eclesial”, que fue recibido con no poco entusiasmo por un sector muy importante de los seglares, seminaristas, jóvenes sacerdotes y sacerdotes no tan jóvenes pero deseosos de romper con el modelo eclesial en el que habían sido formados. La reforma de la liturgia no sólo no ayudó a evitar los desmanes sino que, siquiera indirectamente, los alentó. No por sí misma, sino porque la sensación de “cambio” que trajo parecía confirmar que el camino de la ruptura con el pasado era el adecuado. En mi opinión no fue sensato modificar la forma en que los fieles celebrábamos nuestra fe justo en el momento en que todo parecía estar cambiando.

Leyendo a Pablo VI se constata que el Santo Padre estaba horrorizado ante lo que sus ojos estaban contemplando. Y más aún cuando se sentía incapaz de parar esa avalancha que amenazaba con arrasar la Iglesia. Se quiera o no, el Obispo de Roma no puede controlarlo todo, no puede pastorear cada parroquia, cada diócesis y cada seminario. Pero es que la autoridad episcopal entró también en una grave crisis. No sólo había bastantes obispos que estaban bastante en sintonía con el marasmo postconciliar, sino que los “conservadores” parecían paralizados ante el avance de la heterodoxia y la “progesía eclesial”. Juan Pablo II hizo de muro que impidió que el catolicismo de hoy se convirtiera en una fotocopia borrosa de lo que fue en los siglos precedentes, pero ya era tarde para muchos que habían sido educados en una fe que tenía de católica tan solo el nombre.

La crisis de identidad que sufrieron millones de católicos, mal formados por malos pastores y dejados prácticamente de la mano de Dios ante un mundo que estaba radicalizándose en su laicidad, acabó por alejarles de la práctica religiosa. La costumbre social ya no servía para retener en los templos a los que anteriormente iban a misa siguiendo la máxima “¿dónde va Vicente? donde va la gente”. Si ponemos España como ejemplo, y dado que soy español no se me ocurre otro mejor, millones de católicos pasaron a ser católicos de bautismo, comunión, boda y funeral. Y nada más. O sea, dejaron de ser católicos de verdad. Su fe no ocupa lugar en su vida diaria y su moral ha pasado de ser formada de acuerdo al sermón del cura a serlo según los guionistas de los programas y series de televisión. Con resultados a la vista para todo aquel que tiene ojos para ver.

Lo peor es que para la mayoría de esos católicos de cuatro misas en la vida, el evangelio no es una novedad. A un pagano le puedes presentar a Cristo como el Salvador que dio su vida por él. A quien ya ha oído hablar de Cristo pero ha elegido vivir a su aire, no. Por supuesto se producen algunas conversiones, pero la Iglesia es hoy mediáticamente incapaz de evangelizar a los bautizados alejados. Así que por mucho que nos empeñemos en que hay que evangelizar, lo cierto es que los de fuera no están predispuestos a escuchar lo que tenemos que decirles. Ni siquiera se aprovecha la ocasión en los funerales, donde las homilías se dedican a ensalzar al muerto en vez de situar a los presentes ante la realidad de que tras esta vida vamos a ser juzgados conforme a como creemos y obramos. Yo pediría a los obispos que concienciaran como fuera a sus sacerdotes para que aprovechen esos bautizos, bodas, comuniones y funerales para predicar la necesidad de la conversión. Ya que vienen poco a nuestros templos, aprovechemos la ocasión. Sé que puedo resultar muy simplón, pero creo que en el bautismo se puede hablar del maravilloso regalo que nos hace Dios al convertirnos en hijos suyos y miembros de su Iglesia. En las primeras comuniones se puede apelar a la primera comunión del alejado, ya que ese suele ser un momento muy especial en la infancia de muchas personas. En las bodas se hablaría del amor entre los esposos como ejemplo del amor de Cristo por su Iglesia. En los funerales hay que intentar hacer entender al incrédulo que la muerte es la frontera que nos separa de una vida feliz e inagotable junto a Dios o de una eternidad alejados de su presencia. Nosotros no predicamos la condenación sino la salvación, pero sólo se salva el que antes está en situación de condenación y aquel que no se siente condenado difícilmente puede querer salvarse.

No quiero insistir de nuevo en el problema de la secularización interna, pero es clave acabar con ella para que nuestra Iglesia sea de nuevo eficaz en la mayor tarea que el Señor le encomendó: hacer discípulos de Cristo a todos los hombres. Si la Iglesia no es fiel al Salvador y a sí misma, podrá seguir creciendo el número de bautizados, pero disminuirá su luz en medio de las tinieblas que asolan a un mundo que necesita hoy a Dios más que nunca.

Luis Fernando Pérez Bustamante.