PARA CREER EN TI, OH DIOS

1.- Una vez un hombre cayó por un acantilado y consiguió agarrarse a la raíz de un árbol que crecía en un saliente de la roca y permaneció allí colgado para salvar su vida. Se puso a rezar y entonces oyó la voz de Dios preguntándole: "¿Crees realmente en mí?" "Sí, creo", respondió el pobre hombre cuya vida pendía de un hilo. "¿Confías en mí?", preguntó la voz de Dios. "¡Sí,sí!", contestó el hombre. Y la voz de Dios repuso: "Entonces, yo me ocuparé de salvarte. Ahora, haz lo que te digo... ¡Suéltate!"
La fe es una renuncia a todas las certezas y todos los cálculos humanos a los que nos aferramos en nuestra vida mientras Dios susurra en nuestra mente y en nuestro corazón:
"¡Suéltate!"

2.- Cuando era joven y apasionado, le dije en cierta ocasión a un hombre mayor y más sabio que yo que pensaba emplear toda mi vida y mis energías en amar a los demás. Él me preguntó amablemente si pensaba amarme a mí mismo con igual determinación. Le contesté que amar a los demás no me dejaría tiempo para amarme a mí mismo; y aquello sonaba a muy santo. Pero mi amigo, mayor y más sabio que yo, me miró fija y pensativamente y, finalmente, me dijo: "Estás embarcado en una carrera suicida". Mi fácil respuesta fue: "¡Qué hermosa manera de morir!", ¿no le parece?" Pero, naturalmente él tenía razón. Ahora sé que lo que él ya sabía entonces: que al amor verdadero a los demás tiene como premisa el amor verdadero a uno mismo.
Cuando se nos pide "amar al prójimo como a nosotros mismos", lo que se nos está diciendo es que cualquier cosa que hagamos por nuestro prójimo estemos dispuestos a hacerla también y sobre todo por nosotros mismos. En otras palabras, es un acuerdo que lo incluye todo. Son dos personas a las que tienes que amar: tú y tu prójimo. No puedes amar a uno realmente sin amar al otro.

3.- A pesar de lo reacios que somos a decir a otros quiénes somos , todos y cada uno de nosotros estamos habitados por un profundo e intenso deseo de ser comprendidos. Todos tenemos muy claro que deseamos ardientemente ser amados; pero, cuando no somos comprendidos por aquellos cuyo amor necesitamos y deseamos, cualquier clase de comunicación profunda se convierte para nosotros en algo inquietante e incómodo, algo que ni nos ensancha el corazón ni nos anima. Es evidente que nadie puede realmente amarnos de verdad si no nos comprende verdaderamente. En cambio, quien se siente comprendido, ciertamente se sentirá amado.

4.- El amor puede ser la solución de nuestros problemas, pero debemos enfrentarnos al hecho de que, para ser amados, debemos hacernos amables. Cuando orientamos nuestras vidas hacia la satisfacción de nuestras propias necesidades y cuando salimos a buscar el amor que necesitamos, somos sin duda egoístas, por mucho que los demás intenten suavizar sus juicios sobre nosotros. No nos hacemos amables, aunque sí merezcamos compasión. Nos centramos en nosotros mismos, lo que hace que nuestra capacidad de amar se quede atrofiada, y seguimos siendo unos niños perpetuos.
Sin embargo, si lo que pretendemos no es ganar directamente el amor, sino darlo, nos haremos amables y, sin duda, a cambio seremos amados. Ésta es la ley inmutable bajo la que vivimos: la preocupación por uno mismo y el centrarse en sí mismo sólo puede aislar y provocar una soledad incluso más profunda y tortuosa. Es un círculo vicioso y terrible que nos atrapa cuando la soledad, al pretender ser mitigada por el amor a los demás, se limita a aumentar.

5.- ¿Cómo nos habla Dios? Fundamentalmente de cinco maneras: a través de nuestra mente, a través de nuestra voluntad, a través de mis emociones, a través de mi imaginación, a través de mi memoria.