LAS BIENAVENTURANZAS DE UN EDUCADOR


Por José María Escudero
(mardepri@terra.es)


-Un día –dijo Jesús a su Madre- me subiré a un monte.
La gente estará sentada por la pradera escuchándome
. Yo les diré: “Bienaventurados los pobres porque
suyo es el reino de los cielos”
María sonriendo le dijo:
-Hijo, te tomarán por loco si dices esas cosas
El se echó a reir también:
-Ya –dijo- pero verás: siempre habrá locos
para comprenderme.
Entonces María se atrevió a preguntarle:
-Pero… ¿serán muchos?
El silencio esta vez se apoderó de los dos
y María vio como los ojos de su hijo
empezaban a oscurecerse…


La noche anterior a que Jesús pronunciara el sermón de la montaña juntó a sus apóstoles y les habló de la felicidad. Les dijo que su verdadera profesión empezaría a partir de mañana y sería la de enseñar a los hombres a encontrar la Auténtica Felicidad… Ante el desconcierto y las dudas de sus apóstoles Jesús les tranquilizó diciéndoles que no se preocupara pues mañana lo iba a entender todo…
Por eso cuando aparecieron los primeros rayos del día subieron a la montaña junto a un centenar de personas que les seguían. Jesús entonces les empezó a decir:

Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos…
Los apóstoles empezaron a entender lo que Jesús les había dicho la noche anterior:
Felices nosotros si nuestra grandeza está siempre en proporción a nuestra humildad, porque haremos de nuestros hermanos “pequeños – grandes hombres”

Bienaventurados los pacíficos porque ellos heredarán la tierra…
Sus discípulos comprendieron:
Felices nosotros si convertimos nuestro oficio en un encuentro, porque haremos de nuestros jóvenes hombres de paz y de diálogo

Bienaventurados los que tienen hambre y se de justicia porque ellos quedarán saciados...
Ahora sus discípulos sabían por “donde iban los tiros”:
Felices nosotros si nuestra tarea no es tanto la de enseñar o instruir cuanto la de abrir los corazones, porque estaremos ayudando a las personas a formar su propio juicio.

Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia…
Y ellos escucharon:
Felices nosotros si convertimos nuestra tarea en un acto de amor, porque ayudaremos a que confíen en sí mismos y así puedan hacerse cargo poco a poco de la dirección de sus vidas.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan contra vosotros toda suerte de calumnias por causa mía…
Esta vez sus apóstoles bajaron la mirada al suelo un tanto temerosos, pues lo que habían entendido era difícil de digerir:
Felices nosotros si somos capaces de dar hasta la propia vida por áquellos que nos han sido encomendados.

Jesús dándose cuenta de la situación no dejó que el miedo se convirtiera en invitado de honor de sus apóstoles y entonces acabó diciendo:

Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos…