¡Sé un preso! ¡Sé judío! ¡Sé gitano! ¡Sé homosexual! ¡Sé un minusválido mental!

Gyorgy Konrád es en la actualidad Presidente de la Academia de Bellas Artes de Berlín - Alemania. En su discurso de inauguración de la exposición sobre el Holocausto en el Museo Histórico de Berlín ha hecho una interesante reflexión sobre lo que aconteció durante el nacionalsocialismo y la implicación personal de cada uno de los alemanes. Trasladada la reflexión a la falta de tolerancia, en especial por parte del terrorismo, —sea del género que sea—, que azotan nuestras sociedades, bien nos puede servir el presente trabajo como una interesante toma de conciencia sobre las realidades de los más débiles y cómo nos situamos ante ellos.


Hemos visto las fotografías, nos acordamos de las escenas, hemos meditado sobre ellas, y sin embargo no las comprendemos. Imaginable es todo ello, porque es increíble, porque sencillamente, no es posible creer que jóvenes por lo demás normales, incluso a veces posiblemente simpáticos, hayan podido cometer esta infinita depravación.

Para hacer esto, para poder hacerlo, era necesario considerar al presidiario como una simple pieza, como una criatura humanoide, en la que no podía reconocerse a un ser humano. Para ello, el raciocinio tenía que sufrir una transformación, que podemos calificar también de ceguera anímica y de total sordomudez, en cuya consecuencia el autor del delito no puede identificarse en modo alguno con la víctima.

Pero ¿podemos nosotros identificarnos? Con muy pocas excepciones, nosotros no somos ni autores ni víctimas. Sin embargo, por razones de consanguinidad, de amistad o de lazos culturales, nos importan y afectan de algún modo. Los conocemos, son actores en nuestra conciencia. En un escenario interior están presentes, no se dejan ahuyentar. Vienen hacia nosotros.

Pero ahora, nosotros tenemos que ser a la fuerza —en el experimento psicodramático— no sólo testigos, sino también objetos sufrientes de una serie de imágenes que puede ser puesta en marcha sin el menos esfuerzo.

Las puertas se abren violentamente, algunos hombres armados penetran en la estancia y dan la orden de que todos se tumben en el suelo; quien levante la cabeza será fusilado en el acto. Y de pronto, todo el que ha probado el efecto del bastón en sus espaldas se ordena y dispone disciplinadamente para abandonar el edificio, marchando en fila de dos en dos.

Los más valerosos de entre ustedes se alborotan y protestan; pero después de que hayan sido fusilados algunos, ustedes hacen lo que se les ordena, porque quizá salgan con vida si no presentan resistencia. Numéricamente, sí, están en mayoría, pero los otros llevan las armas en la mano. Y tras de ellos se alza la ley —modificada sorprendentemente— del primer hombre de la Nación. Una orden es en todo momento una orden.

Desde este instante no cuenta ya quienes son. Son simplemente presidiarios. Llevando aún sus atavíos normales y diarios, tal como está usted ahora mismo, tendrá que recorrer la calle central de una pequeña ciudad en las cercanías de Berlín, entre guardianes armados, y algunos transeúntes se burlarán de usted y hasta le escupirán. Cierto es que la mayoría no hará tal cosa, pero no hay nadie que se apreste a socorrerle a usted. Y ello quizá, porque no está convencido del todo de que este sea su deber y de que lo que está viendo ahora no debería ocurrir. Porque en el trono de la conciencia, está sentada la Raza, quizá también la Nación, pero en modo alguno el Ser humano, y como solemos decir, su intangible dignidad. En verdad, una comunidad humana arrastrada a sendas erróneas y degradadas.

Usted tiene la posibilidad de imaginarse las sucesivas estaciones, digamos después de que usted haya entrado por una gran puerta. Tiene usted que atravesar un gran patio empedrado, sólo que usted es golpeado y pataleado tanto por la izquierda como por la derecha, sin motivo y a discreción. Todos tienen que ser igualmente humillados y apaleados, para que, desde los corredores situados radialmente entre los barracones, vigilados desde la torre por un soldado armado con ametralladora, acudan luego con presteza y docilidad, a su puesto de trabajo, al patíbulo o al crematorio, donde serán calcinados los cadáveres de sus compañeros de infortunio. Repito: da lo mismo quién fue usted anteriormente, eso es un detalle del todo indiferente. Su decurso vital, su carrera, su personalidad: meros accidentes sin importancia alguna.

Hasta ahora ha sido usted un alguien, pero desde ahora en adelante ya no lo será más. Usted es un nadie. Este proceso acelerado de conversión en un nadie hubo de ser sufrido en propia persona por muchos ciudadanos europeos, fieles cumplidores de las leyes, a causa de las iniciativas de Berlín. En correspondencia y con los datos e informaciones de que se dispone, todos y cada uno de nosotros puede —si así lo desea— imaginarse plásticamente este proceso evolutivo. El ser humano capaz de aprender se debe a sí mismo la tarea de ampliar la más variada y sutil gimnasia mental con los ejercicios de una capacidad imaginativa verdaderamente penetrante. Imaginarse este acontecimiento por doquiera en Europa, pero muy especialmente aquí, en la capital de Alemania, en todos sus elementos y detalles, hasta la muerte por asfixia en las cámaras de gas —y de ello se trata en esta exposición— debe ser considerado, en mi opinión, como una tarea de alcance pedagógico nacional.

Si los padres de hoy no quieren imaginarse a sus hijos en el camino que llevaba desde la rampa ferroviaria hasta los hornos crematorios, es cosa normal y comprensible. En efecto, ¿por qué razón tendrían que atormentarse a sí mismos? No en vano llevan a cabo, un día y otro, una larga serie de ejercicios dolorosos, desde el deporte hasta los duelos fúnebres en tiempos de paz, ejercicios que exigen de ellos una concentración de todas sus energías. Condolencia, compasión, para los que otras lenguas no disponen del vocablo adecuado, son una capacidad del alma, sin cuya práctica real no hay inteligencia moral.

Pero ahora emprenderemos una excursión por la psique de los criminales. De algún modo tuvieron que sentir alguna clase de satisfacción. Nosotros sólo hemos hecho nuestro trabajo, hemos eliminado a los judíos, ya no queda ninguno de ellos.¡Bebamos a nuestra salud! ¡Los judíos son nuestra desgracia! No habían aprendido otra cosa. Ahora podían ser felices. O al menos se esperaba de ellos tal cosa. Señoras y señores, lo singular del caso no debe ser visto en el hecho de que Hitler dijera lo que dijo, sino en que personas prudentes y juiciosas hicieran suya también esta enfermedad mental.

El alejamiento de la Historia pasada es una consecuencia de la protección del sentimiento de la valía y dignidad propias. No queremos creer que los nuestros, los que pertenecen a nosotros, nuestros sucesores, ya sean alemanes, húngaros u otros europeos cualesquiera, hayan sido capaces de obrar así. ¡Por el contrario, nosotros no sólo defendemos nuestra propia comunidad nacional del baldón de un genocidio colectivo, sino a la especie humana de tal sospecha, porque no es posible, sencillamente, que seres humanos con una sana razón, y que además no son analfabetos, hayan sido capaces de perpetrar algo semejante! El autor de los crímenes quería creer que la víctima no era un ser humano, sino un infrahombre, una criatura que sólo poseía ciertos rasgos humanoides. La víctima por su parte, quería creer que el asesino no era un ser humano, sino tan sólo una máquina asesina sin alma.

Los asesinos no eran de antemano unos seres anormales, sino que se pervirtieron durante la práctica de su tarea. En sus casas eran también padres, hijos, hermanos, colegas, enamorados y amigos. Pero luego emprendieron oficialmente su tarea, e hicieron lo que debía ser hecho; y tras del trabajo cumplido a satisfacción, bebieron un par de tragos. Todos ellos habían logrado una vivencia positiva, lo mismo que los carniceros que cada mañana sacrifican a muchos animales, o también como los cazadores, que depositan sus presas, perfectamente alineadas sobre la tierra.

En el principio era la palabra, la articulación de la nostalgia de la expulsión. Y luego vino la artesanía, el arte de matar. ¿Cómo es posible acabar con el mayor número de enemigos empleando el menos esfuerzo?

La otra faz del colectivismo positivo es el colectivismo negativo. La comunidad social odia a la comunidad social. El llamado Holocausto supuso el peldaño hasta ahora más alto del nacionalsocialismo. Cuanto más histérica es la jactancia colectiva, tanto más histérico será el odio colectivo contra cualquier otra comunidad humana. Liquidar todos los problemas sin rodeos, reduciéndolos a un único proceso de lavandería, no perderse en detalles de acusaciones personales, sino eliminar a toda la banda tal y como es. Yo recuerdo las palabras de un ingeniero del Matadero Municipal: Sin estar previamente elaborado, no puede salir nada de aquí, excepción hecha de los bramidos del ganado.

No deben quedar huellas, ni restos humanos; sólo humo y ceniza. En una palabra: ¡Nada! ¡Tienen que disolverse en la nada; en realidad, no han existido jamás! ¿Qué se quería realmente eliminar: la existencia de los judíos, o las huellas de su extinción?

El conjunto total de la Solución final se compuso de una gran cantidad de trabajo minucioso y muy concienzudo. También esto era un terrorismo de suicidio. Es preferible que muramos también nosotros, sólo para que ellos desaparezcan también.

Los gerifaltes nazis sabían ya en 1944 que habían perdido la guerra irremisiblemente. Habrían podido alzarse con ademanes heroicos, habrían podido detener la aniquilación de los judíos. Pero no: aceleraron aún más el ritmo. ¡Quien pueda ser eliminado antes de la derrota, tiene que ser eliminado por nosotros! ¡Si no resulta posible exterminar a los aliados, tenemos que eliminar por lo menos a quienes veían en ellos a sus salvadores! Entre otros, a mis camaradas escolares. El que los nazis no tuvieran compasión ni siquiera con los niños, con ellos quizá menos que con los adultos, para que no pudiera surgir una nueva generación judía, este perfeccionismo es lo que hace del Holocausto un episodio verdaderamente único entre todos los genocidios de la Historia.

Los nazis ganaron en dos tercios la guerra contra los judíos europeos. Un 68 por ciento de ellos fue asesinado. En algunos países es mayor aún el porcentaje de los exterminados, en otros, por el contrario, notablemente menor.

Ni el matar ni el morir fue algo inevitable. La orden pudo ser cumplida con exceso de celo, pero también era posible hacer algo en contra de ella, impedir los asesinatos, retardarlos, ganar tiempo. En esta partida hubo pecadores y santos, asesinos y salvadores, y también entre ambos, los más dispares seres humanos, que tenían que enfrentarse cada día de su vida con la decisión entre el Bien y el Mal. ¿Es que acaso no supieron lo que es bueno y lo que es malvado? Los Diez Mandamientos y el Sermón de la Montaña fueron leídos por ellos, muy probablemente. Por supuesto, la totalidad de los que han trabajado y colaborado en esta exposición y que de algún modo han contribuido a que sea imaginable este agujero negro en la historia de Europa, con su dolorosa realidad, son merecedores de la más alta estima. El saber es como una vacuna preventiva. El odio y la indiferencia son una enfermedad. El amor y la comprensión respetuosa ante los demás significan salud. Todos nosotros tenemos que tomar una decisión.

© György Konrád.
(Kulturchronik) I