SINCERIDAD

Somos insinceros. Por miedo a la verdad, controlamos los medios de información; procuramos desconocer la miseria; gritamos ante quienes no piensan como nosotros, para no escucharles.
Nos asfixia la insinceridad. La de la hipocresía; la de la adulación; la de la apologética; y la de la demagogia.
¿Qué sentido tiene este miedo de los „buenos“ ante la verdad?
En el fondo, no creemos que la verdad nos hará libres.
Jesucristo, nos da miedo la verdad, para serte sinceros. La verdad nos pone en carne viva; delata nuestra cobardía; descubre nuestras tergiversaciones; y nos obliga a actuar.
Danos fuerza para aceptar la verdad, la que vuelve a sus justas proporciones nuestras hinchadas apariencias.
Danos el coraje de aceptar la verdad, aunque la diga un enemigo, aunque la diga un subordinado.
Enséñanos, Señor, a creer en la fuerza de la verdad, para que no la tengamos que proteger con nuestras reticencias, y nuestras mentiritas.
Quisiéramos tener la sinceridad de la sencillez; de no aparentar lo que no somos. De seguir profesando lo que pensamos, aunque llegue la noche, y aunque cambie el gobierno.
La sinceridad es diálogo; la sinceridad tolera también la sinceridad ajena. Concédenos la sinceridad de admitir que nos podamos equivocar, y de que a veces nos equivocamos.
Si tenemos la verdad, no podemos camuflarla, no podemos ocultarla por miedo a la contradicción. Sabemos que la verdad triunfará.
Te pedimos, Señor, que cada día aumente nuestra verdad, escuchando todas las pequeñas verdades de los „otros“.

Luis Espinal, sj.
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