Orígenes remotos del género humano
Carlos A. Marmelada


Los seres humanos, en cuanto seres naturales, compartimos muchos rasgos morfológicos y genéticos con otros animales; por eso es lógico que también estemos incluidos en las clasificaciones de los seres vivos que hacen los taxónomos.

Desde el punto de vista de dichas clasificaciones (taxonomía), los humanos pertenecemos: al reino animal; al filum de los chordata (o cordados, que son el tipo zoológico caracterizado por tener una cuerda dorsal o notocordio al menos en alguna de las fases de su vida); al subfilum de los vertebrados; la clase de los mamíferos y el orden de los primates.
El orden de los primates se divide en tres subórdenes: Prosimii, Tarsioidea y Anthropoidea. A su vez, el suborden de los antropoides se divide en tres superfamilias (Ceboidea, compuesta por los monos del Nuevo Mundo; Cercopithecoidea, formada por los monos del viejo Mundo) y Hominoidea. Los especímenes vivos de esta superfamilia se dividen en tres familias: Hylobatidae (a la que pertenecen los gibones1 y los siamangs2); Pongidae (en la que se incluyen los orangutanes3, gorilas y chimpancés, es decir: los grandes simios antropomorfos actualmente existentes); y Hominidae. La familia homínida4 está formada por numerosos géneros5; de los que se han extinguido todos menos uno, el nuestro (Homo), que cuenta, en la actualidad, con una única especie Homo sapiens sapiens6.

Este breve vistazo a la ubicación del género humano dentro de la clasificación del reino animal sirve para ver como los humanos actuales tenemos nuestro origen biológico inmediato en alguna especie de homínido prehumano (probablemente en alguna especie grácil del género Australopithecus). Sin embargo nuestro origen biológico remoto se encuentra en alguna especie de hominoideo de finales del Mioceno Superior o tardío, a partir de la cual se bifurcarían por un lado los miembros que darían lugar a la familia de los pánidos (los chimpancés) y por otro a la de los homínidos (nuestra familia biológica, formada por nosotros mismos así como por nuestros antepasados biológicos directos –todas aquellas especies comprometidas en nuestro linaje evolutivo-; e indirectos –es decir: aquellas otras especies de homínidos que no están directamente involucradas en nuestra cladogénesis pero que comparten con nosotros características esenciales en nuestra definición como especie, por ejemplo: el bipedismo como medio de locomoción, tener unos caninos pequeños, un esmalte dental grueso o un pulgar oponible al índice.

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