NO ACOSTUMBRARSE

Tenemos el vicio de acostumbrarnos a todo. Ya no nos indignan las villas miseria; ni la esclavitud de los siringueros; no es noticia el „apartheid“, ni los millones de muertos de hambre, cada año.
Nos acostumbramos, limamos las aristas de la realidad, para que no nos hiera, y la tragamos tranquilamente.
Nos desintegramos. No es sólo el tiempo el que se nos va, es la misma cualidad de las cosas la que se herrumbra. Lo más explosivo se hace rutina y conformismo; la contradicción de la cruz es ya sólo el adorno sobre escote mundano, o la guerrera de un Hitler.
Señor tenemos la costumbre de acostumbrarnos a todo; aún lo más hiriente se nos oxida. Quisiéramos ver siempre las cosas por primera vez; quisiéramos una sensibilidad no cauterizada, para maravillarnos y sublevarnos.
Haznos superar la enfermedad del tradicionalismo, es decir, la manía de embutir lo nuevo en paradigmas viejos. Líbranos del miedo a lo desconocido.
El mundo no puede ir adelante, a pesar de tus hijos; sino gracias a ellos. Empujemos.
Jesucristo, danos una espiritualidad de iniciativa, de riesgo, que necesite revisión y neologismos.
No queremos ver las cosas sólo desde dentro; necesitamos tener algún amigo hereje o comunista. Para ser disconforme como Tú, que fuiste crucificado por los conservadores del orden y la rutina.
Enséñanos a recordar que Tú, Jesucristo, siempre has roto las coordenadas de lo previsible.
Y sobre todo, que no nos acostumbremos a ver injusticias, sin que se nos encienda la ira, y la actuación.

Luis Espinal, sj.
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