Sin duda esta ha sido una de las mayores catástrofes aéreas de la historia de España, de la que se ha hecho eco la prensa mundial. La hemos vivido desgraciadamente en Madrid, éste 20 de agosto, cuando un avión de Spanair despegaba del Aeropuerto de Barajas y apenas levantado el vuelo se desmoronaba hacia la tierra partiéndose en dos mitades e incendiándose a continuación.El balance de víctimas ha tenido calificativo de gran tragedia. 154 viajeros han perdido la vida y 19 supervivientes han resultado con heridas tan graves que hasta hoy día, hacen temer por su vida. Dios quiera que todos éstos puedan un día alegrarse de haber vencido a la muerte, ganando la vida.

Sin embargo, uno, se llena de dolor, cuando piensa en la angustia, en los gritos desesperados y en el llanto por el horror de verse envueltos en llamas que soportarían esas 154 víctimas del avión siniestrado, al percibir la tragedia que estaban viviendo.

Y le embarga la tristeza al pensar en esos momentos de lucidez, cuando interiormente se despedían de sus familias a las que no volverían a ver, implorando por ellas a ese Dios que estando muy cerca de ellos, les recibía en su Reino.
Por todo ello y contemplando la procesión de cadáveres (muchos de ellos irreconocibles) que realizaban ese último viaje que no tiene regreso, acompañados de familiares y amigos sumidos en el mayor de los dolores y sin llegara a asumir el motivo que les había cortado la vida, uno no se atreve a consolar a quien acaba de sufrir ese gran dolor o pronunciar palabras que resulten retóricas, porque a veces no siempre resulta fácil expresar con palabras lo que profundamente siente el corazón.

Así sucede, que si he de ser sincero tengo que confesar que dentro de la crueldad de la vida, dentro de la forma de vivir doliente que sufre la humanidad, la respuesta que a veces damos a los que sufren, son como posturas impregnadas en ese derrumbamiento de amargura y rebeldía ante hechos que hemos de aceptar con las que tratamos de consolar a los que profundamente la padecen y tienen que resignarse ante la angustia que les produce su dolor.

Un dolor que aceptarán con serenidad, ante una dificultad que deben combatir para tranquilizar su espíritu, con un relajamiento interior para llegar a la conclusión esperanzada de que si ha llegado el problema a su vida, han de tratar de llevarlo con la mayor vitalidad posible entregándose en las manos de Dios, de ese Dios Todopoderoso que a la vez es Misericordioso.

Así las cosas, este humilde hermano de todas esas víctimas, desearía enviar un mensaje de solidaridad a todos los que pertenecemos a la comunidad cristiana, para unirnos a las familias dolientes y expresar nuestro amor y apoyo incondicional ante la separación física de nuestros queridos hermanos, teniendo presente que nuestra esperanza nos debe consolar sabiendo que morir es empezar a vivir según las propias palabras Jesucristo que nos dijo “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá y ninguno de los que tienen fe en Mí, morirá para siempre.Y juntos, todos unidos, enviar hasta ese Cielo situado más allá de las estrellas, nuestras mejores oraciones por esas 154 víctimas del fatal accidente suplicando a Dios perdone sus pecados y los acoja en su Reino por toda la Eternidad.

José Guillermo García Olivas