CRISIS

La vida es una serie de crisis: de crecimiento, de acomodación y de ruptura.
Por esto nos agobia, a veces, la angustia ante el dolor, la muerte y la soledad.
Sufrimos la injusticia, y nuestros buenos deseos son estériles como el riachuelo tragado por el desierto.
Y entonces, aun el cielo parece de plomo, donde rebota nuestra oración...
Señor de la noche y el vacío, quisiéramos saber mullirnos en tu regazo impalpable, confiadamente, con seguridad de niños.
La angustia nos persigue como un rumor sordo, como el pulso de la propia existencia. Esforzándonos mucho, llegamos a disimular y sonreír. Pero la vida se ha hecho insoportable.
¿Por qué te alejas, Señor, y nos abandonas en las horas de angustia? ¿Por qué nos cargas la mano? ¿Quieres doblegarnos ante Tí?
Aquí nos tienes, con el alma cansada, tendida la mano como mendigos.
¿A dónde nos llevas por estos caminos de absurdo? Movemos los pies sobre un desierto sin horizonte.
Vivifica la palabra que nos has enseñado: „Aunque camine por un valle tenebroso no temeré, porque Tú estás conmigo“. Robustece nuestra fe, aunque siga siendo oscura.
Sabemos que trabajas sobre nuestro ser, aunque dejes huérfana la sensibilidad. Sabemos que jamás nos tientas por encima de nuestras fuerzas, ya que nos amas; pero tu amor nos parece incomprensiblemente enjuto.
A pesar de todo, aunque nos mates, no queremos dejar de confiar en Tí.

Luis Espinal, sj.
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