MISTERIO DE LA PERSONA

La monotonía externa de las personas nos engaña; no sabemos cuánta bondad se consume debajo de las cenizas. Cada persona lleva sus heridas, su sensibilidad inexpresada, el vértigo de su soledad.
Hay lágrimas detrás de muchos ojos al parecer risueños. Aún la persona más vulgar o despreciable encierra su misterio; si lo descubriésemos la llegaríamos a amar.
Vemos a estas personas que pasan a nuestro lado, por la calle, ¿qué sentimientos se esconden detrás de su maquillaje o su urbanidad? Entre ellos está el héroe, el suicida, el traidor; pero ¡quién lo iba a pensar! Cuando lo sepamos será ya demasiado tarde...
Has dejado, Señor, una huella infinita en nosotros; danos una actitud religiosa ante el misterio de las personas.
Haznos delicados para no profanar el misterio humano. No queremos encerrar la persona en un concepto o en una fórmula. Enséñanos a desconfiar de nuestra primera impresión, recordando que la realidad es más grande que nuestra inteligencia.
Danos un amor que nos permita acercarnos sin tristeza, a la barrera infranqueable del „tú“ del prójimo. Ayúdanos a superar el conocimiento y la posesión (que es egoísmo), para llegar a la comprensión y la entrega (que es amor).
Haznos el milagro, Señor, de que el egoísmo no se nos disfrace de amor. Y danos la alegría del amor verdadero que se apoya en la fe a la persona.
Quisiéramos saber darnos en la oscuridad, creyendo que Tú tienes mil manos humanas extendidas, pidiendo amor. Que demos aún sin ver los ojos del que recibe, aún sin sentir el calor de su mano.
Danos la sobriedad de contentarnos con las migajas de intimidad que cada uno quisiera ofrecernos. Y enséñanos a darnos antes de que nos lo pidan.

Luis Espinal, sj.
© Cristianisme i Justícia