El Señor no ama todo lo que amamos,
ni nosotros amamos todo lo que Dios ama.
Cuando creamos el mal,
no achaquemos a castigo de Dios
el sufrir las consecuencias
Dios sufre que hagamos el mal...
y sufre lo que el mal nos hace sufrir a nosotros.
No todo el mal que hacemos
puede reducirse a guerras, a bombas.
Mucho antes de hacer el mal a otros,
el hombre ha cultivado el mal en su corazón.
El mal es contagioso, y desde aquel a quien se hace,
el mismo mal se revuelve contra quien lo hace.
Es su manera de arraigar en el corazón de quien lo recibe.
Ni hacer el mal ni devolverlo;
lo uno y lo otro tienen el mismo efecto:
echar raíces en el corazón de ambos.
Ya tenemos ahora dos fuentes de mal...
El amor de Dios es el único que puede romper
ese efecto multiplicador, esa metástasis del mal.
Lástima que nos cueste dejar
que ese amor arraigue en nosotros.
Si respondiésemos al amor de Dios
como al desamor de los hombres,
no podemos llegar a hacernos idea
de cómo en un tiempo cortísimo,
cambiarían el hombre y el mundo.
A eso vino Jesucristo, por eso murió,
por eso resucitó...
Ser Cristiano es dejarse contagiar por Jesucristo.

Felipe Santos, SDB
2009