"Hijo mío, fíjate en las circunstancias y aléjate del mal,
para que no te avergüences de ti mismo.
Porque hay una vergüenza que trae pecado
y otra vergüenza que produce honor y buena fama.
No tengas consideración con otros en perjuicio propio
ni seas tan tímido que te perjudiques a ti mismo.

No dejes de hablar cuando sea necesario
ni escondas tu sabiduría.
Porque la sabiduría se conoce al hablar,
y la inteligencia, al dar una respuesta.

No seas rebelde a la verdad
ni luches contra la corriente-
No te dé vergüenza confesar tus faltas,
avergüenzate de tu ignorancia.

No te humilles delante de un insensato,
pero no resistas a los que gobiernan.
Lucha por la justicia hasta la muerte
y el Señor luchará a favor tuyo.
No seas altanero cuando hables
ni débil y cobarde en tus acciones.
No seas como un león con tu familia
y tímido con tus esclavos.
No mantengas la mano extendida para recibir
y recogida para dar."

(De la Biblia: libro del Eclesiástico, capítulo 4, versículos del 20 al 31). Eclo 4,21-31