SILENCIO DE DIOS

El mundo casi es coherente sin Dios. Y Dios permanece en silencio, y no se defiende cuando le insultan, ni suelta sus rayos cuando le niegan.
Todo está en silencio; pero es un mutismo hostil. Y si queremos orar, nuestra oración es sin diálogo; es el alarido del viento en una casa en ruinas.
Pero Dios escucha nuestra angustia, aunque parezca estar lejos…
Señor del silencio, te ofrecemos la soledad; nuestra soledad absoluta, pues aún Tú estás ausente. No tenemos nada más íntimo ni más nuestro. Te ofrecemos nuestra finitud, las raíces de nuestro ser; te ofrecemos la angustia de ser hombres.
No nos dejes aceptar la desesperación, aunque el interior se nos endurezca como la piedra, y sintamos el hálito de la reprobación.
Señor que te cuidas de los lirios del campo y de los cuervos, ¿por qué parece que te preocupes tan poco por los que sufren?
No nos dejes perder la confianza; no nos dejes caer en la morbosidad de la ruptura estridente, para cebarnos en la fosforescencia de la muerte.
Nuestra vida nos parece carente de sentido; como la tuya sobre la cruz. Pero Tú lo habrás llenado de dones para los demás. Si pudiésemos saber a dónde nos llevas…
A pesar de la noche, haz que nunca digamos „Basta“, aunque no podamos más; porque Tú empiezas a actuar precisamente en nuestra derrota.
A veces tu mano no parece amiga. Pero aceptamos que nos trates así. Lo aceptamos todo, aunque sin sentirlo. Sólo esta aceptación total nos puede librar de la desesperación. Aceptando, expresamos un supremo conato de amor y de fe.

Luis Espinal, sj.
© Cristianisme i Justícia