"Hijo mío, no niegues su pan al pobre; no hagas esperar al que te mira con ojos suplicantes.

No apenes al que tiene hambre, ni hagas enojarse a un indigente. No discutas con el desesperado, ni dejes que el necesitado suspire por tu limosna. No eches al mendigo agobiado por su miseria, ni le des la espalda al pobre. No des la espalda al que está necesitado, ni des a alguien un motivo para que te maldiga. Pues si alguien te maldice movido por su amargura. El que lo ha creado escuchará su súplica.

Haz que la comunidad hable bien de ti, inclínate ante el que te dirige.

Atiende al pobre, respóndele con serenidad, dile palabras amables.

Libra al oprimido de manos del opresor, y no seas blando cuando hagas justicia. Sé como un padre para el huérfano y como un marido para su madre. Entonces serás como un Hijo del Altísimo, te amará más que tu propia madre."

(De la Biblia. Libro del Eclesiástico, capítulo 4, versículos del 1 al 10)