ANILLOS DE CASADOS

Su utilización aparece ya en el Egipto dinástico, y las romanas acostumbraban a entregar a su novio un annulus sponsalitius de hierro, que en el siglo II pasa a ser de oro. Por ser éste el metal más duradero, se suponía que aseguraba una unión permanente.
A partir del siglo V esta costumbre se generalizó entre los pueblos germánicos, pasando a ser legislado su uso entre los visigodos y lombardos. Hacia el siglo IX, se había extendido por toda la Cristiandad como símbolo de alianza, de asociación de destinos fiel y libremente aceptada.
Simbólicamente, el anillo significa un vínculo eterno, al tiempo que aísla del mundo exterior. Por ello, el intercambio de alianzas entre los novios sella su unión e indica que cada uno se convierte simultáneamente en amo y siervo del otro.
Antiguamente se colocaba en el tercer dedo de la mano izquierda, ya que -al creérsele unido directamente al corazón por una vena especial- se le consideraba el dedo más adecuado como portador de un símbolo de amor. Supersticiosamente la ruptura del anillo se tomaba por un nefasto presagio, al igual que el hecho de que durante la ceremonia se caiga o lo coja otra persona distinta al oficiante de la boda. Si la esposa perdía su anillo en algún momento de su vida, el marido debía comprar otro inmediatamente y reponerlo para eludir la mala suerte.