VACÍO

Al atardecer de un día de fiesta, sentimos un vacío terrible, el asco de nuestra finitud y vulgaridad.
Hemos apurado la fruta hasta el hueso, y ahora estamos tristes. Nos hemos cansado de disimular que, en lo profundo, queremos algo más, algo más íntimo. La felicidad es como la niebla, que apenas la tocamos se desvanece...
Cuando algo se acaba, sentimos su ausencia, sobre todo si era alegría o felicidad. Señor trascendente, te damos gracias por este vacío; gracias, porque nuestro ser no puede saciarse con ninguna alegría terrena. El placer es sólo un aperitivo dado a un hambriento, exacerba un hambre que nada podrá saciar. Gracias, porque nos diste una vasija tan grande que sólo se puede colmar con tu presencia.
Al atardecer nos dices que los bienes terrenos tienen solamente la finalidad de mantener nuestro espíritu atento para las cosas que no pueden morir.
Déjanos siempre abierta esta herida metafísica; tú nos hablas en el desengaño. Este vacío ¡cómo se parece a tu presencia! Nos dice que el espíritu no puede hallar su dios en la materia. Nos has hecho para ser comensales de tu intimidad.
Pero, no queremos ser misticoides amargados, eunucos de la vida. Amamos la tierra y sus valores; su cuerpo transparente nos lleva a la trascendencia. Creemos en la amistad, el sufrimiento, la belleza, la persona... Señor de la alegría, te agradecemos esta tristeza existencial que nos libra de la seducción de lo caduco, y nos deja seguir buscando la felicidad...

Luis Espinal, sj.
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