INTIMIDAD

Nos sobrecoge un paisaje, nos alucina el misterio de la vida submarina; pero ver un alma… es cegador.
La intimidad es la transparencia del amor. Tal vez, es el único lenguaje plenamente comunicativo. En la intimidad se roza lo absoluto.
La intimidad permite el diálogo sin palabras. En ella, se rompe la barrera entre exterior e interior, entre tuyo y mío…
Gracias, Señor, por este don tan frágil de la intimidad. La intimidad nos alcanza la comunicación plena, la comunión. Rompe un poco la epidermis del „yo“, y podemos convivir.
Bajo el resplandor del „tú“ que se comunica, se desmorona el egoísmo; llega la trascendencia, y comenzamos a verte a Ti, Señor. Lo que sería trivial si fuese nuestro, se transfigura y se vuelve apertura cósmica, cuando Tú nos lo das en la intimidad humana.
Señor, enséñanos a respetar la intimidad, este gran sacramento de tu presencia. Esta teofanía sencilla y afelpada, como un musgo, pero capaz de hacernos reverdecer el alma.
Jesucristo, te agradecemos que nos hayas hecho hallar personas tan ricas de intimidad. Pero, líbranos de profanarlas lo más mínimo.
La intimidad es el último reducto de la libertad, el núcleo central de la persona. Por eso, danos comprensión para intuir el misterio de cada persona. Para no intentar convertirla en una fórmula exacta. Enséñanos a no juzgar a nadie, al menos con este juicio radical e inapelable.
Danos una postura delicada ante las personas queridas. Las aceptamos totalmente, como son, con sus virtudes, defectos y misterio. En ellas respetamos este inmenso misterio de tu trascendencia.

Luis Espinal, sj.
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