Muerte, reencarnación y vida futura


Podría parecer que las ideas conflictivas sobre qué sucede después de la muerte son relativamente poco importantes; que nuestro conocimiento y comprensión de cómo vive la gente es lo que de verdad importa... Una apreciación más profunda demuestra que, en muchas culturas, el modo de vida no puede ser entendido si no se conocen las ideas que tienen sobre el más allá. A menudo estas ideas moldean toda la forma de ser de un pueblo. Analizamos a continuación las diversas respuestas que dan las culturas a este tema tan trascendental de la muerte.

La reflexión sobre la muerte, sobre el más allá y el conocimiento de esa nueva situación, siempre ha estado presente en el pensamiento humano. La muerte para muchas personas es el obstáculo supremo...

Sin duda acercarse al tema de la muerte provoca multitud de dificultades y la tremenda complejidad del asunto nos deja sin encontrar respuestas.

¿Qué hay tras la muerte?
¿Qué nos espera en el más allá?

Estas son preguntas de todos los hombres y mujeres de todas las épocas de la humanidad.

Hablar de la muerte es ir más allá de la pura desaparición biológica. Para unos, la muerte es un paso, un lugar de encuentro, una liberación. Otros la conciben como una continuación, como una nueva situación de su existencia. También los hay que interpretan como el comienzo de la nada...

Desaparecer y vivir...

El ser humano está llamado a la eternidad. Esta afirmación en una cultura cristiana parece clara y contundente, pero no podemos pasar por alto cómo los tremendos cambios científicos, morales y espirituales, han llevado a muchas personas a una rebeldía ante el planteamiento de desaparecer físicamente, para desenvolverse de otro modo en un mundo nuevo, en otra dimensión o en otra "vida".

Desaparecer es doloroso. Incluso a los propios creyentes cristianos nos desconsuela en muchas ocasiones y llega a transmitirnos miedo, y hay ocasiones que nos produce un cierto desasosiego...

El miedo a desaparecer surge precisamente de esa llamada interior a la eternidad. Cuando el ser humano desde sus tiempos primarios comprobó la realidad de su inexcusable desaparición física, quiso eternizarse físicamente en sus obras: maravillosos monumentos de piedra que el tiempo aún no ha podido destruir. El hombre antiguo escribió su experiencia interior de desasosiego y esperanza y aún esa palabra tiene fuerza vital en nuestra época...

Morir, desaparecer para vivir, incluso en nuestra época no se termina totalmente de entender.

Los materialistas modernos, ya sean humanistas, ateos o comunistas, afirman que toda conciencia es total y permanente extinguida cuando el cuerpo muere.

Desaparición física no es igual a desaparición espiritual. Ya desde las primeras culturas se observa la existencia de una presencia espiritual después de la muerte o desaparición física. Los primitivos ya intuían que el espíritu marchaba a alguna parte.

Los celtas creían que la vida continuaba como siempre pero en otro lugar. Creencia que sostenían también muchas tribus de indios norteamericanos. Pero en varias de estas culturas debe ganarse el derecho a entrar en la otra dimensión, lo cual supone alguna forma de juicio.


Condenados a la vida

El acceso a un determinado estado espiritual de "residencia" después de la muerte, viene delimitado por el "juicio". El juicio no está siempre basado en cómo se ha vivido. En Melanesia, por ejemplo, la decisión puede depender que los familiares supervivientes realicen el ritual apropiado y, en verdad, todo el futuro del espíritu depende de sus supervivientes. Si lo recuerdan con los rituales apropiados y lo invocan para pedirle consejo, el espíritu continuará existiendo en la tierra de los muertos. Si el ritual no se lleva a cabo o el espíritu es olvidado por los vivos, deja de existir. Estos conceptos explican en muchas culturas el énfasis en la adoración de los antepasados; sólo utilizando el ritual mediante el que se les recuerda, la gente puede ayudarlos a permanecer existiendo.

En la mentalidad católica el alma tiene la oportunidad de mejorarse en el purgatorio para poder ascender al cielo, esto es, a la presencia de Dios.

Para algunas culturas, los fantasmas son parte permanente de la vida. Los muertos, aunque invisibles, siguen siendo partícipes de las actividades de la comunidad. Deben ser consultados, alimentados, incluidos en los rituales y favorecidos en cada oportunidad. Alguna tribu de América del Sur considera a estos espíritus hostiles y toda la vida de cada individuo está dedicada a propiciarlos o rechazar el ataque de multitud de malignos, aunque invisibles seres.

El resultado es una existencia rígida, ritual y subvertida por el miedo, con pocas oportunidades para el desarrollo mental o espiritual, ya que cualquier cambio puede enfurecer aún más a los espíritus.

En África, los espíritus son generalmente más razonables, enojándose sólo cuando se les da un motivo. A menudo se cree que permanecerán en la forma de espíritus sólo por un tiempo, después del cual serán encarnados. También tienen esta creencia algunos cultivadores de la hechicería y los niños son examinados como parte del culto, para encontrar marcas de nacimiento u otros signos que indique quiénes fueron en su vida anterior.


La Reencarnación

No se puede generalizar sobre las doctrinas de la reencarnación porque son muy variadas. Básicamente llevan implícita la idea de que el alma o espíritu sobrevive al cuerpo muerto, y ya sea inmediatamente, o bien después de una morada en algún plano espiritual, vuelve a habitar en otro cuerpo humano o de otro ser.

La idea de la reencarnación es que presupone que si después de la muerte no somos aún merecedores de reunirnos con Dios o alcanzar nuestro objetivo último, cualquiera que sea éste, volvemos una y otra vez a la vida para mejorar nuestras faltas y desarrollar nuestras fuerzas.

Los escépticos dicen que la reencarnación es una expresión de los deseos de aquellos a quienes les desagrada enfrentarse con la perspectiva de la muerte.

La reencarnación es aceptada por la mayor parte de los hindúes y budistas (aunque no todos), pero en verdad, casi todas las sociedades poseen alguna secta creyente en la reencarnación. Tanto los egipcios como los griegos adoptaron esta idea cuando sus creencias religiosas se desarrollaron, aunque nunca fue universalmente aceptada en Grecia. Los druidas llegaron a prestar dinero aceptando que fuera devuelto en una futura reencarnación...

Los cristianos rechazamos la reencarnación. Los cristianos creemos en la resurrección.


La Resurrección en Cristo

Resucitar es la gran promesa para los cristianos y lo es porque la muerte física aparece para el hombre como la ruptura radical de entorno de relación humana, pero en la dimensión espiritual la resurrección se muestra como la relación con Dios, realidad última, de manera íntima.

Cuando el cristiano habla de muerte, implícitamente está hablando de vida, pero de una vida radicalmente aceptada desde la fe.

La resurrección exige del creyente una radicalización total de su fe.

Cuando creemos en la resurrección, estamos afirmando la victoria de Jesús sobre la muerte. Hemos optado no por un determinado estado espiritual sino que hemos optado por Cristo muerto y resucitado. Es esta perspectiva de fe la que transforma al auténtico creyente cristiano. Según lo que creemos los católicos, la muerte se introdujo en la vida humana como consecuencia del pecado. Cristo, al salir victorioso del pecado, vence también sobre la muerte y deja abierto el camino para los creyentes.


Jesús y la Muerte

En su predicación Jesús enseña la resurrección de los muertos. Igualmente da por sentada la supervivencia y la retribución trasmundana. Pero la novedad radical de la revelación cristiana está en que es en Jesucristo donde la muerte queda vencida en todos sus aspectos, de modo que por Él y su resurrección ya no tiene dominio sobre los seres humanos. El reino de la muerte ha sido destruido por la muerte de Cristo, pues ésta fue un morir al pecado de una vez para siempre. En Cristo no sólo ha sido superada la muerte en sentido físico, por su resurrección, sino la raíz misma de la muerte, el pecado, por el valor redentor de su muerte y resurrección.

Al destruir Cristo la muerte con la suya, ha hecho irradiar la luz de vida y de inmortalidad por medio del Evangelio, pues si nos ha redimido del pecado, nos ha librado de la muerte; por eso la esperanza de los cristianos en la resurrección de los muertos, la tenemos apoyada en la resurrección de Cristo. Cristo resucitado es el primogénito de entre los muertos. El cristiano al unirse a Cristo por la fe y el bautismo, está ya muerto al pecado, a la ley como ocasión de pecado, a los elementos de este mundo, a las tendencias de la carne, pues todo ello lleva a la muerte de la que Cristo ha salido victorioso.

©2000 Mario Santana Bueno.