¿Qué es el matrimonio?

Lo más importante que tengo entre manos:

A lo largo de mi vida profesional he atendido a gente que me ha reconocido: "para mí el matrimonio es algo muy difícil". Incluso en una ocasión alguien más desesperado me ha llegado a decir: "el matrimonio para mí es un infierno". Por el contrario, fue un señor muy religioso quien afirmó: "para mí el matrimonio es el Sacramento de la alegría", sin que fuera óbice el que aclarara después que había sufrido dificultades económicas muy serias y que uno de sus hijos más pequeños era un niño con síndrome de Down; pero él lo había experimentado: el Matrimonio es el Sacramento de la alegría. Y fue en otra ocasión, charlando con una amiga mía, quien me manifestó: "yo lo tengo claro, para mí el matrimonio es lo más importante que tengo entre manos".

Posibles dificultades para el éxito

Trabajo

El marido, y ahora cada vez más la mujer, preocupados por conseguir ingresos, hasta con la noble idea de mejorar la situación de los suyos, podemos transformar el trabajo en lo más importante del día y, de ese modo, perjudicar la buena relación entre los dos porque, desgraciadamente, el amor que no se cuida se va enfriando. Normalmente al volver a casa, cansados del trabajo, tendremos que asumir obligaciones que cuestan esfuerzo: la comida, la limpieza, la ropa, atender a los niños, posibles lloros, gritos y peleas, en definitiva el cuidado del hogar.

Habrá que estar alerta porque el amor se puede enfriar y la buena disposición, que muy posiblemente estuvo en un principio, poco a poco puede ir perdiéndose.

Hay que hacer del hogar algo agradable para los dos.

Si primero hay que cumplir ciertas obligaciones que pueden resultar más o menos costosas, luego es necesario tener ratos entrañables, agradables, que hagan que valga la pena volver al hogar: estar los dos juntos, a solas, conversar, compartir, agradar. Y esto tanto al comienzo como a lo largo de la vida matrimonial, por larga que sea.

Es necesario hacer del hogar algo agradable, entrañable, donde uno se rehace descansando y entregándose, dando y recibiendo una intimidad que reconforta.

Un marido experimentado me decía: "he descubierto que esforzarse por ellos es darles lo que de verdad necesitan en cada momento. Alguna vez sí puede ser el dinero ganado con tanto esfuerzo, pero otras veces será sobre todo tiempo y dedicación, aunque no pueda aportar tanto económicamente."

Y si esto se puede decir al padre también a la madre, si es ella la que se polariza más de lo debido en su propio trabajo.

El afán de hacer felices a los hijos puede impulsarnos a conseguir más medios económicos para que tengan una situación mejor; pero es bueno recordar que la riqueza de una relación humana, del hijo con su padre y con su madre, es única y no guarda comparación con todas las cosas materiales, cuesten lo que cuesten. Además esa buena relación será un punto de referencia claro para ese hijo cuando sea él el que tenga que conseguir ser un buen padre o una buena madre.

Para no errar el camino, habrá que tener claro que el trabajo no puede impedirnos ni la vida de familia, ni la dedicación al hogar, ni la atención al otro u otra ni a nuestros hijos.

Una chica muy bien situada profesionalmente, que ocupaba un cargo directivo importante en su empresa, me preguntó: "yo, que trabajo 12 ó 15 horas diariamente y me voy a casar en breve ¿qué puedo hacer para que mi matrimonio funcione bien?". Le contesté: si siendo soltera podías trabajar ese número diario de horas porque la atención de tu casa corría a cargo de tu madre; al casarte, muy posiblemente, tendrás que hacer un replanteamiento de tu día porque, aunque compartas tareas con tu marido, cosa que es muy de desear, y aunque cuentes con alguna ayuda en la casa, tú serás el ama de casa y cuidar el hogar necesariamente exige dedicarle un tiempo. Además antes habrá que prepararse y aprender a llevar un hogar, eso sí con los medios y las necesidades del siglo XXI; pero un hogar. El hogar es importante en el matrimonio.

Será bueno recordar que no es buen trabajo el que impide la debida atención al otro u otra, como tampoco lo será, si nos hace imposible la debida atención a los hijos. Es necesario tener claro que lo primero debe ser el marido o la mujer, no basta con atender a los hijos.

El trabajo no puede ser, ni en la teoría ni en la práctica, ni lo más importante de la vida, ni del día, aunque indudablemente trabajar es algo necesario y ocupa la mayor parte de cada día.

Compartir la vida exigirá, de algún modo, compartir todo. Es imprescindible que nos lo pasemos bien juntos, nosotros dos.

Recuerdo a dos compañeros de trabajo que, después de la jornada laboral, él y ella continuaban juntos porque se iban a jugar al tenis. Era fácil sospechar que ni el matrimonio de él ni el de ella iban bien y, muy posiblemente, iba a ir a peor.

Tampoco he olvidado a la señora que me comentó: "perdí a mi marido en sus viajes de trabajo. Al principio no me di cuenta, y cuando quise poner remedio, ya era demasiado tarde".

Otra reconoció: "perdí a mi marido en las actividades extraescolares del colegio de los niños, los sábados por la mañana, a las que él iba solo porque yo trabajaba. Allí coincidió con una madre divorciada y congeniaron más de lo debido. Yo, mientras tanto, estaba en mi trabajo, en otra onda".

Todavía puede resultar más difícil aún si es ella la que tiene un buen trabajo y el trabajo de él es más mediocre, si —como resultó en un caso— el sueldo de ella es más del doble que el de él. ¿Es imposible un matrimonio así? No, no tiene por qué; pero será necesario asumirlo en la forma debida. Por ejemplo, se me ocurre, si ganar ese sueldo a ella le supone un trabajo de 12 horas, con un horario que, por lo menos por ahora, no puede reducir y él trabaja menos horas, muy posiblemente él tendrá que aportar más trabajo en la casa. ¿Inconvenientes? En un caso él se sentía humillado ante la diferencia de sueldos, y le llegó a decir: "preferiría que fueras cualquier cosa", luego todo saltó por los aires.

Un buen matrimonio ayuda a realizarse como persona, pero el realizarse como persona no es sólo a través del trabajo. El trabajo es sólo una faceta de la vida, aunque sea de gran importancia.

Hijos

La mujer puede volcarse en algo tan natural como son los hijos y descuidar la atención al marido, y poco a poco ir olvidándose de detalles que son totalmente necesarios para que el amor se mantenga vivo.

Para los dos juntos, marido y mujer, lo más importante deben ser los hijos; si esto no se vive bien, habrá problemas. Pero, si lo hacemos bien, los hijos no pueden ser nunca motivo para impedir la buena relación entre los dos.

A veces podemos cuidar con cariño una gripe de los niños y no con el mismo agrado la del marido pensando que los hombres son todos unos quejicas, por ejemplo. O nos cuesta acompañar al médico a nuestra mujer porque ¡qué afán de ir al médico, qué pesada!

Necesitamos estar solos los dos algún rato, unos días. Y como hay medios para conseguir que los hijos puedan estar atendidos como es debido, habrá que buscar soluciones teniendo interés.

Estar los dos solos puede ser una maravilla.

No será bueno llegar a situaciones como la de aquella señora que decía que tenía miedo de irse al viaje los dos solos, porque podía haber momentos que no supieran de qué hablar, porque no sabía cómo iba a resultar.

Está muy bien la atención a los hijos, pero además de cuidar a los hijos hay que cultivar el amor. Y no hay que olvidar que lo que más puede beneficiar a los propios hijos es que el padre y la madre estén unidos entre sí, bien compenetrados, y que los hijos lo vean. Parece mentira, pero los hijos se dan cuenta de todo, captan la buena o la mala relación entre los padres, porque son como unos pequeños jueces.

Como los hijos son del hombre y de la mujer, podríamos decir que al 50%, no tiene sentido que uno de los dos se los apropie en exclusiva, ni para cuidarlos, ni para atenderlos, ni para que le quieran más, ni para nada. Es más, aunque haya un problema matrimonial entre los padres, no tener esta actitud es perjudicial para los hijos. Pero además si me he equivocado al casarme el que tendré que pagar el pato seré yo, autor o autora de la equivocación, pero no los hijos que todavía no han tenido posibilidad de errar.

Es triste comprobar que en algunos fracasos matrimoniales, es la mujer la que se propone y la que consigue que los hijos no quieran a su padre, haciéndoles así un daño tremendo que puede impedir hasta que tengan un desarrollo afectivo adecuado, porque los hijos y las hijas, para lograr su auténtica personalidad, necesitan de su padre y de su madre, de los dos.

Por el contrario también he conocido algún caso en el que, con ingenuidad, me dice el abandonado o la abandonada: «yo esto se lo he ocultado a mis hijos, que no saben nada y quieren a su padre o madre incluso más que a mí». Indudablemente es buena madre o buen padre la que, o el que, consigue que los hijos quieran a su padre o madre como es debido. Pero a los hijos también habrá que ir haciéndoles ver los problemas que tenemos, y que por lo menos intuyen, explicándoselos de acuerdo con su capacidad, edad y madurez.

El comportamiento de los padres debe ser una buena enseñanza para los hijos: aprendiendo de sus cosas buenas y, del modo adecuado, alertándoles de las malas para que las eviten.Una buena madre enseña a los hijos a querer a su padre; y un buen padre enseña a los hijos a querer a su madre, y eso pase lo que pase entre ellos. A quererlo, a respetarlo y a tratarlo como es debido.

Cito la frase de un padre experimentado: "los hijos también aprenden cuando ven a sus padres que saben pedirse perdón". Y es un aprendizaje importante.

Casa

Es verdad que el "ama de casa", por regla general, es la madre y no el padre. Recuerdo el comentario, riéndose, del marido de una amiga mía, él físico y ella abogada, que me decía: "ahora lo que ella quiere es trabajar y a mí lo que me gusta es quedarme en casa y ser una Maruja".

Ya hemos visto que hay que hacer de la casa un lugar agradable para los dos.

La mujer, al principio de su matrimonio, cuando pasa de ser hija con todo hecho a ser ama de casa con todo por hacer, puede atravesar una época de dificultades. Será una temporada en la que habrá que ponerse de acuerdo en el reparto de las tareas del hogar, porque si siguen recayendo en ella exclusivamente y ambos trabajan le supondrá una fatiga excesiva que generará tensiones y frustraciones en la pareja. Además si al principio del matrimonio la mujer asume la casi totalidad de las obligaciones de la casa, luego será muy difícil conseguir que esto cambie. Más vale repartir las tareas desde un principio, y más vale enseñar y aprender lo que uno sabe y el otro no, porque puede ser necesario en algún momento sustituirnos.

Una chica que se casó y preparaba oposiciones me contaba: "con la comida no tenemos problemas, porque comemos en casa de mi madre. Lo malo es con la plancha". Un chico recién casado me decía: "a mí no me parece justo que todo el trabajo de la casa recaiga en ella. Yo no quiero ser como mi padre, que no hacía nada en la casa".

Hay que ser razonable, hay que conseguir que el marido ayude desde el principio en las cosas de la casa dentro de sus posibilidades, pero haciéndoselo agradable, y reconociendo los dos que nadie puede estar en dos sitios al mismo tiempo si no es con efectos especiales a lo Steven Spielberg.

Es necesario hablar y llegar a un acuerdo sobre las cosas de las que puede hacerse cargo cada uno. Posiblemente será conveniente que él se implique más en el hogar y que ella deje de ostentar el mando supremo en las tareas domésticas, negándose a admitir que puedan hacerse de algún otro modo. Además, tanto él como ella, al principio no harán las cosas bien del todo, pero con la práctica acabarán haciéndolas mejor y hasta en menos tiempo. Es posible que si uno/una hace las cosas las haga más rápidamente; pero el que es lento puede acabar por ser rápido si se ejercita, y el ejercicio es la repetición de tareas.

No compartir las tareas del hogar trabajando los dos puede hacer que uno y otra lleven vidas paralelas y que la intimidad de la pareja se vaya resintiendo. Habrá que tener cuidado porque la mujer no suele manifestar claramente y de un modo expreso lo que necesita o lo que desea y, a veces, cansada, considera que es el marido el que tiene que darse cuenta de sus necesidades (como si el marido tuviera que adivinar leyéndole el pensamiento), o si lo expresa suele hacerlo de forma quejosa y lastimera: "ya ves que estoy agotada". Y el resultado puede ser que tanta complicación saque de quicio al marido.

La casa exige un tiempo y un esfuerzo, generalmente no pequeños. No son cuatro cosas, ¡qué va! Llevar bien una casa exige saber hacerlo —con un previo aprendizaje y dedicación— y contar con tiempo; podríamos decir que exige arte y ciencia. Es muy duro ver casos en que todo lo tiene que hacer la mujer y el marido ni siquiera le da el valor que merece. Pero tampoco es adecuado el que la mujer se sienta víctima que, en general, al marido lo que le producirá es un cierto rechazo. Es importante compartir, pero compartir no será necesariamente en la proporción del 50%, pues dependerá de otros muchos factores a lo largo de la vida: tiempo, actitudes, gustos, aficiones, etc. E interesa, además de compartir, hacerlo amable: el arte de pasárnoslo bien limpiando o haciendo la compra o guisando o decorando nuestra casa o construyendo un armario. Es muy importante hacerlo bien desde el principio.

También, indudablemente, habrá que formar a los hijos para que ayuden en el hogar. El hogar es de todos, aunque el ama de casa suele ser la madre. Además ayudando en la casa el hijo también se está preparando para ser, el día de mañana un buen padre o una buena madre.

Vicios sin arreglar

Hay "patologías del matrimonio" que existen ya en el noviazgo y podrían ser motivo de nulidad matrimonial si la patología era grave, estaba vigente cuando se prestó el consentimiento matrimonial y al que la sufre le incapacitaba para ser buen esposo, esposa, padre o madre.

Habría que aconsejar: cásate, pero conociendo bien al otro u otra. Si hay problemas importantes en el otro o en la otra, no te engañes diciendo "el amor y el matrimonio lo curará, yo lo resolveré". Porque no es así, los problemas serios hay que arreglarlos antes de la boda. El matrimonio no cura (el alcoholismo, por ejemplo); hay que ir curado al matrimonio.

Con esto, desde luego, no cabe pensar que para poder casarse hay que hacerlo con alguien sin ningún defecto, porque entonces nadie se podría casar. Pero, una cosa son los defectos (que es mejor conocerlos ya de novios) y otra, bien distinta, las incapacidades para contraer matrimonio.

Es importante llegar a conocer muy bien al otro/a. Es fundamental hablar a fondo de los temas importantes de la vida, de la vida futura, de la vida presente y no tener miedo a conocer la vida pasada del otro o de la otra. No hay que dar lugar a las sorpresas.

Cuando me encuentro ante un problema matrimonial, al preguntar si lo conoció antes de casarse a veces oigo como respuesta, sobre todo del chico: "no, no quise preguntar, porque era su vida y pensé que no era una cuestión mía". Sin embargo, la realidad es justo la contraria, y así tendría que haberle advertido alguien de su entorno antes de que ya sea demasiado tarde: "pero, si con el matrimonio vais a hacer de dos vidas una sola ¿cómo no va a ser cuestión tuya? No digas tonterías".

El noviazgo está para conocernos, para hacer proyectos de futuro, para sopesar lo que supone el matrimonio en general y mi matrimonio con aquél o con aquella con quien me voy a casar.

Es importante, desde luego, tener unos buenos fundamentos comunes pero no hay que olvidar, como le pasó a la que creyó que le bastaba con casarse con alguien con quien pudiera rezar las 3 Ave Marías de cada noche, que el matrimonio es compartir la vida no los breves minutos que duran 3 Ave Marías, o como le sucedió a la que pensó que no había problema casándose con el chico que, como ella, estaba metido en el grupo de catequesis de confirmación, porque el matrimonio es mucho más extenso que una simple hora cada de cada domingo por la mañana.

Habrá que tener claro: ¿cómo soy?, ¿cómo es?, ¿qué quiero y qué quiere en la vida?, ¿qué vamos a aportar cada uno de nosotros?, ¿a qué vamos a renunciar cada uno de nosotros por amor?, ¿qué dificultades tenemos?, ¿cuáles vamos a tener?, ¿cómo las vamos a ir superando?, ¿con qué medios contamos?, etc. Planes de presente y planes de futuro, a corto, a medio y a largo plazo, porque con el matrimonio ese futuro ya será algo común, algo de los dos.

Hay casos de inmadurez patológica grave que hacen a la persona que la sufre incapaz para poder asumir las obligaciones esenciales del matrimonio. Y al preguntar a la persona que demanda la nulidad de su matrimonio ¿no te diste cuenta de ello durante el noviazgo?, la respuesta casi siempre es que, de un modo u otro, algo intuyó pero se engañó. Recuerdo el caso del chico que se casó con su novia por pena (la pena no es una buena razón para ir al matrimonio, desde luego) y los casos de una dependencia excesiva respecto a la madre que hace imposible la convivencia matrimonial, como también la que fue consciente de que el otro era un ser insociable pero que le atraía (la simple atracción tampoco será un buen motivo para ir al matrimonio, si falta el necesario fundamento común). Ni la que se casó consciente de la incapacidad del otro para la buena convivencia, ni el que se casó por pena, ni el que lo hizo porque ya le tocaba, se casaron con la debida deliberación que exige una decisión tan trascendente como es la de contraer matrimonio.

También hay casos en que uno de los dos ha tenido muchas experiencias anteriores y el otro no. Hay que reconocer que será mejor saber con quién nos casamos que casarse con un misterio y descubrir el misterio cuando ya va a ser demasiado tarde.

Como hemos visto no hay que pretender casarse con alguien sin defectos, pero sí hay que casarse con alguien a quien se conoce bien. El hombre es un ser que se supera, pero para superarse hay que reconocer los defectos, no ocultarlos, hay que dar a conocer la vida nuestra para luego poder construir juntos una vida común.

Hablar de los temas importantes de la vida nos llevará a conocernos, a identificarnos más entre nosotros, a construir juntos nuestros planes, proyectos y, en definitiva, nuestro futuro. Hay muchos temas importantes de los que hablar, aunque a veces no se le da la importancia que requiere, tales como: Dios, la Iglesia y la religión; el matrimonio para siempre, la fidelidad, los hijos, la sexualidad, la familia, el hogar, el trabajo, la convivencia matrimonial, la familia de cada uno y las relaciones con ellos, la educación que querremos para nuestros hijos; aficiones y amistades de cada uno, relaciones sociales, etc. No será buen punto de partida que todo lo que a uno de los dos le gusta y con lo que disfruta, al otro no le guste, le de miedo o le canse; no será lógico coincidir en todo, pero tampoco en nada. También es importante disfrutar juntos en el matrimonio.

Parientes

No se sabe por qué pero, en muchas ocasiones, la mujer casada tira más para su familia que su marido para la suya. Me refiero a los padres y hermanos de la esposa.

He conocido casos en que el marido está «muy pegado» a la familia de su mujer porque ella "ha tirado hacia ellos, sus parientes", y así han ido desarrollándose las cosas. Se ve que falta equilibrio en las relaciones con los padres de uno y otra, es decir más con los padres de ella que con los padres de él. Y si más adelante esas buenas relaciones con los parientes de ella no se mantienen con la misma fuerza, cosa que es muy posible, también sufrirá las consecuencias negativas el matrimonio, sin tener por qué.

Conviene buscar el equilibrio entre las familias de los dos: en el trato, en los regalos, en la ayuda. Si el matrimonio hace de los dos una sola carne, los parientes de uno convendrá que el otro los considere como propios.

Hay matrimonios en los que una parte importante del fracaso hay que atribuirlo a que "los parientes" se han metido más de lo debido en el matrimonio del hijo o de la hija. Conviene hacer lo contrario: que los hijos vivan su matrimonio, como los padres vivieron y viven el suyo. Ni siquiera para evitar que se den un golpetazo, es mejor que se den un golpe los dos juntos que para eso se han casado y son un matrimonio que, por no darse el golpe, fracase el matrimonio del hijo.

Un compañero de trabajo, un señor mayor, casado, que tenía tres hijos ya casados a su vez, protestaba: "si se te casa una hija, has ganado un hijo; si se te casa un hijo, has perdido al hijo". Si esto es así, y algo de esto ya está comprobado, luego se paga porque el matrimonio no va tan bien como debería ir.

También he tenido que observar lo contrario: el marido que no ve, ni decide, si no es a través de los ojos de su madre. Y han sido casos de una madre tan excesivamente protectora que ha impedido el adecuado desarrollo de la personalidad de su hijo. Y con tal inmadurez de éste, que se ha declarado la nulidad de su matrimonio por el Tribunal de la Iglesia, es decir, que nunca existió, bien porque el esposo tenía al casarse "falta de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio", o porque era "incapaz para asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causas de naturaleza psíquica". Y antes de la Sentencia del Tribunal Eclesiástico, el esposo se sometió a una prueba pericial psiquiátrica o psicológica, realizando el Perito un dictamen claro sobre el trastorno de personalidad que tenía el marido cuando se casó.

A veces me preguntan ¿cómo es posible que una persona, con un matrimonio declarado nulo por inmadurez patológica grave, luego se pueda casar? Cabría contestar que hay casos en que la madurez que no se tiene en un momento dado —en este caso, cuando se contrajo matrimonio— puede llegar a adquirirse más adelante. En ocasiones, un fracaso matrimonial, junto al paso del tiempo, puede hacer madurar.

Que el matrimonio del hijo o de la hija sea un éxito llena de satisfacción a los padres, mucho más y por encima de las pequeñas dificultades que puedan surgir entre nosotros.

Afectividad

Antes, en la realidad o en las películas, era el marido el que era infiel y tenía, con carácter esporádico o permanente, una amante. Este peligro sigue en pie y por ello será muy conveniente acompañarle, siempre que se pueda, a los viajes, a las cenas. Que si alguien le recoge a la salida del trabajo, que seas tú y no la otra. Con lo de "la otra" he recordado lo que, hace años, le decía una madre experimentada a sus hijas: "hay noviazgos que duran mucho. La novia espera y espera a que el novio consiga profesionalmente lo que pretende; pero luego, cuando ya lo ha conseguido, va el novio y, aburrido de la primera, se casa con otra. Vosotras tenéis que ser despabiladas, vosotras tenéis que ser la otra".

Pero a mi despacho ya han venido varias que reconocen "yo me líe con...".

Una señora me dijo: "Yo estaba triste, mi marido no me hacía ni caso, yo ya no podía más, y me líe con el perito. Ya se acabó, porque en realidad no me gusta y, además, es un hortera, pero no debí dar lugar a lo que no debió pasar. Debí cortar al principio, por mucho que me costara, cuando era capaz de cortar. Después ya me era imposible, «estaba enganchada»; la verdad es que ¡qué tonta he sido!, porque —me explicaba— qué fácil es quedar para comer rápido porque no hay tiempo, quedar para tomar una copa porque el trabajo ha sido agotador, quedar por tantos motivos, y qué fácil es liarse, casi sin darse cuenta; sobre todo si en mi matrimonio, como me estaba pasando, no tenía lo que deseaba".

Me confesó, alarmada, otra: "me ha dicho mi marido: ya no voy a venir a comer a casa, porque en el trabajo como mejor y perderé menos tiempo". Le preocupaba que a su marido le pudiera parecer una pérdida de tiempo estar con ella.

Como el matrimonio no se reduce a las noches, oí de un señor que había sufrido mucho durante los años que duró la convivencia de su matrimonio: "durante el día ella me machacaba y luego, por la noche, pretendía que tuviéramos relaciones íntimas como si no nos hubiera pasado nada; y yo, así, desde luego no".

Pero en otro caso ella, joven y simpática, hablando de su hermana manifestó: "no sé que le pasa, por fuera parece más bien fría y seca, pero por dentro es todo lo contrario. Durante todos estos años, que lo ha pasado tan mal, ha sido como una tumba. Mira que nos veíamos cantidad de veces y podría haberme contado lo que le pasaba y, de haberlo sabido, todos le habríamos ayudado. Pero nada, ella calla que te calla, ¡qué tonta!, la verdad".

Después, hablamos con confianza de la diferencia entre el matrimonio de una y otra hermana. El de la hermana había sido un verdadero desastre y el de ella iba francamente bien, estaba satisfecha del marido que había elegido y me lo presentó.

Fue contándome que desde el primer día de su matrimonio se había propuesto con su marido no dejar pasar ni una sola noche, sucediera lo que sucediera durante el día, sin hacer las paces, y así lo hacían. Daba gusto oírles cuando ella me reconocía: "mira, yo ¿qué quieres que te diga?, soy cariñosa y no puedo pasar ni una noche sin un achuchón, sin un abrazo de mi marido de esos que sólo él sabe dar".

Y él, también con mucha claridad, me fue detallando que había días que surgían problemas entre ellos, pero que al llegar la noche se pedían perdón. "Hay noches —me decía— que yo veo con toda claridad que la equivocada ha sido ella, o que la que no ha actuado correctamente ha sido ella; y aunque me replanteo ¿no podré haber sido yo?, no me es posible admitir que sí, porque lo veo con total evidencia". Pero entonces, mi pregunta siguiente es: "¿no le habrá dado yo algún motivo para equivocarse?", y eso sí que me es posible admitirlo. A veces me cuesta mucho pedirle perdón porque me pongo a pensar ¿pero, por qué voy a tener yo que pedirle perdón?, y es cuando reconozco que tal vez yo, sin querer, he podido dar lugar a que ella se equivocara, y le pido perdón, aunque me cueste. Y luego viene el gran abrazo.

Ya sabes, —continuaba— nuestro sistema es: ¡no dejar pasar ni una sola noche sin hacer las paces!, y nos va estupendamente, concluía sonriendo y satisfecho.

El matrimonio es unión de vida, el consorcio de toda la vida, tal unión que de dos vidas hace una sola. Es una unión única, no existe otra igual en este mundo, entre un hombre y una mujer.

©Rosa Corazón (extraído de su libro "Cásate y verás").
Abogada matrimonialista de Tribunales Eclesiásticos y del Tribunal de la Rota de España. Especialidad: Nulidades Matrimoniales.