La guerra, aunque decretada por los gobiernos, es el resultado de una acumulación de malas pasiones en muchos individuos separados. Para poner fin a la guerra, no debemos presionar únicamente a los gobiernos, sino que debemos eliminar también de nuestros corazones los venenos que hacen que la guerra parezca razonable: el orgullo, el miedo, la codicia, la envidia y el desprecio.
Es un asunto difícil, pero si no podemos llevarlo a buen fin, el fin es la muerte.
(B. Russell)