Educación y ética
Francisco José Ramiro / de ACABI


Hace unos días leíamos las declaraciones de un alto funcionario de la educación en las que manifestaba su voluntad de que los esfuerzos institucionales se centrasen este curso en los escolares.

Posiblemente estas declaraciones estén motivadas por algunas dificultades pasadas en relación con otros estamentos de la actividad docente. Sin embargo me parece que para ser correctas deben matizarse mucho.

Es fácil, y frecuente, que se contemple la realidad educativa como una relación entre docentes y escolares. Los docentes estarían contratados por el Estado, y su función sería cumplir unas obligaciones profesionales claramente delimitadas. En esta perspectiva los órganos administrativos pueden entenderse como la fuente de la función educadora en una sociedad y, por ello, los que deben determinar sin nadie más, los contenidos y valores que la función educadora debe transmitir. Como consecuencia se ve a los educandos como sujetos con derecho a que el Estado les eduque, pero que deben permanecer pasivos.

Recordando una publicidad que en este tiempo suena mucho: “no podemos conducir por ti”, parecería que también les gustaría decirnos: “no podemos educar por ti”, pero si tuviésemos capacidad técnica de hacerlo, lo asumiríamos.

Se trata de un planteamiento que, aunque radicalizado, ya se ha producido en otras épocas. Desde los espartanos, que eran arrebatados en la infancia de sus familias para ser educados por la ciudad, hasta experimentos del mismo tipo pero más recientes en la Alemania nazi, o en la Rusia comunista.

Actualmente no estamos en absoluto ante estas situaciones, pero sí que se vislumbra esta idea de fondo, cuando se defiende una intervención del Estado en áreas educativas, que en absoluto son de su incumbencia. Así, por ejemplo, garantizar el acceso de todos a la educación, no conlleva la titularidad de todas las instituciones educativas. La igualdad de oportunidades de todos los ciudadanos, no significa que se pueda pretender que todos deban aprender lo mismo en contenidos o en valores. La realidad nos muestra un creciente fracaso escolar y una falta de desarrollo en la convivencia social, coincidente con medidas legislativas que se habían tomado bajo aquellos eslóganes.

Se olvida frecuentemente que en realidad la institución educativa primera es la familia. Los hombres y mujeres nacemos en una familia, no sólo en el aspecto biológico, sino sobre todo en el aspecto moral, afectivo, y social. Los conocimientos importantes para la vida los descubrimos en la familia. Al mismo tiempo, y después, aprendemos otras muchas cosas, pero la base de la educación está en la familia.

Es cierto que se han tomado algunas medidas para que la familia esté presente en algunas decisiones en colegios e institutos sobre todo a través del AMPA. Pero no estoy tan seguro de que se haya desarrollado la idea de que las decisiones fundamentales sobre la educación de los hijos deban tomarlas sus padres.

La situación es un poco complicada. Algunas ideologías están extendiendo un ambiente de gran desconfianza hacia la familia. Defender que hay cien modelos de familia, puede parecer que apoya las libertades individuales pero lo que realmente hace es afirmar que cualquier asociación puede llamarse familia, con lo cual la familia es nada. Igualmente favorecer la disolución de los matrimonios en aras de que cada uno pueda hacer lo que quiera, implica al mismo tiempo que desaparezca la estabilidad matrimonial, y con ello la familia.

Ante esta situación los educadores tienen una gran tarea: implicar a las familias, reconocerles el papel que deben asumir, y animarles a que lo hagan. Se trata de una gran tarea a largo plazo. Hace falta desarrollar la imaginación para encontrar caminos de integración y tener paciencia para enfrentarse con las dificultades. Tener la humildad de aceptar que los padres pueden no ser pedagogos profesionales, pero son los padres, y saben mucho. Otra cosa es que pudiera ser interesante organizar más cursos de orientación para padres, y otros instrumentos educativos para apoyar a las familias. Eso sí que lo pueden hacer los profesionales.

(c)2008 Francisco José Ramiro García