MADRE DE CRISTO

Estamos solos frente a la vida, frente a este amor que cada uno ansía frenéticamente. Solos, en la elección, en la responsabilidad incompartible. Cada uno debe vivir su vida inédita, y su muerte absolutamente personal.
El mundo se ha hecho cada vez más grande, sin crecer nosotros en la misma proporción. Nos hemos jactado de ser adultos; como si ya no necesitásemos de la Madre de Cristo; como si a fuerza de edad y madurez pudiésemos dejar de ser sus hijos…
Señora, queremos hablarte con una sinceridad total. Hemos hecho mal al querer emanciparnos. Ahora, nos sentimos solos, abatidos por ráfagas de limitación y rutina.
Estamos en descampado, buscando un horizonte feliz, con ojos inexpertos. Gritamos y nos reafirmamos entre los amigos; pero, en el hondo, permanecemos solos.
La libertad pesa más que nosotros, y nos angustia el futuro, y la responsabilidad nos rebasa. Ahora, en el desamparo hemos hallado un sitio para Ti. Hemos ido lo bastante lejos para tener nostalgia de la Madre.
Madre, quítanos la anestesia de la superficialidad, para sentirnos rotos y en carne viva. Que aflora a la piel toda la angustia reprimida, para lanzarnos ávidamente hacia Ti.
Que más allá de todo ruido, oigamos el grito del espíritu; que por encima de la batería y el claxon, nos lleguen los alaridos del mundo que sufre. Queremos sentirnos desamparados, y hermanos de los encarcelados, suicidas y mendigos, para ser salvados por tu Hijo que vino a salvar a los oprimidos.

Luis Espinal, sj.
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