Testimonio de Gary Cooper

Dicen que fue el mejor actor de cine de todos los tiempos. Rodó ciento nueve películas. Ganó tres Oscar. Se convirtió al catolicismo. Su esposa y su hija eran católicas. Afirmaba que «ser católico me ha dado paz y seguridad interior». El Papa le recibió dos veces. Un día se fue a ver al médico. Algo en su organismo no andaba bien. Quiso saber «toda la verdad ». Afrontó el dictamen sobre su cáncer con la serenidad de los héroes que interpretó en la pantalla. Ahora el drama era real. Dijo: «Voy a morir pronto. Pero quiero morir bien, como creo que he vivido». Gary diría: «Todo lo que me está pasando... lo acepto. Hágase su voluntad». En su última salida a la calle, una muchacha le pidió un autógrafo. Gary Cooper echó mano a la pluma. La muchacha pidió si tenía una foto. El «astro», complaciente, sacó una y escribió: «A Susana, el último autógrafo de Gary Cooper». Y tras aquel autógrafo se encerró en su casa. Así decía adiós a todo, sin amargura, sin pena; un adiós sereno y tranquilo como correspondía a un hombre de fe y de esperanza. Gary Cooper quiso morir a solas, como los héroes de leyenda. Estuvieron siempre a su lado su esposa y su hija. Le rodearon de amor y de ternura. Sobrellevó la enfermedad con una entereza de la mejor estirpe cristiana. Se fue consumiendo poco a poco... A los sesenta años, le llegó la hora rutilante en que sólo valen la fe, la bondad, el amor, las buenas obras... Para las antologías del cine había muerto el hombre bueno por excelencia. Para Gary Cooper se había hecho la luz y la felicidad eterna.

(Publicado en el periódico LA RAZÓN el 12 de octubre de 2005).