CERRAZÓN ANTE DIOS

Jesucristo, haznos más sensibles a tu llamada, más permeables a la gracia; sería terrible estar cerrados a Ti.
Pero ¿podemos permanecerte cerrados? Tú eres más íntimo que nuestra intimidad.
Toda nuestra vida está empapada de gracia, en la misma medida en que está llena de mezquindad.
Sería soberbia creernos excesivamente malos, excesivamente hostiles. Toda esta constelación de cosas buenas que hay en nosotros ¿no es acaso tu presencia? No es nuestra bondad.
Somos vulgares y raquíticos; esto es lo que tenemos de los hijos pródigos (Lc. 15, 11-31); pero aceptamos ser así, tan harapientos. Tu fuerza triunfará en nuestra flojera (2 Cor. 12,9).
Y ahora, ábrenos al amor; nuestro amor, aunque sea manchado, es tu epifanía en nosotros. Quien ama no puede estar lejos de Ti, Dios-Amor; y nosotros tenemos, al menos, deseos de amar.
Nos sentimos cerrados ante Tí porque vivimos en fe; pero creemos que eres más potente para abrir, que nosotros para cerrar. Tú mismo nos dices que eres mayor que nuestro corazón (1 Jn. 3,20).
Sentirnos condenados es ya una gran abertura ante Tí. Lo contrario, confiar en nuestra bondad, sería negar la Gracia y volver al fariseísmo de la Ley (Rom. 3,20).

Luis Espinal, sj.
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