UN EJEMPLO DE VOLUNTARIADO


Hace unos días, a punto de cumplir los noventa años, un hombre, Periquito Viera, alto, manos grandotas y corazón aún mayor, dejó a sus amigos y se marchó a donde él siempre deseó estar. De los muchos testimonios que un hombre de esta edad nos dejó fue su disponibilidad a colaborar en cuanto fuera necesario. Un voluntario de pies a cabeza, de esos que no miden el tiempo, que no hacen un servicio a cambio de algo, que no buscan ninguna excusa para decir que no; al contrario: tenía claro que, mientras tuviera fuerzas, había que emplearlas para ayudar a los otros.

Periquito fue un peregrino, caminante, hasta hace sólo unos meses. Sus paseos a pie por el pueblo eran un constante testimonio, eran casi un trabajo: saludar a la gente, preguntar por la familia, invitar a la participación en alguna actividad parroquial, mostrar su preocupación por los que pasaban a su lado... Y además, un tiempo para visitar a los enfermos. Él decía que iba a visitar a los ancianitos. Ancianitos que, en la mayor parte de los casos tenían quince o veinte años menos que él. Cuando hace algo más de un año recibió un premio para visitar la península, tampoco desaprovechó el tiempo. Muchos recuerdan sus comentarios siempre oportunos. Viendo las bellezas del norte de España exclamaba con admiración: Si esto es tan bonito qué hermoso debe ser el cielo.

Ahora, al comenzar el curso, pienso que Periquito, manos grandotas, corazón enorme, puede ser un estímulo para jóvenes o mayores que se plantean una tarea de voluntariado en una parroquia, en un barrio o en una asociación. Estoy convencido de que el mundo cambiará a mejor por el trabajo, sobre todo de la gente voluntaria, de la gente a la que no le importa renunciar a unas horas de televisión o de paseo para entregarlas gratuitamente a los otros.

Los voluntarios de las ONG o de las parroquias, de Cáritas o de cualquier colectivo con total desinterés personal son verdaderos artífices, transformadores de la humanidad. Porque el mundo se cambia desde la solidaridad, desde el amor gratuito y generoso.

Pero no siempre ocurre así: Hay personas que, para mantener un puesto de trabajo o adquirir un prestigio hacen, aparentemente, alguna obra de voluntariado o de caridad: "ayudo en una parroquia para poder dar clases de religión, colaboro con una Asociación de Vecinos porque puede ser un trampolín político, dedico un tiempo a un Club benéfico porque da cierto prestigio y me codeo con personas de una clase económica alta". Son apariencias de voluntariado que empañan la labor de los que sí trabajan de forma realmente gratuita.

Me comentaba una chica que realiza tareas de cooperante en el tercer Mundo: Son tantas las cosas buenas que recibo de los demás, es tanta la gratificación personal que siento en mi trabajo como voluntaria, que pienso que me están pagando mejor que si me entregaran un sueldo. Por eso todo el tiempo que entrego como cooperante siempre me parece poco.

Ahora que comienza un nuevo curso, desde muchos colectivos se nos hacen llamadas a colaborar, a ofrecer algo de nuestro tiempo, de lo que sabemos y podemos hacer. Es un regalo que nos hacen. No despreciemos esa invitación. No hay excusa. Ni la inexperiencia, ni la mucha edad, ni el poco saber, ni siquiera la falta de tiempo son excusas razonables.

Lo más importante en la vida es el amor. Aparece así en la liturgia de este domingo, en el evangelio de Marcos. El amor en la pareja, el amor entre los amigos, el amor a los no conocidos. Todo lo que se hace con amor vale mucho. Y también al contrario: Todo lo que se hace por egoísmo, por puro interés, carece de valor, no vale para nada.

Mejorar este Mundo es tarea de todos nosotros. Y nosotros podemos. Como pudo Periquito, 90 años y artrosis y otras muchas limitaciones. Pero con mucha fe en Dios, muchas ganas de servir, mucha generosidad.

En tu barrio y en tu parroquia alguien te necesita. No se lo niegues. Ni te niegues a ti mismo la felicidad de ser útil, de darte, de compartir. Solamente los que voluntarios de verdad hacen el bien, comprenden la alegría del evangelio.

Te lo deseo muy cordialmente.

©2003 Jesús Vega Mesa