¡Cómo recordaba el bautismo de Jesús!

Felipe Rubio, es un vecino del barrio al que conozco hace tiempo. Jubilado hace varios años, todavía conserva el aspecto de un hombre joven y aparte de algunos sustos que le proporciona su tensión arterial, goza de buena salud.Guarda su coche en el mismo garaje que yo guardo el mío y aunque nos veíamos por el barrio o cuando coincidíamos para tomar nuestros respectivos coches, apenas habíamos hablado más allá del saludo de cortesía y nada más.

A veces tomábamos café en la misma cafetería y charlábamos de muchas cosas. Para mí, me resultaba agradable hablar con Felipe, hombre extremadamente educado y culto y siempre que mis obligaciones me lo permitían, me acercaba por la cafetería.

Desde hace varios años mantenemos una buena amistad incluso a nivel familiar, que nos permite pasar muy buenos ratos juntos, ahora que por estar jubilados, podemos dedicar más tiempo a nuestras familias y a fomentar las relaciones con los amigos.

Hace unos días y con motivo del nacimiento de su segundo nieto, nos invitó a mi esposa y a mí para que le acompañáramos en ese acto tan importante para su familia, como significaba recibir el sacramento del Bautismo del recién nacido

Y efectivamente era así de importante y maravilloso ese día en el cual su nieto, a través de su bautizo como medio fundamental, nacería a la vida nueva quedando perdonado por este motivo su pecado original. Y de igual modo, poder incorporarse a la Iglesia de Cristo, a la vida cristiana y a la verdadera libertad, permitiéndole al mismo tiempo, abrir la puerta que le da acceso para recibir otros Sacramentos.

Toda la liturgia del sacramento resultaba tan extraordinariamente bella, que el sentido y la gracia del mismo, aparecía claramente en los ritos de su celebración haciéndonos participar atentamente en los gestos y en las palabras del celebrante. Desde la señal de la cruz al comienzo del acto, a la bendición solemne que cerraba el sacramento.
El anuncio de la Palabra de Dios, dio paso a la liberación del pecado, mediante la unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el Obispo, enviando al nuevo bautizado los dones del Espíritu Santo e incorporándole a la Iglesia como miembro activo recibiendo la luz del mundo como nos dice Mateo (5, 14) “Vosotros sois la luz del mundo”.
Y tras ello, llegaba el rito esencial del sacramento: el Bautismo en el cual el celebrante en nombre de la Iglesia, derrama tres veces agua sobre la cabeza del bautizado acompañadas por las palabras, “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, pidiéndole a Dios descienda sobre su nuevo hijo, fortaleciéndole en el comienzo de su nueva vida cristiana.

Terminada la bella y solemne ceremonia y mientras padres y padrinos compartían con júbilo y alegría el acontecimiento vivido con familiares y amigos, uno, desea transportarse en el vehículo del recuerdo a aquel otro bautizo, celebrado hace más de dos mil años, cuando un hombre llamado Jesús saliendo de la oscuridad abandona sus trabajos en Nazaret para proclamar la Buena Nueva y busca a Juan para ser bautizado (Mt.3, 13).

Jesús quiere mezclarse con sus hermanos pecadores, que buscan el camino del perdón y mientras avanza en la fila de los que van a bautizarse, se da cuenta de que el ser bautizado por Juan (Lc. 321), marca una etapa decisiva en su vida. La iniciación de su misión pública.

Y es el Padre quien lo pone de manifiesto, cuando en el acto del bautizo abriéndose el cielo se oyó una voz que decía: “Este es mi Hijo, el Amado; éste es mi Elegido”. (M. 3, 17).

Elegido, que significaba asumir el papel divino dentro de un cuerpo humano, demostraba que su hora había llegado y que debía comenzar a anunciar el Reino de Dios. Primero con Juan Bautista, que le señaló algunos de sus discípulos (Jn.1, 35) y posteriormente con la intervención de María en las bodas de Caná (Jn 2, 1).Con la comunicación Divina que recibió aquel día, vio con claridad que al El, le correspondía ser el Salvador de su pueblo en primer lugar y posteriormente de todas las naciones.

No sé, pero me parece que estas reflexiones no han llegado a mí casualmente. Posiblemente hayan venido a mi memoria, tras asistir a la importante ceremonia de administrar el sacramento del bautismo al nieto de Felipe, que me ha recordado el de Jesús que hoy día 13 de Enero celebra la Iglesia.Con un emotivo abrazo me despido de mi amigo. Y mientras abandonamos el Templo, le comento la conversación mantenida con aquel viejo monje entregado a Dios, que me decía que el Paraíso terrenal, podría ser una narración simbólica de la Biblia que lo presentaba como un bello jardín que se cerraba con el pecado de nuestros primeros padres, pero que no cabía ninguna duda de que entre otras cosas, lo abría la inocencia de un niño que nacía en un mundo pecador, al ser bautizado.
Ojalá que todos conserváramos durante nuestra vida, la inocencia de los niños. Nada más, ni nada menos.

José Guillermo García Olivas