Hace unos años estuvo de huésped en Poblet un joven con quien esntablé una cierta amistad. No era católico pero lo había sido de niño, pues su familia le educó en esta fe. Este muchacho, que regresaba entonces de un largo viaje de lugares lejanos como China e India, se sentía —según me dijo— más cerca de las religiones orientales que del cristianismo en el que había sido formado. Comprendí su fascinación por Oriente, que no carece de luz divina ni de encanto extético, pero le recordé el deslumbramiento cegador que puede despertar todo lo exótico.

En este sentido, le dije que, para mí, los creyentes de otras religiones merecen muchísimo respeto, pero que si él estaba reflexionando para tomar quizás una decisión en el futuro, él sólo podría pensar que realmente conocía alguna de aquellas religiones si se comprometía efectivamente con ella y la practicaba durante un cierto tiempo, cumpliendo las obligaciones agradables y desagradables que aquella religión comportaba, ya que él se había limitado solamente hasta entonces a algo semejante a lo que hace quien está delante de un televisor y va haciendo «zapping» sin detenerse un rato en ninguno de los programas para saber qué es lo que realmente están haciendo.

Por otra parte, su actitud era -también le dije- parecía a la del hombre casado que contemplando a una mujer interesante pero desconocida pensara que con ella sería más feliz que con la suya, cuando es sabido que lo cotidiano, por sublime que sea, se nos desgasta y devalúa y que, por lo tanto, nada podía decidir sobre aquella persona si sólo la miraba, ya que además es solamente a la somera felicidad cotidiana a la que podemos aspirar. Recordé también a este joven lo que dicen los ingleses: “el césped parece más verde y mejor si se mira a través de la verja de un jardín ajeno.”

En la conversación con mi joven amigo añadí que hay que rechazar el racismo pero que, si convivir íntimamente con una persona de nuestra formación ya es harto difícil, cómo deber ser de difícil el convivir con una persona procedente de otra tradición completamente diferente, sedimentada de siglos.

Me parece que mi reflexión, improvisada, y que aquí resumo, fue bastante correcta. La presento como mi punto de vista con problemas paralelos o parecidos, de contactos superficiales con otras religiones.

Se podrían -y aún deberían- añadir aquí muchas más consideraciones, aparte de que lo dicho tendría que puntualizarse y matizarse. Pero no hay espacio ni es prudente tratar de agotar este tema: ya dijo el gran crítico dieciochesco de la revolución francesa Edmund Burke que, quien trata de agotar un tema, a quien agota finalmente es al lector.

(Agustí Altisent. en La Vanguardia. 19.4.2001).