DOLOR INSOPORTABLE

Algunos aspectos relacionados con el misterio del dolor humano


Estos días pasados he podido asistir a una magnífica conferencia del profesor Z. Zylicz (Polonia, 1955). Se trata del director del primer hospital de cuidados paliativos – hospice- en Holanda de1992 a 2005, por lo que recibió la más alta condecoración civil de manos de la reina Beatriz, y actualmente director médico del Dove House Hospice (Reino Unido).

En el transcurso de su disertación nos narró un caso reciente que le había ocurrido. Una paciente mayor, sin posibilidad de curación, había sido atendida en un hospital debido a que sentía un fortísimo dolor. En ese centro, tras intentar diversas terapias, sólo habían conseguido que el dolor remitiese durante dos días. Después comenzaba otra vez.

En esta situación la ingresaron en el hospice, que él dirigía. Siempre había mantenido que el dolor se puede quitar. Sin embargo se encontró ante la misma imposibilidad de paliarlo más allá de ese breve tiempo. Un día, entró en la habitación de la paciente una persona para limpiar los cristales de la ventana. En el breve intercambio de saludos, descubrieron que ambas procedían de la misma comarca. La conversación fue prolongándose y pasaron a recordar historias de la juventud. En ese momento la paciente relató que había sido madre de 4 hijos. Hacía muchos años, el menor de ellos que tenía 18, se había enamorado de una chica con forma de pensar muy distinta de su familia. Ella había reconvenido al chico para que no continuasen el noviazgo. Al final el chico se suicidó. Su madre había tenido reprimida la conciencia de su culpabilidad durante más de 30 años. Se había dedicado a sacar al resto de sus hijos adelante, y a su profesión. Ahora era la primera vez que hablaba de ello. A partir de ese momento desapareció el problema que había con el dolor de esa paciente.

Cuando se oyen expresiones del tipo “dolor insoportable” o “insufrible”, experimentamos la conciencia de la debilidad que somos cada uno de nosotros. Es fácil que, dejándonos llevar por la fe ciega que tenemos en la ciencia y en la técnica, esperemos encontrar el artilugio que acabe con esa agresión exterior que atenta contra nuestra libertad de ser en plenitud.

Cuando las circunstancias muestran que la técnica también es limitada, algunos ofrecen como solución acabar con la vida de la persona. Hacen realidad el refrán de que “muerto el perro se acabó la rabia”. Es una solución que parece fácil, e incluso tiene el atractivo de lo arriesgado. El único problema es que las personas no somos perros.

Quizá, por ello, antes que del dolor, habría que hablar personas que sufren. En efecto, el dolor no viene como algo ajeno al ser personal. Es interior a cada uno, y además se hace presente con la complejidad de la persona misma. Hay dolor cuyo origen es biológico, psicológico o espiritual. Y además, como es de la persona, todos estos dolores se implican unos con otros, haciendo difícil distinguirlos. Por eso encontramos, con frecuencia, que ante la misma causa de dolor, dos personas lo sienten con muy distinta intensidad.

El psiquiatra judío Victor Frankl, que sobrevivió a un campo de concentración nazi, ha escrito: “El hombre no es destruido por el dolor, lo destruye el dolor sin significado”. Por eso el primer problema que plantea el dolor a cualquier persona no es acabar con él, porque siempre estará presente dada la limitación humana, sino encontrarle sentido.

Buscar el sentido del dolor personal, no significa dejar de utilizar todos los medios clínicos útiles para disminuir o quitar el sufrimiento. Significa que es el propio paciente quien debe decidir sobre esas terapias, para integrarlas dentro del significado que para él tiene el dolor.

Todo esto nos lleva a varias consecuencias. La primera, la necesidad de que cada uno descubramos el sentido que tiene para nosotros el sufrimiento. Los padres que se proponen ante todo que sus hijos no sufran nada, les dificultan aprender un valor muy importante, ya que necesariamente, sus hijos, se encontrarán con el dolor en su existencia.

La segunda consecuencia es la importancia de la solidaridad entre las personas. Todos necesitamos que nos com-padezcan en nuestra vida. Que nos acompañen de cerca cuando padecemos. No es tiempo perdido ni mal utilizado acompañar a ls seres que sufren de cualquier manera, escucharles cuando quieran decir algo o expresar su sufrimiento. No se trata de ofrecer respuestas perfectas que hagan que una persona deje de sufrir, sino de escuchar y responder. Es él mismo quien tiene que recorrer su camino. Pero estar juntos unos con otros, nos hace a todos fuertes, para afrontar lo difícil

Ante esta complejidad y a la vez grandeza humana, ¿tiene algún interés hablar de una ley de eutanasia?

(c)2008 Francisco José Ramiro García