EL PASADO DÍA DE LA MADRE

Domingo Iturriaga, es un vecino del barrio, al que conozco hace tempo. Jubilado desde hace varios años, todavía conserva el aspecto de un hombre joven y aparte de algunos sustos que le proporciona su tensión arterial, goza de buena salud. Guarda su coche en el mismo garaje que yo guardo el mío. Sin embargo hasta hace poco, solo nos conocíamos de vista, de vernos por el barrio o en el garaje cuando íbamos a tomar nuestros respectivos coches. Un saludo de cortesía y nada más. A veces, coincidíamos por las mañanas en la cafetería tomando café y de esta manera poco a poco, fuimos entablando amistad.

Con frecuencia y siempre que mis obligaciones de esposo y abuelo me lo permiten, me agrada acercarme a la cafetería, para charlar un rato con Domingo, hombre extremadamente educado y culto. Hablamos de muchas cosas. Me cuenta lo que hace y lo que no le es posible hacer, por diversas circunstancias. Los agradables de viajes que realiza con su esposa frecuentemente y que les encanta. Sus buenos y malos ratos pasados en su antiguo trabajo de profesor de Universidad. Y de tantos otros temas que entre dos amigos se pueden contar y que resultan interesantes y bellos.

Y este día, hablamos sobre el pasado domingo en que por determinadas circunstancias se había dedicado a la madre.
Mi amigo Domingo, no era partidario de darle excesiva importancia a la celebración de esos días, que como bien sabemos, fueron instituidos por esa sociedad de consumo, que nos va devorando poco a poco, entre sus “garras” y que solo persigue fines netamente lucrativos.

Sin embargo, reconocíamos que la celebración del día de la madre, era totalmente distinto a las demás, porque también las madres, son completamente diferentes a todo lo demás. Y por éste motivo, merecedoras de una dedicación entrañable y sincera, como homenaje hacía esa persona que lo entrega todo, sin esperar nada.

Y en el caso de Domingo, de una manera muy especial, pues su madre ya hace algunos años que partió hacía ese lugar, que todos anhelamos, para que Dios nos conceda la vida eterna.
Por las noches especialmente, comentaba Domingo, la suelo recordar, antes de que el sueño anule mis pensamientos y le pido que me ayude a seguir en este mundo tan disparatado y desconcertante, por no decir cruel, ya que tengo una mujer y dos hijos que me necesitan.

En cualquier caso, convinimos, que sería hermoso en este día, recordar y dedicar toda nuestra atención, a las madres por su amor sin límites y por los continuos sacrificios y desvelos que nos han ofrecido desde el primer día de nuestra vida. Por su silencio ante nuestras injusticias, por su capacidad de espera ante nuestro olvido y por tantas y tantas cosas más que les hacen merecedoras de todo nuestro cariño.
Y así las cosas, deberíamos felicitar, a todas esas madres que un día partieron hacia el Reino y que sin duda nos esperan. A las que consumen sus últimos días, abandonadas en residencias o viviendo en soledad en sus propios hogares. A las que han sufrido agresiones físicas o psíquicas por sus propios hijos. A las que esperan noticias de sus hijos que tal vez no llegarán y a las que padecen enfermedades y aguardan en la soledad de una habitación en cualquier hospital. Para todas ellas, tendría que haber ido nuestro homenaje y oración para recibir de la otra Madre, su protección y bendición.

Esa otra Madre que de una manera especial en este día, merece nuestro recuerdo por su ejemplo de humildad (no está presente, cuando su Hijo entra en Jerusalén entre vítores y palmas de olivo, ni a la hora de los grandes milagros, aunque colabora calladamente en silencio). Por su modelo de sencillez (pasa inadvertida en toda la vida pública de Jesús). Por ser el refugio de los pecadores, la consolación de los afligidos y el auxilio y la esperanza de todos nosotros.
Además de por su gran ternura y amor, extendiendo sus brazos para acompañar a nuestras madres terrenales, evitando los mil peligros que les acechan cada día.
Por todo ello, terminando nuestra taza de café al tiempo de nuestra conversación, llegamos a la conclusión de que el día de la madre, había sido un acierto el que existiera como día importante e incluso necesario, en el calendario. Vivir para ver.

José Guillermo García Olivas