El primer sentimiento simple que quiero compartir con ustedes es lo que disfruto cuando realmente puedo escuchar a alguien. Escuchar a alguien me pone en contacto con él, enriquece mi vida. A través de la escucha he aprendido todo lo que sé de los individuos, la personalidad y las relaciones interpersonales…

Esa experiencia la recuerdo desde mis primeros años en la escuela secundaria. Un alumno formulaba una pregunta y el profesor daba una magnífica respuesta a otra pregunta completamente diferente. Siempre me invadía una sensación de dolor y angustia: «Usted no le ha oído» era la reacción que me producía. Sentía una especie de desesperación infantil ante la falta de comunicación que era —y sigue siendo— tan común.

La segunda cosa que he aprendido, y que me gustaría compartir con ustedes, es que me gusta ser escuchado. Innumerables veces en mi vida me he encontrado dando vueltas a una misma cosa o invadido por sentimientos de inutilidad o de desprecio. Creo que he sido más afortunado que muchos al encontrar —en esos momentos— a individuos que han sido capaces de escuchar mis sentimientos más profundamente de cómo los he conocido yo, escuchándome sin juzgarme ni evaluarme.”

(Carl Rogers).