GPS ético
"Es un fiasco que nos pueda ocurrir como en Matrix, donde los personajes se alimentaban de comida virtual, porque ellos acababan siendo seres virtuales"

Aunque en las islas suele ser menos necesario, es frecuente encontrarse en muchos coches con el consabido GPS que te conduce a donde quieres ir, mediante instrucciones que te va dando en voz alta. Parece que ya no son necesarios los mapas, y mucho menos saber por dónde vas, tan sólo hay que seguir las instrucciones. El sistema es bastante sencillo, aunque puede producir en uno cierta sensación de que es un inútil. Pasa como con las calculadoras, que uno puede olvidarse hasta de sumar, y pensar que 2+2 es igual a 4 porque lo dice la maquinita, pero que si dijera que son 7 también valdría el resultado.

Antiguamente, los que querían confundir a los viajeros, lo que hacían era cambiar los letreros donde vienen indicadas las direcciones. Ahora todo es más sencillo, basta controlar los satélites, para convencernos de que vamos en la dirección adecuada, aunque en realidad vayamos en la contraria. Es más, se podría tener a los viajeros haciendo círculos, sin que ellos fuesen conscientes de lo falso de su recorrido, con tal de que se les convenciese de atenerse siempre a las instrucciones, porque fuera de ellas está el vacío.

Los instrumentos suelen ser útiles siempre que no nos hagan perder el contacto con la realidad. Es un fiasco que nos pudiera ocurrir como en Matrix, donde los personajes se alimentaban de comida virtual, porque en definitiva también ellos acababan siendo seres virtuales.

Todo esto viene a cuento porque a veces parece que volvemos a la época de Sócrates. Rodeado de cínicos que enseñaban las más articuladas teorías éticas a sus conciudadanos, y que, con tal de tener más poder y riquezas, eran capaces de defender una enseñanza y su contraria, nuestro filósofo se dedicó a ayudar a las personas a encontrar su propio camino para descubrir el bien y el mal. Su corazón y su razón eran quienes debían parían las verdades necesarias para su existencia.

También ahora todos necesitamos, para llevar una vida en paz, responder a dos preguntas básicas: ¿dónde está la verdad y el error?, y ¿cuál el camino del bien y el del mal? Sin responder a ellas, la vida resultante sumamente frustrante.

En esta tarea de discernimiento la sociedad, primero a través de la familia y después mediante la cultura, nos había ofrecido su GPS para encontrar el camino. Se trataba de enseñanzas que habían sido decantadas por el tiempo y la experiencia de los hombres. Después quedaba el esfuerzo personal por integrarlas en una visión propia de la realidad. En esta labor personal era donde se manifestaba la libertad de los indivudos para descubrir su propia verdad y para poner el esfuerzo por obrar el bien y evitar el mal.

Actualmente la situación ambiental ha cambiado en muchos aspectos pero fundamentalmente en uno: se nos dice que no hay verdad ni bien, que todo es relativo. Posiblemente buscan con ello favorecer un mayor nivel de libertades individuales. Sin embargo lo que se está consiguiendo es todo lo contrario: un gran desconcierto social y unos comportamientos cuyo único fundamento es el sentirlos así. Una clara manifestación de esta situación es el aumento de la violencia y de las actitudes radicalizadas. Con frecuencia vemos ejemplos de menosprecio de la verdad y justificación de la manipulación terminológica porque convienen en la carrera por el control del poder.

El peligro de estas situaciones es que las sectas y los radicales, al ofrecer ámbitos de seguridad frente a la desorientación, pueden fácilmente proliferar y ganar adeptos. De todas formas suelen ser grupos pequeños, aunque sean muy vociferantes.

Quizá un peligro mayor está en la tentación que pueden tener algunas ideologías por hacerse con el control de esos satélites que informan a los GPS de los caminos verdaderos y buenos. Si esto ocurriera, podríamos encontrarnos con la paradoja de que, para hacernos más libres, pretendieran ir marcándonos el camino por el que debemos transitar. No se nos permitiría elegir el camino, sólo seguir las instrucciones que nos fuesen dadas, eso sí, para nuestro bien.

Por eso conviene insistir en conocer la realidad de los caminos y de las ciudades. Y en ese sentido preguntarse por el sentido de nuestra existencia y el valor de verdad y de bien de lo que hacemos, y no conformarse con las etiquetas que otros les puedan poner. Es necesario un cierto sentido crítico con las afirmaciones cuyo único valor es que lo dicen todos. Buscar la verdad y el bien es más esforzado que seguir las instrucciones que llegan de los poderosos, pero también es más satisfactorio.

(c)2008 Francisco José Ramiro García