Centrarnos en Dios

En nuestro caminar espiritual hay distintos signos de inmadurez que lo que hacen es alejarnos del camino del Señor, no acercanos a Él. Veamos algunas señales de nuestra inmadurez espiritual:

Nuestra autosuficiencia:
Oramos, entramos en el camino del silencio, de la soledad... Creemos que todo es cuestión nuestra, que se trata solamente de poner en práctica métodos, o dedicar tiempo al silencio. Hacemos cosas como: tratamos de motivarnos, lecturas espirituales que nos hagan reflexionar, leemos la Palabra de Dios... sin embargo parece que nuestro crecimiento espiritual no avanza, que no cambia, que estamos estancados...
Eso pasa cuando no nos damos cuenta de que todo viene de Él, que lo da cuando quiere y como quiere.

Nos llegan por fuera “golpes” que nos purifican en el egoísmo, el orgullo, la vanidad, autosuficiencia, etc. Por dentro nos llegan situaciones en la cuales Dios va imponiendo su ritmo (aridez, desierto, falta de consuelo, desinterés) y nos desalentamos, y nos dan ganas de abandonar todo. Cuando nosotros no somos los protagonistas, cuando es Dios quien toma el rumbo de nuestra vida, a veces, no estamos muy conformes.

Pero tiene que llegar el momento en el cual Dios es el que pone su guión y nosotros los que obedecemos mansamente, humildemente. No entendemos, pero sabemos que el Espíritu está obrando.

Abrirnos cada día al Espíritu es no creer que ya lo sabemos todo; sino que nos falta mucho por conocer, por experimentar, por vivir. Jesús alaba al Padre que revela sus secretos a los sencillos de corazón y a los sabios se las ocultó: Mt 11,25. Es ser pobre no sólo de palabras, sino en la vida. Cuando en realidad nuestro único tesoro es Jesús, y sabemos que nada nos puede apartar de su amor: hambre, enfermedad, peligro, espada, muerte... (Rm 8,35) aunque todas esas cosas y más van dándose en nuestra vida.

Es ir aceptando nuestras pobrezas de cada día, nuestras distracciones, las cosas que nos molestan de las demás personas, nuestras limitaciones, no comprender muchas cosas, tener que guardarlas en el corazón como hizo la Virgen María para ver si en otro momento Dios se hace luz en ellas (Lc 2,19).

Dios no nos pide que seamos como los ricos que dan cantidades grandes (de lo que les sobra, dice Jesús), sino como la viuda pobre que dio dos céntimos pero era todo lo que tenía para subsistir, por eso es la que más dio (Mc 12, 43-44).

No creer que con nuestras propias fuerzas vamos a ser santos, perfectos; que todo es cuestión del esfuerzo que pongamos, de la intensidad en nuestro obrar. Porque es Dios quien nos hace santos; solamente espera que nosotros entreguemos el máximo de nuestro esfuerzo y esperemos.

A Dios sólo le gana la humildad; lo vemos siempre en el Evangelio.
Podremos vivir la oración plenamente cuando nos “descentremos”, es decir, cuando el centro de mi vida no sea yo, mis actividades, mis cosas, mis gustos, lo mío, sino Jesús. Cuando Él sea quien atraiga mi interés. Como la persona enamorada que se preocupa de quien ama. Y si la oración es cuestión de amar, entonces ahí es donde nos debemos centrar. Y en este caso buscar lo que el otro desea, lo que el otro quiere y no tanto lo que yo quiero.