SOLEDAD

Todo hombre está siempre solo: con su „yo“ impenetrable, su responsabilidad, su misterio, su amor, su predestinación…
Recordamos la soledad del huérfano y la soledad del anciano, hambrientos de personas queridas.
La soledad del delito, la soledad del sufrimiento, y de la tumba.
La soledad del Altiplano, la soledad de la pampa, del corazón de la mina, y la soledad del mar…
Señor Jesús, enséñanos a vivir nuestra soledad; todo hombre es un solitario.
Nos pesa la vida, con esta gravitación constante hacia lo infinito, insatisfecha por ahora. Por esto te mendigamos misericordia para los suicidas y desesperados.
Tú sabes, Señor, la fascinación que ejerce sobre nosotros el pecado. Equivocadamente buscamos en él el espejismo del absoluto: realizarnos, saciar nuestro amor en este abismo de noche.
Te pedimos por la soledad de los encarcelados; por los pastores altiplánicos; por los vigilantes nocturnos.
Jesús de Betania y de Caná, enséñanos a encontrar y vivir la amistad y el amor. Te pedimos por aquellos que aún no han descubierto estos tesoros.
Que cuando nos sintamos solos, recordemos la soledad humana de tu Encarnación y tu agonía. Te ofrecemos nuestra soledad, para que sea redentora unida a la tuya, para que se complete lo que falta a tu Pasión.
No permitas que nos cerremos en nuestra soledad; ábrenos para salir al encuentro de la soledad de los otros. Que no se nos eclipse la esperanza de la comunión eterna Contigo. Ven, Señor Jesús.

Luis Espinal, sj.
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