Libertad de la dominación, libertad para vivir nuestra propia vida espiritual, libertad para buscar la libertad más elevada, desembarazado de cualquier presión humana o cualquier exigencia colectiva, la capacidad para expresar nuestro propio «sí» y nuestro propio «no» y no estar meramente haciéndole eco al «sí» y al «no» del Estado, del partido, de la empresa, del ejército o del sistema. Esto es inseparable de la religión. Es una de las más profundas y fundamentales necesidades del hombre, tal vez la más profunda y crucial necesidad de la persona humana como tal: pues si no se reconoce el desafío de esta necesidad ningún hombre puede ser verdaderamente una persona y, por ende, tampoco puede ser completamente un hombre.»

(Thomas Merton)