Cuando se habla de fundamentalismo se entiende rápidamente como un atentado contra los principios de la democracia y más en concreto contra la tolerancia.

El diccionario de la Real Academia explica el término definiéndolo como movimiento religioso y político de masas que pretende restaurar la pureza islámica mediante la aplicación estricta de la ley coránica a la vida social. Otra acepción que le atribuye está referida al ámbito religioso de interpretación literal de la Biblia, más frecuente en Norteamérica.
En su última acepción fundamentalismo es una exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida.

En nuestro mundo cultural hay que reconocer que los dos primeros tipos de fundamentalismo se dan en escasas ocasiones. Cuando a veces se utiliza es para atacar alguna institución, no para calificarla sino para descalificarla. En la realidad actual ni la pureza islámica es capaz de pretender que en España se instaure la sharia, ni tampoco que se vuelva a épocas pasadas en las que las leyes religiosas conformaban las leyes civiles.
Por otra parte, a la vista de determinados planteamientos sociales, y, estando desactivada la pretensión de instaurar un fundamentalismo de tipo religioso, me pregunto si no estamos asistiendo a la aparición de otros fundamentalismos, que podríamos llamar laicistas.

En la mente de todos están algunas situaciones que se han dado en la primera mitad del siglo XX. Los movimientos nacionalsocialistas y comunistas fueron de este tipo. Se trataron de acciones sangrientas y horrendas que, en la actualidad, están totalmente repudiadas.

¿Pueden darse en la actualidad esos otros fundamentalismos laicistas de una forma no sangrienta pero igualmente eficaz? En mi opinión, esto no puede ocurrir en su sentido completo. Hemos desarrollado una cultura de respeto y tolerancia que haría muy difícil, si no imposible, volver a estas situaciones.
Pero, en cambio, me parece que se están produciendo actitudes y comportamientos en los que se atisba unos cierto planteamientos fundamentalistas en el modo de tratar a la sociedad.
En noviembre de 2004 Leyre Pajín, declaraba que se “iba a poner en marcha una amplia campaña de pedagogía social”. El periodista que recogía la noticia comentaba que se estaba a la expectativa de conocer las medidas concretas. En mi opinión, la campaña se ha llevado a cabo, aunque no conozcamos el plan concreto de su desarrollo.
No me llama la atención que unas personas sostengan una línea de pensamiento y pretendan que se generalice ese pensamiento. Ha sido tarea de los intelectuales iluminar ideas que poco a poco se han hecho presentes en la cultura y en la sociedad.
En cambio me sorprende que algunos piensen que poseen la verdad sobre la felicidad humana, que nos digan a la sociedad que nosotros no sabemos, y que estén haciendo con nosotros “una pedagogía social”.
Entiéndase, no digo que cada cual no tenga derecho a hacer presentes sus ideas en el debate social, y a buscar intentar convencer a los demás mediante sus argumentos bien asentados. No es que me resista a que alguien intente convencerme de algo distinto de lo que pienso. Pero sí me resisto a que alguien pretenda cambiar mi forma de pensar, mediante la manipulación, que no tiene otro nombre esa “pedagogía social” con ciudadanos adultos.

Esa pretensión tiene algunas manifestaciones que querría señalar a continuación. La presión social para que se difunda un pensamiento único, acerca de la vida, la libertad, la familia, la educación… El que no piense lo que dice la doctrina oficial debería ser apartado de la comunicación con los demás. La disensión es vista como agresión, lo cual hace muy difícil cualquier debate. Cualquier intento de diálogo viene acompañado por calificaciones de las personas o de las instituciones con la pretensión de descalificarlos. El lenguaje se utiliza como medio para cambiar el pensamiento porque se le fuerza a decir algo cuyo significado es distinto de lo que antes expresaba.

Ciertamente esta situación no es generalizada, ni se da en unos sí y en otros no. Pero con demasiada frecuencia se puede detectar su mal olor en las declaraciones de algunos líderes sociales.
Lo más característico es que encima se defiende que se trata de hacer el bien, a los que no serían capaces de conseguirlo por su cuenta. Dejémonos de pedagogías sociales, y fomentemos el dar razones y escucharlas, y no movernos como iluminados salvadores de la sociedad.

(c)2008 Francisco José Ramiro García