Para mí, existen varias posturas ante el dolor que sufre la humanidad. La primera es de rebeldía y angustia que me lleva a una situación nerviosa, que es la más común, por el desconcierto que significa aceptar las desgracias ajenas. La segunda, el derrumbamiento que me proporciona una gran amargura, contemplando ese monstruo al cual no se puede vencer, llamado huracán, con su enorme poder destructor y con elevadísimas olas que inundan todo por donde pasan, arrasando hasta las propias vidas humanas. Y la tercera es la que sostienen algunas personas cristianas, que posiblemente sean más positivas ante el dolor e intentan no derrumbarse ni resignarse, sino que se entregan a los deseos de Dios y a la fuerza de su Amor.Con toda sinceridad, la aptitud de estos hermanos, es envidiable. Tienen todo mi respeto, pues efectivamente la fe ve lo invisible, cree lo increíble y recibe lo imposible, sabiendo que la viña del Señor proporciona racimos dulces y amargos.

Todo esto es totalmente cierto, pero he de confesar que ante un hecho como los recientes huracanes que han sufrido nuestros hermanos en el Caribe y en Haití, con olas devastadoras de más de siete metros de altura y con una velocidad del viento de 261 kilómetros por hora, que ha destruido hogares a más de un millón de personas angustiadas por haber perdido las más humildes de las pertenencias y que ahora caminan hacia un mundo desconocido.

Esas gentes con sueños sencillos apenas sin ambiciones, que vivían lejos, muy lejos de las comodidades de las que disfrutamos en otros países, pero que también, como nosotros, son hijos del mismo Dios, y ahora han iniciado un viaje a ninguna parte, sin alimentos, sin medicinas, sin agua potable y llevando sobre sus espaldas, el peso de la tristeza y de la desesperación, acostumbrados a ser testigos de sus tristes calamidades, sin ver más allá que agua y barro a su alrededor y que se ha cobrado la vida de más de quinientos integrantes de sus familias.

Uno, ante una tragedia como ésta y sin posibilidades materiales ni humanas posibles para ayudar a todos esos damnificados, solo se le ocurre, convocar a toda la comunidad cristiana mundial, para enviar un mensaje urgente al Dios de Jesús, suplicando su Divina Bendición para todos ellos y rogando acoja en su Reino a las víctimas por toda la Eternidad. Así las cosas, por lo pronto solo me queda tras iniciar este mensaje, rezar una oración por sus almas limpias, puras y sinceras y elevar la vista al cielo y gritar con esperanza que Dios les fortaleza su fe y que los fallecidos descansen en paz.

José Guillermo García Olivas