La opción preferencial por los pobres. Reflexiones teológicas.


Hacer en nuestras vidas toda una serie de opciones capaces de manifestar que damos efectivamente la prioridad a los pobres no es, en la Iglesia, seguir una moda pasajera. Tal orientación es congénita a la fe cristiana. Si tenemos la impresión de que la "opción preferencial por los pobres" es algo nuevo, se debe desdichadamente a que el lugar que por derecho debía ocupar esta orientación en nuestra vida cristiana, no lo había ocupado de hecho. Sin embargo, es uno de los temas más tradicionales, es decir, uno de los más ligados a las fuentes de la fe, uno de los más antiguos y permanentes de la Revelación. Es un "invento" de Dios, no una generosa idea de hombres sensibles. Es un hecho que radica en los fundamentos mismos de la fe.

Por eso, en primer lugar, trataremos de conocer cuál es de hecho la prioridad que concede la Revelación a los pobres. Basta para ello indagar el sentido de algunos textos mayores que ya todos hemos leído o entendido, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, y algunos hechos de la historia de la Iglesia. Posteriormente, trataremos de comprender los alcances de este hecho: ¿qué nos permite conocer de Dios, y qué nos enseña sobre la estructura de nuestra vida cristiana?

I.- La prioridad concedida a los pobres es ante todo un hecho que es inseparable de la historia de la Fe.

1.- La Buena Nueva anunciada a los pobres.

Jesús es, ante todo, un hombre semejante a los demás, que podía ser identificado socialmente a partir de su familia, de su profesión, de su aldea: es el "hijo de José" (Lc 4, 22), "el hijo de María y el hermano de Santiago, José, Judas y Simón" (Mc 6,3), "el carpintero" (Mc 6,3), "hijo del carpintero" (Mt 13,55), originario de Nazareth en Galilea. Pero ¿cómo podrá lograr este hombre, semejante a los demás hombres, que reconozcan en él a Dios mismo que nos viene a visitar? ¿Qué signos y qué palabras podrán acreditarlo como "el que debe venir", es decir, como el que va a realizar las promesas hechas por Dios? La respuesta a esta pregunta es simple, de una simplicidad tan desconcertante que algunos no comprenderán. Sin duda alguna, ellos esperaban algo mejor, algo más grandioso, incluso más elevado espiritualmente. Cuando Juan Bautista envía sus discípulos a informarse para saber si Jesús es el que debe venir o han de esperar a otro, Jesús presenta esencialmente como pruebas los hechos que él realiza para poner en pie a las víctimas, a los golpeados de la vida, a los oprimidos de su tiempo: "Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres". (Mt 11,5)

La Buena Noticia consiste en estos actos, los mismos actos que María celebra en el Magnificat: "El baja de su trono a los poderosos, y eleva a los humildes. Llena de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despide vacíos". (Lc 1,52-53) Es exactamente la misma señal que Jesús da al comienzo de su ministerio en la sinagoga de Nazaret para indicar cuál es su misión: "El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para traer la Buena Nueva a los pobres, para anunciar a los cautivos su libertad y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos y a proclamar el año de la gracia del Señor" (Lc 4,18-19, que cita a Isaías 58, 6).

Así pues, la venida de Dios a su pueblo, la inauguración de su Reino en medio de nosotros, se han hecho visibles en estos actos que tienen que ver con los enfermos, con los hambrientos, con los oprimidos, con los cautivos. Liberando a estos hombres mortificados en sus cuerpos, Jesús manifiesta sobre todo la ternura de Dios. La liberación del pobre no es algo exterior al reino de Dios: ella realiza su presencia entre nosotros.

2.- Jesús asume la defensa de los marginados y alerta contra las riquezas.

A lo largo de su vida pública, vemos que Jesús hace suya la defensa de los marginados, de los pequeños, de los pobres. Es un comportamiento constante de su parte, que frecuentemente lo pone en conflicto con otras personas u otros poderes: desde las numerosas curaciones que realiza a favor de los enfermos y de los lisiados, hasta las enseñanzas a favor de los pequeños a los que Dios hace comprender sus secretos. Jesús está siempre al lado de los marginados, tanto si la causa de su marginación es social como si es religiosa. El salva la vida de aquella mujer a la que los hombres quieren excluir de la sociedad humana porque ha cometido adulterio; él elogia a otra mujer, una pobre viuda que a pesar de estar en la miseria da la limosna, por contraposición a los ricos que dan de lo que les sobra. A quien hace una fiesta le aconseja no invitar a sus vecinos ricos, sino "a los pobres, los lisiados, los cojos, los ciegos" (Lc 14,12).

Enojándose con aquellos que iban a tomar parte "del banquete del Reino de Dios" después de la defección de los invitados, Jesús llama a "los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos", sin otro criterio de elección (Lc 14,21). Por una oveja perdida el pastor deja las otras noventa y nueve; de igual modo, por el hijo perdido y desprotegido el amo mata el ternero gordo, y no por aquel que había permanecido fielmente en casa (Lc 15,3-6 y 11-32). Es la historia del propietario que da al obrero que no ha trabajado más que una hora —porque nadie lo había contratado antes— un salario igual al del obrero que ha trabajado todo el día porque había sido contratado desde la primera hora (Mt 20,1-16). Es la situación que, después de la muerte de los dos protagonistas, se invierte en provecho del pobre Lázaro y en detrimento del rico, sin que Lázaro haya hecho otra cosa que no fuese ser un pobre "que habría deseado llenarse de lo que caía de la mesa del rico", y sin que el rico hubiese hecho otra cosa que comportarse como rico "haciendo cada día ostentosos festines" (Lc 16, 19-30).

Es el Reino declarado inaccesible a los que poseen riquezas, aunque Dios —y sólo El— puede vencer esta imposibilidad radical (Mt 19,23-26). Ese comportamiento con el que está desnudo, hambriento, preso y desprotegido indica la realidad de nuestro comportamiento para con Dios, es decir, la realidad de la acogida o rechazo que a El le damos (Mt 25,35-40). Jesús invita a los que quieren seguirlo a no poner su corazón en las riquezas. Estos bienes perecederos que acaparan al hombre, ahogan la buena semilla de la Palabra (Mt 13, 22), cierran el corazón a la miseria del otro (Lc 16,19-22) y conducen a una conducta idolátrica (Lc 16,23). El invita a vender los bienes y a darlos a los pobres (Lc 14,33; 18, 22). ¿No era El mismo aquel que no tenía donde reposar la cabeza? Desde su nacimiento fue rechazado de "la sala común" porque no había lugar para él y sus padres (Lc 2,7). El escogió estar del lado de las víctimas, por lo que terminará rechazado de la sociedad, clavado en el cadalso de la vergüenza.


3.- Jesús tiene por Padre al Dios que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto.

Cuando Jesús define los actos característicos de la venida de los tiempos nuevos ofreciendo la liberación a los pobres, a los hambrientos y a los enfermos, cuando rechaza la marginación en cualquiera de los niveles en que se dé (religioso o social), se inscribe en plena dimensión de la tradición bíblica que le precedió. En efecto, Dios se dió a conocer a Israel como aquél que le liberó de la esclavitud en Egipto y le hizo salir del país de la servidumbre. La fe bíblica, la fe cristiana, han sido marcadas siempre por este hecho a través del cual percibimos el rostro de Dios: un Dios que es todo lo contrario de un potentado, un Dios que no toma el partido del rico o del opresor, sino que se manifiesta liberando al pobre de la servidumbre en que está. El corazón de Dios se vuelve a ver la aflicción y no descansa hasta que logre su propósito:

"He visto la humillación de mi pueblo en Egipto, y he escuchado sus gritos cuando lo maltrataban sus mayordomos. Yo conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlos del poder de los egipcios, y para hacerlo subir de aquí a un país grande y fértil, a una tierra que mana leche y miel" (Ex 3,7- 12).

Por esta obra, realizada en la historia de un pueblo, Dios revela quién es El. Su identidad no puede ser conocida por nosotros independientemente de su acción liberadora. También Dios es reconocido por sus frutos. El fruto que El nos da desde el principio tiene el sabor de una libertad conquistada sobre la esclavitud. A lo largo de toda su historia, el pueblo de Dios es incesantemente invitado a recordar estas palabras: "Yo soy Yahvé tu Dios, el que te hizo salir del país de Egipto". Este, y ningún otro, es Dios, el Dios que es Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Este, y ningún otro, es Dios, el que es nuestro Dios.

4.- La historia de la Iglesia, a pesar de sus debilidades y traiciones, atestigua que la defensa de los pobres es esencial a su misión.

Una Iglesia fiel a este Dios, una Iglesia que quiera ser "Jesucristo continuado" entre los hombres, es una Iglesia que no puede hacer otra cosa que dar la mayor importancia a la situación real de los pobres y marginados. Su fidelidad al Dios de Jesucristo, al Dios libertador de los oprimidos, está en juego en su compromiso por la causa de los pobres. Esto es lo que se manifiesta desde la primera comunidad cristiana tal como la describen los Hechos de los Apóstoles: la puesta en común de los bienes permite que cada uno —se nos asegura— reciba según "sus necesidades" (He 2,45). Por eso no se debería hablar propiamente de pobres, porque "entre ellos ninguno era indigente", a causa de la repartición de bienes que se había hecho (He 4,33). Sin embargo, hay que aceptar que el respeto del rico a causa de su riqueza y el menosprecio del pobre por su pobreza va a penetrar en el seno de la comunidad cristiana: las violentas imprecaciones de Santiago testimonian esta infidelidad de los cristianos, pero testifica también la viva conciencia que tiene el apóstol de las exigencias evangélicas en relación con el respeto y defensa del pobre: "¿No escogió Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe? ¡Y ustedes los desprecian! ¿No son los ricos los que se portan prepotentes con ustedes?… Pues bien, ahora les toca a los ricos: ¡lloren y laméntense por las desgracias que les vienen encima!… Unos trabajadores vinieron a cosechar sus campos y ustedes no les pagaron. Las quejas de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos" (Sant 2,5-6; 5,1 y 4).

La tradición eclesial es rica en obras e iniciativas en favor de los pobres. Toda clase de obras nacieron en este sentido; es importante situarlas dentro del marco histórico en que surgieron, pues no serían soluciones acertadas para los problemas de hoy. Esas obras no están totalmente exentas de ambigüedades, pero no por eso dejaron de encarnar exigencias evangélicas parecidas a las que se nos imponen hoy a nosotros, si bien en otro contexto.

La tradición de la limosna —esta palabra que tiene hoy un sentido peyorativo— expresa, durante un período histórico muy largo, la atención y acción desarrolladas al servicio de los pobres. El ayuno fue concebido durante mucho tiempo como una práctica que no encontraba su sentido cristiano si no iba acompañado de la entrega a los pobres de aquello de lo que uno se había privado. Construcción de asilos y hospitales para los pobres y enfermos, venta de bienes (incluso de los vasos sagrados utilizados para las celebraciones eucarísticas) para comprar víveres para la población hambrienta, o para rescatar prisioneros de guerra; creación del "registro de los pobres" (especie de oficina de beneficencia frecuentemente designada con el bonito nombre de "diaconía"); distribución organizada y sistemática de alimentos a los mendigos en los monasterios; asociaciones de seguros mutuos para ayudar a los miembros desheredados de las cofradías profesionales; creación de los montes de piedad contra las prácticas usurarias de los bancos; iniciativas para facilitar el acceso de los necesitados a la educación y al aprendizaje de un oficio. Un número considerable de congregaciones y de hermandades diversas han surgido con el fin de prestar alguna ayuda o solución a la angustia de los pobres.

Durante siglos, el obispo fue llamado "el padre de los pobres", y debía consagrar al servicio de los pobres la cuarta parte de todas las rentas de que disponían las iglesias locales. En algunos casos tenían la obligación de ejercer la hospitalidad sistemática para con los necesitados, teniendo comedores abiertos para ello. El mismo pobre, por mucho tiempo, fue considerado como "el vicario de Cristo" o "el sacramento de Dios". Se veía en él un intercesor especialmente escuchado por Dios, porque es especialmente amado por El.

Con la era industrial hizo su aparición una forma nueva y masiva de pobreza: el proletariado. Un poco tardíamente sin duda, pero con cierta fuerza, León XIII intervino, inaugurando lo que en adelante se convino en llamar "la doctrina social de la Iglesia". En la primera encíclica social, la Rerum Novarum (1891), encontramos explicitamente afirmada la que hoy llamamos necesaria opción preferencial por los pobres: "Es hacia las clases desafortunadas hacia donde el corazón de Dios parece inclinarse más… Jesucristo abraza con una caridad más tierna a los pequeños y a los oprimidos" (R.N. 20,2). Lo mismo debe suceder con el comportamiento de los cristianos. La misión del Estado es la de asegurar particularmente la defensa de los débiles y oprimidos (R.N. 29,2). Es necesario denunciar "la miseria inmerecida" (R.N. 2,1) de la que los proletarios son hechos víctimas graves, y la Iglesia quiere dar su aporte para "resolver el problema social".

Con unos argumentos que hoy día no nos pueden convencer, pues están muy ligados a una visión también muy autoritaria del papel de la Iglesia y a una seguridad infalible en la verdad indiscutible de sus soluciones, León XIII contribuyó al menos a despertar a las Iglesias para que presten atención al problema de los pobres en la sociedad moderna.

Con Juan XXIII, Pablo VI y el Concilio Vaticano II, los pobres del tercer mundo, en adelante, serán tomados en cuenta en la reflexión oficial de la Iglesia, al mismo tiempo que muchos cristianos trabajarán por la causa del desarrollo. En cuanto al discurso oficial, actual nadie ignora con qué frecuencia son invocadas y denunciadas las situaciones de injusticia que oprimen a los pobres, y las numerosas violaciones a los derechos humanos. Convendría igualmente recordar las tomas de posición oficial de los episcopados locales y de ciertas comisiones ligadas a sus episcopados, tanto en los países ricos como en los países del tercer mundo. "La opción preferencial por los pobres" se ha convertido en un verdadero leitmotiv de la actual enseñanza eclesial.

5.- Hacer nuestra, hoy, esta historia de Dios, de Cristo y de los creyentes en favor de los pobres.

El conjunto de datos bíblicos (Antiguo y Nuevo Testamento), así como los pocos puntos recordados sobre la vida y enseñanza de la Iglesia desde sus orígenes hasta nuestros días, coinciden en indicar que la defensa del derecho de los pobres, antes incluso que ser una opción, es sobre todo un hecho que caracteriza la acción del Dios de Jesucristo, y que este hecho fundamental se da con cierta continuidad, de manera muy imperfecta, a veces dramaticamente insuficiente, pero de modo persistente, en la historia de la Iglesia. Es esencial comprender que en este ámbito somos precedidos por la acción de Dios y la tradición de la Iglesia. Nadie está obligado a ser cristiano; pero si elegimos serlo, debemos saber que ser cristiano significa procurar que esta historia sea nuestra, y ratificar en nuestra vidas un modo de existencia que incluya, como uno de sus componentes esenciales, un compromiso personal y colectivo con la causa de los pobres.

6.- Pobreza espiritual, pobreza social, pobreza voluntaria.

Al terminar este punto, es importante precisar bien una distinción que se presenta como un hecho esencial tanto en el Evangelio como en la tradición cristiana, y cuya ignorancia o mala interpretación puede conducir a las peores confusiones, e incluso a las más escandalosas posiciones respecto a las víctimas de la pobreza: es la distinción entre la"pobreza de espíritu" (o "pobreza espiritual") y la "pobreza material o social" que es la falta de los bienes esenciales para una vida humana digna. En ningún caso el Evangelio nos pide tolerar, aceptar y menos aún elegir una situación de pobreza degradante. La misma "pobreza voluntaria" que recomienda el Evangelio de ha de distinguir vigorosamente de ese mal social. Para comprender la importancia de esta distinción entre las "pobrezas", basta citar un extracto del discurso pronunciado por Juan Pablo II en Chalco, México, el 7 de mayo de 1990:

"La pobreza que Dios llamó bienaventurada está hecha de pureza, de confianza en Dios, de sobriedad y de disponibilidad para compartir con los otros, de sentido de la justicia, de hambre del Reino de los cielos, de disponibilidad para escuchar la palabra de Dios y guardarla en el corazón. La pobreza que oprime a una multitud de nuestros hermanos en el mundo y que frena su desarrollo integral como personas, es diferente. De cara a esta pobreza que es carencia y privación, la Iglesia eleva la voz invocando y suscitando la solidaridad de todos para vencerla".


II.- La solidaridad con los pobres —tanto la solidaridad personal de Dios como nuestra propia solidaridad— nos permite conocer mejor quien es Dios y cual es nuestra vocación cristiana.


1.- Porque ama a todos los hombres, Dios establece una prioridad para con los pobres.

Esta afirmación podría parecer paradógica: ¿Amar a todos los hombres no es comportarse de la misma manera con unos y otros, sin preferir a nadie? La paradoja no es más que aparente. Este tipo de razonamiento tendría validez si todos los hombres estuviesen en situación de igualdad. Pero no es este el caso. El pobre es una persona en situación de desigualdad con respecto a los otros miembros de la sociedad. Por eso, para restablecer la justicia, para que los dos platillos de la balanza recuperen la igualdad, es necesario que la situación del pobre sea tomada en consideración en forma prioritaria. Es decir, solamente se podrá llegar a poner remedio a la desigualdad primera con un "trato de favor" respecto a él, tomando en cuenta su situación en forma prioritaria y urgente. En resumen, la desigualdad inicial exige una desigualdad de reacciones para que la justicia sea restablecida cuanto antes.

Es especialmente significativo hacer constar que en la Biblia, cuando se afirma que Dios no tiene acepción de personas (ama a todo el mundo), a la par se encuentra la afirmación de la atención especial que El otorga a los pobres. "Yahvé vuestro Dios es un Dios grande, vencedor y terrible, que no tiene acepción de personas ni se deja corromper con sobornos. El hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al extranjero dándole pan y vestido" (Dt 10,17)

2.- Nuestro Dios es un apasionado por la justicia.

Basta entender que Dios nos habla por boca de los profetas (Isaías, Amós, Oseas, Jeremías, etc.) para que nos demos cuenta hasta qué punto no tolera la injusticia que se comete contra los pobres. El comportamiento de los que arrebatan los bienes a los débiles, de los que no pagan el salario debido, de los que se niegan a prestar sin interés, de los que falsean el derecho con ayuda de los escribas, y de los que no prestan ayuda a la viuda, al huérfano y al extranjero, suscita la indignación de Dios. La pobreza de unos remite a la injusticia de otros, y esto de dos maneras. En primer lugar, está la injusticia que consiste en la explotación del débil, una injusticia de la que se podría decir que es la causa directa de la pobreza del pobre. Pero hay también otra injusticia denunciada en la Biblia, que es la de no brindar ayuda a los que están apartados de la mesa común, injusticia de la que se puede decir que consiste en abandonar al pobre en su pobreza y en su marginación, mientras se saca provecho egoísta de los bienes que deberían ser compartidos.

Si Dios se indigna de lo hecho a los pobres, es porque es el Padre de todos y no solamente de unos pocos, es porque es el Creador de todos los hombres, y no solamente de unos pocos. Todo esto nos servirá de base para comprender otro aspecto del comportamiento de Dios con relación a los pobres: se encarga de la defensa de los pobres, cualesquiera que ellos sean. Es decir, sin preocuparse por saber si se trata de un "pobre bueno" o de un "pobre malo". La "moralidad" del que es humillado no es el motivo de la acción de Dios: Dios asume la defensa del pobre por la sola razón de que el pobre es víctima de la injusticia. Sólo eso basta.

Cuando invita a los creyentes a tener en cuenta la situación de los hambrientos, S. Juan Crisóstomo los anima a asumir una actitud parecida a la de Dios: "El pobre sólo tiene una recomendación: su indigencia, su miseria; no le pidan nada más. Aunque fuese el más perverso de todos los hombres, si carece de los alimentos necesarios, debemos calmar su hambre" (Homilía sobre Lázaro).

3.- Dios quiere la vida para todos los hombres, y que esta vida sea salvada en la multiplicidad de sus aspectos, porque es el Creador de todo el hombre y de todos los hombres.

El Dios de Jesucristo es el Creador de todos los los hombres y todos están hechos a su imagen. La fe en este Dios conlleva la exigencia de no exclusión de ningún ser humano. La situación de exclusión en que se encuentran los pobres manifiesta, en última instancia, una actitud en desacuerdo con la creación de Dios, es decir, una inversión del sentido dado por Dios a su creación. Se trata de una verdadera contradicción de nuestras sociedades con respecto al designio creador de Dios, cuyo proyecto es universal, esencialmente no excluyente.

Este mismo Dios creó a todo el hombre, en su carne y en su espíritu, en su vida personal y colectiva, en su capacidad de iniciativa, de inserción y de comunión. Todo hombre procede de Dios en la integralidad de sus dimensiones históricas. Menospreciar una de esas dimensiones históricas es menospreciar la obra creadora de Dios. La pobreza rompe gravemente el equilibrio indispensable para el desarrollo del hombre en las diferentes dimensiones de su vida. Pero el hombre está llamado por Dios a desarrollarse en las realidades corporales, físicas y socioeconómicas de su existencia, porque no nos hizo ángeles. En estas realidades, y no en otras, nos creó Dios.

La promesa de vida hecha por Dios se inauguró con la resurrección de Cristo. Es Cristo entero el que está vivo, también en su carne. Esta nueva vida se inicia desde ahora, en estos tiempos marcados definitivamente por la resurrección del Crucificado. Recibir esta promesa de vida es aceptar desarrollar las riquezas en el seno mismo de nuestra historia, es aceptar que la comunión a la que los hombres son llamados se inscribe desde ahora en la materialidad de sus condiciones de existencia. Es el hombre completo el que está llamado a la vida. ¿No será acaso la pobreza la expresión del rechazo que presentan nuestras sociedades de hoy a compartir la vida prometida?

4.- La fe en un Dios que asume la defensa de los pobres solo es real si lleva al compromiso con la misma causa.

El Dios de Jesucristo no es un Dios que se puede conocer porque se han adquirido algunas ideas acerca de él, aunque esas ideas sean bíblicas. Es alguien a quien se conoce en la medida en que se entra en comunión con El. Y es imposible entrar en comunión con El sin practicar la justicia para con los hombres. Esto es lo que los profetas han indicado con fuerza, con constancia. Ellos denunciaron con el más extremo rigor la plegaria y los actos cultuales de los que oprimen a sus hermanos, de los que desprecian al pobre:

"Dejen de traerme ofrendas inútiles… Las aborrezco con toda mi alma. Cuando rezan con las manos extendidas, aparto los ojos para no verlos; aunque multipliquen sus plegarias, no las escucho, porque hay sangre en sus manos. ¡Lávense, purifíquense! Alejen de mis ojos sus malas acciones. Dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien. Busquen la justicia, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano y defiendan a la viuda" (Extractos de Isaías 1).

El sentido de estos textos es claro para nosotros hoy día: la Iglesia que reza (comunidades parroquiales reunidas para la celebración, grupos de oración, comunidades monásticas, etc.) es una Iglesia ilusoria y mentirosa si no está formada por hombres y mujeres que defienden el derecho de los pobres y practican la justicia.

Esta es sin duda una de las más grandes contradicciones que tiene la fe bíblica con nuestras concepciones religiosas.

5.- Comprometerse en la causa de los pobres, es procurar que los pobres sean ellos mismos los sujetos personales y colectivos de su historia.

Hasta ahora hemos hecho énfasis en lo esencial que es para la fe cristiana la prioridad dada a los pobres. Este énfasis podría acarrear un peligro: hacer que la opción por los pobres se transforme en una opción por la fe. Así, el objetivo no sería la transformación de la situación del mismo pobre, sino la búsqueda de una cierta calidad de mi propia fe. Entonces, la prioridad por los pobres se volvería en cierto modo un pretexto, una desviación, un medio al servicio de otra prioridad, centrada esta vez en la calidad de la vida cristiana de los creyentes y de las Iglesias. Sería una forma de subordinar la causa de los pobres a la causa de la Iglesia y a la búsqueda de nuestra propia salvación. Volveríamos al viejo esquema de una Iglesia que no piensa el mundo más que en función de ella misma. Su benevolencia respecto a ciertos regímenes no apunta tanto a contribuir al bienestar del pueblo, cuanto a poder desarrollar sus propias instituciones. ¿No ha intervenido ella muchas veces en la vida de las sociedades unicamente para defender sus propios intereses, religiosos o no? Resumiendo, corremos el riesgo de construir una Iglesia que se pone a sí misma como primer objetivo siempre a la vista.

El compromiso de los creyentes con la causa de los pobres no tiene solamente el objetivo de lograr que los pobres se adhieran al Evangelio o a la Iglesia. La causa de los pobres debe ser para la Iglesia una causa desinteresada, comprendida en el plano religioso. Que la Iglesia desee la conversión de los pobres —los pobres, en efecto, no son espontaneamente cristianos— no tiene nada de anormal, con tal que no sea para imponerles un modelo clerical, burgués o neoliberal. Pero la Iglesia no debe subordinar la defensa de los derechos del hombre a la realización de sus proyectos apostólicos. Aún más, aunque no haya ningún porvenir institucional para ella, debería al menos continuar en la defensa de los derechos de todos los hombres y con prioridad de los pobres. Los derechos de los pobres son antes que los derechos de la Iglesia.

Optar preferencialmente por los pobres es que los creyentes y las Iglesias aceptemos descentralizarnos tanto con respecto a nuestros objetivos personales propios de cualquier orden que sean, como en lo que respecta a los objetivos estrictamente eclesiales o confesionales. Esto supone conceder el primer lugar al otro, de tal manera que pueda abrirse ante él una historia en la que él sea el sujeto. Los pobres no siempre tienen razón, pero yo no tengo que decidir en su lugar lo que les conviene. La escucha es primordial. La desapropiación es necesaria. El no-pobre que quiera ser solidario con los pobres debe al menos dar pruebas de la "pobreza de espíritu" que le permita saber ocultarse e incluso desaparecer a tiempo, y a medida en que el "sujeto pobre" se constituye en su autonomía y capacidad de autogobierno.

La noción misma de sujeto es una noción moderna. Es un invento reciente. Es un abuso el querer deducirla alegremente del Evangelio o de la práctica de Jesús. Sin duda que muchas palabras y hechos relatados en el Evangelio indican un movimiento que va en esta dirección, pero la perspectiva es más un esbozo que una realidad. Esto es así porque, en el corazón mismo de nuestra experiencia histórica actual, la realidad del sujeto nos es dada como un modo de ser indispensable para acceder a la dignidad humana, la cual es percibida como un ideal necesario a toda humanización. Hoy día, por ejemplo, la noción tradicional de limosna no nos parece compatible con nuestra concepción de hombre como sujeto. Sin embargo la limosna ha expresado, en el marco de un contexto histórico que no es el nuestro y que no estaba aún impregnado por la idea moderna de sujeto, un modo de vivir la opción preferencial por los pobres. El Evangelio no ha sido vivido más que en el seno de interpretaciones que llevan necesariamente las marcas del tiempo en que han tenido lugar. Esto confirma también hasta qué punto la mancha de humanización, que va a la par del Evangelio, no está fijada, de una vez por todas, ni en el cielo de una philosophia perennis ni en el depósito de una Revelación. Ella está permanentemente abierta a las innovaciones de la historia.

6.- Nuestro comportamiento respecto a los desvalidos decide sobre nuestra vida o nuestra muerte.

En el capítulo 25 de San Mateo sobre el Juicio Final, Aquél que es a la vez Hijo del Hombre, Rey, Juez y Cristo, no hace, en cierto modo, más que confirmar lo que ya ha sido decidido por cada uno en el curso de su vida. Pero ¿qué es lo que es decisivo para cada uno y para todos? Es el comportamiento respecto a aquel que tiene hambre, sed, frío, que está enfermo, preso. Aquí no se tiene en consideración ninguna dimensión explicitamente religiosa del comportamiento humano. Lo único que cuenta son los actos realizados para con las personas en situación de miseria. Son actos sencillos relacionados con las cosas más elementales de la vida: comer, beber, vestirse, hacer una visita a un enfermo y a un preso, acoger a un extranjero. Esto no es tan grandioso como algunas manifestaciones religiosas. Sin embargo, en ello se juega todo.

Sólo nuestro comportamiento con aquellos que están en situación de miseria puede indicar, de modo definitivo —y podríamos decir infalible—, si hemos acogido o hemos ignorado a Cristo. También es verdad que la palabra del Hijo del Hombre deja asombrado a todo el mundo cuando declara: "Tuve hambre y ustedes me dieron de comer", o bien: "Tuve hambre y ustedes no me dieron de comer". Cristo estaba donde nadie se imaginaba que estaría. De esta manera, entrar en relación con los que son rechazados, con el fin de ayudarles a cambiar su situación de miseria, es entrar en relación con Cristo a quien nosotros acogimos o no.

Según otro pasaje del Evangelio, sabemos que "no son los que dicen: ¡Señor, Señor!, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en los cielos". Más aún, el Señor nos recuerda que no nos servirá de nada reclamar por las profecías, exorcismos o milagros que hayamos podido hacer en su nombre, porque, a pesar de estas aplaudidas actividades religiosas, El nos apartará de su lado si cometemos la iniquidad (Mt 7, 21-23). Es siempre la misma enseñanza, pero con una nota complementaria indicando que aquellos que dicen no se van a confundir con los que hacen. ¿Se contentarán los cristianos con "decir", o se decidirán a "hacer"?.

©Alain Durand o.p.