Sin embargo, entre los que ya han alcanzado la madurez en su fe, usamos el lenguaje de la sabiduría. Pero no una sabiduría propia de este mundo y de quienes lo gobiernan, los cuales pronto van a desaparecer. Se trata más bien de la sabiduría secreta de Dios, del secreto propósito que Dios, desde antes de crear el mundo, ha dispuesto para nuestra gloria. Esto no lo han entendido los gobernantes de de este mundo, pues si lo hubieran entendido no habrían crucificado al Señor de la gloria. Pero como se dice en la Escritura: “Dios ha preparado para los que le aman cosas que nadie ha visto ni oído, y ni siquiera pensado.”

Éstas son las cosas que Dios nos manifestado por medio del Espíritu, pues el Espíritu lo examina todo, hasta las cosas más profundas de Dios.

¿Quién entre los hombres puede saber lo que hay en el corazón de del hombre, sino el espíritu que está dentro del hombre? De la misma manera, solamente el Espíritu de Dios sabe lo que hay en Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que entendamos las cosas que Dios en su bondad nos ha dado. Hablamos de estas cosas con palabras que el Espíritu de Dios nos ha enseñado, y no con palabras que hayamos aprendido por nuestra propia sabiduría. Y así explicamos las cosas espirituales a los que son espirituales.

El que no es espiritual nos acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son tonterías. Y tampoco las puede entender, porque son cosas que tienen que juzgarse espiritualmente. En cambio, aquel que tiene el Espíritu puede juzgar todas las cosas, y nadie puede juzgarle a él. Pues la Escritura dice: “¿Quién conoce la mente del Señor? ¿Quién podrá instruirle?” Sin embargo, nosotros tenemos la mente de Cristo.»

(De la Biblia: De la primera carta a los corintios, capítulo 2, versículos del 6 al 16).